Por José María Posse - Abogado - Historiador - Escritor.
Sin duda alguna, el estado de esclavitud de los afrodescendientes en las provincias del virreinato del Río de la Plata nos resulta aberrante en tiempos actuales, sentimiento que comparto. Lo cierto, también, es que no podemos juzgar con los parámetros morales modernos normativas que en aquellos tiempos eran absolutamente aceptadas. Considero importante abordar cual era el trato dado a los esclavos en aquellos años del Tucumán antiguo, desde la mirada de aquellos hombres, hijos de su tiempo.
La esclavitud existió como tal existió desde tiempos inmemoriales. Los prisioneros de guerra eran generalmente tratados en esa condición por los vencedores. En el caso de los hijos de África, la “justificación” era que la “naturaleza jurídica” de la esclavitud del hombre negro, se respaldaba en la consideración de que eran seres “sin alma”, con forma humana. Una suerte de “Res Parlante”; una cosa u objeto de propiedad (bien mueble), privado de personalidad jurídica y sometido al poder absoluto de un amo. Éste podía comprarlo o venderlo y todo lo que el esclavo producía pertenecía a su propietario. En tal aberración se basaron durante cientos de años, esclavistas y dueños de esclavos.
Derechos y deberes
Las condiciones de trato fueron diferentes según las distintas culturas. La religión católica morigeró las formas de tratamiento de las personas sometidas a esclavitud. Julio P. Avila, en su obra “La Ciudad Arribeña”, señala que en el Tucumán desde finales del siglo XVIII y principios del XIX, los amos no podían infringir castigos ni malos tratos a sus esclavos. De darse dicha situación, el sometido podía denunciar a las autoridades del Cabildo estos hechos y solicitar cambiar de dueño, en razón de lo cual, su amo estaba obligado a venderlo a un tercero, con la condición de que fuera tratado con “humanidad”.
Las Leyes de Indias otorgaban ciertas facultades formales a los esclavizados, como el derecho al matrimonio, a no ser separados de sus hijos pequeños y a recibir vestimenta y alimentación. Por supuesto, en la práctica el respeto a estas normativas dependían de la benevolencia o arbitrariedad del amo. El esclavo podía comprar su libertad mediante el ahorro de su propio dinero (peculio) para ellos o sus familiares. Para la investigadora Zaira Vera, “el mayor pecado del hombre blanco no sólo fue el haber vendido a su hermano blanco, sino a su propio hijo mulato”.
Los esclavos eran una suerte de “personal de lujo” para las familias pudientes rioplatenses, quienes les encomendaban tareas domésticas. Eran las nanas de los pequeños, las amas de leche, las que hacían las compras en el mercado, las cocineras y tejedoras. Los hombres por su parte, eran los mozos de mano, los postillones de los carruajes, los mayordomos y quienes realizaban todas las tareas imaginables que se les encomendara. Pero la “familiaridad” creaba lazos afectivos entre amos y criados.
Un caso significativo puede verse en el bando que doña Águeda Tejerina publicó y fue voceado a tambor batiente. Se la había perdido el negro Pedro, esclavo de su casa, y ofrecía una importante recompensa a quien se lo devolviera, “con la condición de que sea tratado con respeto y buen trato”. El anciano Pedro, no se había “escapado” de su hogar; siendo un hombre viejo con demencia senil, simplemente había salido a caminar sin rumbo, y se había perdido en los montes circundantes en la ciudad. No sabemos si fue devuelto a su dueña, pero queda claro que la aflicción de la familia por conocer la suerte de su esclavo, era evidente.
Diferencias
La economía en las provincias del Río de la Plata no estaba cimentada en la esclavitud. Por otro lado, los africanos que llegaban en los barcos y que eran vendidos en públicas subastas, eran sumamente caros para el ingreso medio de los habitantes. De allí que no existió, a diferencia de Brasil o de Centroamérica, un masivo traslado de esclavos. Ni que hablar de los Estados algodoneros de EEUU, donde eran la mano de obra obligada y el trato era brutal, con castigos físicos constantes.
Basta leer el clásico libro: “La Cabaña del Tío Tom”, de la autora Harriet Beecher Stowe, para conocer la inhumanidad con la que fueron tratados en la América del Norte los afrodescendientes, quienes, a pesar de la abolición de la esclavitud entre 1863 y 1865, luego de una sangrienta guerra civil, fueron segregados hasta muy avanzado el siglo XX.
Sin olvidar de la crueldad de grupos como el Ku Klux Klan, quienes pugnaban por una supremacía racial y cometían todo tipo de delitos en contra de los negros, quienes eran ahorcados, castrados y asesinados de las formas más crueles que pueda imaginarse. El casamiento interracial estaba expresamente prohibido en el gran país del Norte, lo que nunca ocurrió entre nosotros.
Argentina pionera
Orgullosamente, podemos decir que nuestro suelo nativo fue pionero de la abolición de la esclavitud. El 2 de febrero de 1813, la Soberana Asamblea dictaminó: “Siendo tan desdoroso como ultrajante a la humanidad, el que en los mismos pueblos que con tanto tesón y esfuerzo caminan hacia la libertad, permanezca por más tiempo en la esclavitud, los niños que nacen en todo el territorio de las Provincias Unidas del Río de la Plata, sean considerados y tenidos por libres, todos los que en dicho territorio hubiesen nacido, desde el 31 de enero de 1813 inclusive, en adelante, día consagrado a la libertad por la feliz instalación de la Asamblea General Constituyente”. La Libertad de Vientres fue un gran paso y daba una serie de derechos y garantías a los libertos que no se conocían en el resto del Continente Americano.
La propia Asamblea, con el propósito de buscar la forma de emancipar finalmente a los esclavos, propuso que a los fines de formar tropas para conquistar la independencia, mandó a crear el regimiento de Pardos y Morenos. Para consolidar esas tropas, “el Estado debía comprar los esclavos a sus dueños” (a sumas que rara vez se pagó a los propietarios); luego de ello, los afrodescendientes debían servir unos años en el Ejército y con ello obtenían su plena libertad. Formaron en las huestes de José de San Martín y del general Manuel Belgrano en las batallas de Tucumán y Salta, donde se destacó su heroísmo y fortaleza. Durante la batalla del 24 de septiembre fue el regimiento que más bajas sufrió, como consecuencia de la contraofensiva realista que estuvo a punto de desbaratar el ataque sorpresa del ejército comandado por el general porteño. Se conocen los nombres de aquellos héroes quienes dieron su vida a la Patria naciente. Entre aquellas tropas se encontraba la liberta María Remedios del Valle, quien junto a sus hijas, sirvieron con heroicidad durante las derrotas en Vilcapugio y Ayohuma, sacando a rastras a los heridos, en medio del fragor del combate. El sargento Cabral, el Negro Falucho, entre los más conocidos, honran la estirpe de su raza con actos de valor extraordinarios.
En el caso de Bernardo de Monteagudo, era hijo de un español que tenía una pulpería en la actual calle 9 de julio primera cuadra, y quien según fuentes diversas habría comprado una esclava con la que se casó. Para otros, ella ya era una mulata liberta. Lo cierto es que las investigadoras tucumanas Celia Avellaneda de Ibarreche e Inés Peña encontraron en el archivo de la ciudad de Sucre el testamento de la madre de Monteagudo, doña Catalina Cáceres Montes de Oca; el tema es que tanto ella como sus padres aparecen con sus nombres precedidos por el “Don”, lo que significaba que eran españoles viejos. Al no conocerse retratos en vida, se especularon con imágenes del prócer con los rasgos de un hombre mulato que no se correspondería con lo verdadero. Lo cierto es que, según las descripciones de época, si era un hombre de tez oscura, lo que pudo deberse a diferentes ascendencias mestizas más a o menos lejanas. Es también cierto que, si bien en vida muchas veces fue atacado por su “condición presunta” de mulato, ello no impidió que se graduara en la universidad de Chuquisaca y que fuera precursor de nuestra independencia, así como las de Chile y Perú. y que luego se convirtió en hombre de suma confianza de los libertadores San Martín y Simón Bolívar y reconocido como una de las mentes preclaras de su época.
Durante la dominación española estaban bien diferenciadas las clases sociales, en las que los distintos habitantes de las ciudades se “consideraban”, y que resultaban odiosas. Por ejemplo el caso de las multas: estaba prohibido galopar alrededor de la plaza. Al Español o a sus hijos, “Españoles Americanos”, si infringían la norma, se les imponía una multa de 10 pesos. Al resto de la población (indios, negros o criollos), se le aplicaban 10 latigazos. Existían claras segmentaciones sociales, pero cada uno guardaba su lugar y nadie se escandalizaba por ello. En tiempos de nuestra organización nacional, la movilidad social cambió radicalmente. Bastaba a una familia llegada del extranjero una o dos generaciones de buen comportamiento, trato y mostrar ser trabajadores o industriosos, para ser considerados en igual condición que cualquiera de las antiguas familias del viejo Tucumán. Nadie nunca se tomó en serio las ínfulas aristocráticas de tal o cual. Lo que sí fue mal visto era el trato cruel o descomedido para con los peones, sirvientes y esclavos libertos.
La Constitución
Sin duda, el texto de la Constitución de 1853 terminó con todo resquicio de esclavitud y diferencias sociales. Se abolieron los fueros y títulos de nobleza, y en lo que interesa a la esclavitud en su Artículo 15 se estableció de forma tajante que “los esclavos que por cualquier medio ingresen a la nación serán libres por el mero hecho de entrar en el territorio de la República”. Esto creó serios problemas diplomáticos con el Imperio de Brasil (recién abolió la esclavitud en 1888), ya que muchos esclavos escapaban al territorio argentino, donde obtenían su libertad y futuro. Sin embargo, la legislación argentina mantuvo firme el principio de “suelo libre”, convirtiendo al país en un refugio seguro. Muchos de estos libertos se asentaron en provincias fronterizas como Corrientes o Misiones, integrándose naturalmente en la sociedad rural, trabajando en estancias, dedicándose a la agricultura o el manejo de la madera. En Misiones sobrevive hasta hoy una comunidad afrodescendiente que fundó un negro esclavo de nombre Manuel, que se fugó desde el Estado de Santa Catarina en el Brasil junto a su familia y otros que fue trayendo con el tiempo. Sus descendientes son conocidos como los “Manecos”, y mantienen sus usos y costumbres ancestrales, sin ser molestados por autoridad alguna.
Luego de emancipados, los esclavos en su mayoría quedaron al servicio de sus antiguos amos. Siguieron siendo, de alguna forma, “parte integrante” de la familia. A sus viejos dueños los hacían padrinos de bautismo de sus hijos, muchos de ellos incluso adoptaron el apellido y hasta fueron enterrados en los mausoleos familiares. En viejas fotos de familiares se pueden observar a esos fieles servidores, acompañando a quienes eran parte de esa “familia chica”, en las que el afecto era parte de la relación, cada uno desde su lugar.
Durante la época de oro del florecimiento de la Argentina moderna, hacia fines del siglo XIX y principios del XX, cientos de miles de inmigrantes italianos, españoles y de otros países europeos y de Oriente Medio se afincaron en nuestro país. Fueron recibidos “todos los hombres de buena voluntad” que querían habitar nuestro suelo, tal lo establece el propio preámbulo de nuestra Constitución Nacional. Tal el caso de fundación de Moisés Ville el 14 de agosto de 1889 por un nutrido grupo de familias de inmigrantes judíos, quienes escapaban de las persecuciones en el Imperio ruso (originarios de la región de Podolia, actual Ucrania), convirtiéndose en el primer asentamiento agrícola judío organizado del país. Algo similar ocurrió con la comunidad ortodoxa de sirios y libaneses, quienes huían de las asechanzas del Imperio Turco, y que enriquecieron a nuestra provincia con su cultura y extraordinaria contracción al trabajo. En su enorme mayoría, esos inmigrantes eran de raza blanca, muchos de los cuales se casaron con criollos, creando un tipo racial mestizo. Nadie miraba mal estas uniones; es más la Ley de Matrimonio Civil de 1890 favoreció estos matrimonios y la integración de los inmigrantes, cualquiera sea su religión a la nación.
Volviendo a los afrodescendientes, en la actualidad, pruebas de ADN colectadas a nivel mundial por la empresa internacional MyHeritage, están demostrando científicamente que la sangre africana corre por las venas de cientos de miles de argentinos. Por lo tanto, no es cierto que los negros afrodescendientes fueron “expulsados o borrados” de la población; simplemente se mestizaron y son parte de esta Argentina, crisol de razas, religiones y culturas, que nos convierte en un país heterogéneo con características muy especiales; difícil de entender por extranjeros que muchas veces no logran descifrar nuestras particularidades y formas de ser; nuestra resiliencia heredada, nuestra amplitud, calidez y buen trato con los visitantes. Injusticias, malos tratos y personas destempladas xenofóbicas existieron, existen y existirán seguramente. Pero, debo insistir, no son tomadas en serio y expresan a una franca minoría, que no es bien vista por la mayoría de la población del país, que prioriza el mérito de los individuos por sobre su origen étnico, religioso o social.