La más perdurable y valiosa de las rerre que se postulan por todos lados, y la menos practicada, es la relectura. Probado. Porque el retorno a un texto ya cursado nos habilita para una comprensión más profunda de él y, con ello, pasamos a la intralectura y a la sotolectura. (¡Para algo está los prefijos: para usarlos!). El conocido libro de Nicholas Carr sobre Internet, Superficiales, trae una frase que cifra páginas de exposición: “Navegar en Internet es surfear. Leer un libro es bucear”. Asigún, diría un paisano, asigún el lector y el surfista.
Borges apuntaba: “‘Que otros se jacten de los libros que les ha sido dado escribir; yo me jacto de aquellos que me fue dado leer’, dije alguna vez. No sé si soy un buen escritor, creo ser un excelente lector, o, en todo, caso, un sensible y agradecido lector” (1). Pudo agregar, aun con mayor restricción, que se jactaba, todavía más, de los libros que había releído. Posiblemente puedan postularse como merecedores de relectura los libros que él enlistó en su “Biblioteca personal”, en cuyo proyecto solo alcanzó a prologar 72 obras (2), listado que tejió y destejió, asistido por la fiel María Kodama, una nómina de obras de lo que definió “una biblioteca de preferencias”.
En un segundo nivel de restricción, un periodista le pregunta a Borges cuáles serían los tres libros que llevaría a una isla desierta. Naturalmente, su reacción liberal frente a la limitación arbitraria de la propuesta, fue por qué no podía llevar más. Pero se decidió, finalmente, por uno solo: la Biblia. Cuando el reportero inquirió por la razón de su elección, le espetó: “Porque son muchos libros en uno”. Con lo cual, volvió por sus principios de burlar los encasillamientos y la prefijaciones. (3)
En varios pasajes de su obra, Borges encomia la relectura. Y advierte que pocos son los libros que la merecen. Recuerdo, cuando visitaba a Leopoldo Marechal durante su insularidad política, en el departamento porteño, su biblioteca personal cuyo cuerpo tenía cuatro estantes y una anchura de dos metros, no más, que contenían unas doscientas obras, pero muy manidas por la frecuentación. Allí estaban los libros a los que volvía con ojo diurno y nocturno: Platón, la Biblia, una antología de presocráticos. Cuando le pregunté por qué estrechaba a esos pocos volúmenes sus lecturas, me contestó: “Son suficientes: los clásicos y los dilectos, los que merecen relectura”.
Un eterno retorno, necesario y vital
En nuestros días se ha puesto de moda el verbo “revisitar”, a partir de su forma inglesa, y del adjetivo que generó: “revisitado”. La relectura es una de las formas de la revisita, y la aplicamos a diversa índole de textos: fílmicos, plásticos, literarios. En todos los casos, experimentamos descubrimientos de aspectos, detalles, matices, sentidos, relaciones, que no habíamos percibido en el primer contacto. En el cine, de una manera más física, descubrimos en un segundo plano realidades que se mueven detrás del primero en que ocurre la acción principal, y que no habíamos advertido en nuestro primer contacto. Allí, la película nos imprime su ritmo a los visores y nos exige determinada velocidad perceptiva, independiente de la voluntad del espectador. (4) Igualmente, en la música respecto del oído en la interpretación musical en vivo, desde un cantante a una ópera. (5)
La música, el cine, el teatro, la ópera, el teleteatro, la radionovela en su representación pública no pueden ser tomados a voluntad por el perceptor, visor o auditor, o ambas cosas a la vez. Nos debemos plegar a su desenvolvimiento o desarrollo, o perdemos el tren. Sí, en cambio, lo ha permitido siempre el acto de leer, que es privado, personal, individual, aislado: un lector con un libro en sus manos es dueño de su ritmo lectural. Desde que se inventó la escritura, se dieron las dos posibilidades de la relectura: la inmediata y la mediata. En la primera, acabada la frase, el párrafo, el capítulo, podemos volver sobre nuestros pasos, saltando al comienzo y retomándolo. Esta es la forma de relectura que ejercemos para ahondar, aclarar lo que acabamos de cursar en el camino lector. Es la que solemos aplicar a cuentos y novelas policiales en las que percibimos que se nos ha escapado un detalle, que puede ser el comienzo de un ovillo; o intuimos que se nos ha deslizado una frase o pasaje que contiene larvadamente información clave para la trama. El lector deformado por serlo solo de un género literario (que es una de las formas disimuladas del analfabetismo), si es frecuentador de relatos policiales, leerá el Quijote desde la sospecha: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…” Y el tipo, regresa al comienzo de la frase: “¿Por qué no quiere acordarse? Aquí hay ocultamiento y….” Y así parecidamente.
Gracián habla de los textos que requieren “pleiteada lectura”, esto es cierto grado de discusión, de diálogo, alegato y defensa, como en un tribunal, a medida que uno los cursa y los recursa.
La relectura mediata es la que se realiza transcurrido un cierto tiempo desde la primera visita al texto. Y es la que nos gratifica con la apertura de nuevas ventanas que no habíamos advertido.
Séneca, en su Epístola II, señala que hay dos maneras de recorrer el terreno de textos desconocidos; él lo aplica a la lectura de escritos de filósofos ajenos a su sistema estoico: el transfuga y el explorator. El primero (6) atraviesa el campo con precipitación, con poca atención a los accidentes del suelo. Lo ha cursado, sí, pero en nada de lo que en él había ha reparado. El explorator, en cambio, camina por el escrito de manera más ordenada y sistemática, con atención a las diversas formas de los relieves textuales. En rigor, Séneca –más allá de su aplicación personal-- tipifica dos formas de lector y de lectura: la lectura rápida, desatenta a detalles significativos del terreno: desvíos, altibajos, colinas y depresiones, en fin, como sobrevolando el espacio. La otra forma avanza con voluntad de cartógrafo. El tipo del tránsfuga no genera relectores, sí el del explorador.
Pascal nos advierte que hay un doble riesgo al leer un texto: el leerlo muy rápidamente o el leerlo muy lentamente. Ambas formas nos distancian de lo que el texto realmente dice. Si se lee rápidamente, se saltan aspectos que pueden ser esenciales; si se lo lee muy lentamente, el lector comienza a proyectar desde sí lo que no está en el texto y cree descubrir en él. El lector “lento” comienza a su-poner, a poner por debajo de la letra, lo que luego cree percibir.
El lector debe ser flexible y seguir el ritmo que el texto impone o pide. Nadie puede precipitarse en el cursado de las páginas de En busca del tiempo perdido. Ni demorarse en las de Las aventuras de Tom Sawyer. Hay lectores necesitados de indicaciones lectoras, como en las partituras: aquí leer molto vivace, aquí leer moderato. O en las indicaciones viales: “Despacio, Reduzca la velocidad, Mínima 100”, etc. (7)
Hay una tendencia a excluir las obras clásicas, como la Odisea o El Quijote, de las listas de lecturas para adolescentes. No hay fundamento para ello. Por supuesto, es insano dar la lectura íntegra de la obra cervantina a un muchacho de escasos doce años. Le tomará un rechazo visceral. Pero sí, podemos avanzar con los siete primeros capítulos, que constituyen una primera salida y regreso del héroe. Tienen una unidad propia, aunque no aparece allí la figura de Sancho. O bien, seleccionar un par de pasajes que mantengan cierta esfericidad en su desarrollo. El muchacho va a entender --con las aclaraciones de lengua necesarias-- el nivel fáctico de esas aventuras, percibirá el juego entre la dignidad de los ideales del caballero y la malignidad de los hombres, o la dureza de la realidad que los ignora. Pasados los años, revisitará el texto y entonces calará en otros niveles, no advertidos en aquella primera lectura.
Texto: como el río, fluye
Esta relectura enriquecedora responde a la advertencia de Heráclito: “Nadie baja, o se baña, dos veces al mismo río”. El dicho del presocrático responde a doble razón: las aguas del río han seguido fluyendo y no son las mismas de la primera vez, y el hombre que baja al río, tampoco es el mismo, ha cambiado, como buena criatura temporal.
Que un texto cambie como un río parece rechazable, pero filológicamente se da. Tomemos la primera frase del Quijote, que antes mencionaba: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…”. En ella hay, por lo menos, dos cambios desde el siglo XVII al XXI: a) El vocablo “lugar” no tenía el sentido de vaguedad designativa que hoy tiene; entonces significaba “una aldeíta” o pueblo pequeño”. b) “No quiero acordarme” no se refiere a una decisión voluntaria de no hacerlo, sino a una imposibilidad: quiere decir: “no puedo acordarme”. Para muestra basta la frase de apertura. Al plano de la letra se le suma la perspectiva del lector, que acude, pasado el tiempo, al mismo río. La experiencia de vida, por un lado, y otras lecturas –por ejemplo, novelas de caballería, el libro de Unamuno sobre la novela de Cervantes, crítica literaria-- le han aguzado la atención y la comprensión para aspectos que antes no pudo ver por no haber vida densa en el muchacho y disponer de poco bagaje cultural literario en el adolescente lector. Nada digamos si el lector ya no es un muchacho del montón, sino es nada menos que un Pierre Ménard, que por poder releerlo a su manera, lo puede rescribir. Obvio desarrollar esto que ha hecho correr ríos de tinta.
Sin llegar a aceptar, en forma radical, aquello de Oscar Wilde de que la niebla de Londres era una percepción a la que nos habían acostumbrado los cuadros de los impresionistas, algo de esto hay en la reinterpretación que el uso frecuente de otros libros genera en la relectura de los textos ya visitados. Las lecturas nos modifican la visión de la realidad. Es imposible ver adámicamente una plaza con una fuente, en otoño, sin verla a través del poema sabido de Machado; o un mero edificio de varios pisos, sin que se nos instale el poema de Fernández Moreno: “Setenta balcones…”. La pre-visión se nos interpone.
Segundas partes buenas
La relectura permite, entre tantas cosas, descubrir el enlabiamiento sabio que la ardida retórica ha ejercido sobre nosotros en la lectura virginal, los recursos de la palabra y sus efectos, los artificios astutos que nos manipulan sutilmente si cumplen con su doble condición: ser eficientes e invisibles, a la vez, como una inconsútil tela de araña. La primera lectura es puro gozo, es dejarse ir, manejado por los recursos del autor, con docilidad, sin reticencias ni aduanas, por ascensos y descensos, desvíos y retornos del verso o de la prosa. Una segunda lectura la hacemos desde una mirada crítica, analítica, evaluadora de esa primera gozosa. La impertinencia de detenerse en la primera lectura para analizar los procedimientos del autor --cómo maneja los encabalgamientos y los juegos ecoicos de la rima; cuál es el punto de vista desde donde se nos narra la vida, etc.-- quiebra ese primer contacto que debería ser puramente hedónico. Pero el deseo de tener el control en nuestras manos nos lleva a aplicar el análisis en lo que cursamos y, como dice el refrán: “El gozo al pozo”.
A diferencia de lo que se dice, con verdad, de segundas partes de libros y películas, en los libros, si estos son valiosos, la relectura siempre es un premio. Siempre segundas lecturas fueron provechosas y gustosas, claro que de textos que valgan la pena, o el regozo, por ser justos.
Cuando éramos escueleros, en las clases de geografía trabajábamos a partir de un croquis que solo contenía el contorno de la República Argentina. Y, limitados por ese perímetro, pegábamos un papel de manteca en el que marcábamos el sistema de los ríos, luego, aplicábamos otro papel con la división política y un tercero, con las capitales de las provincias y así integrábamos un mapa del país. Las sucesivas relecturas de un texto van integrando gradualmente una visión crecientemente completa del mismo, en una tarea que asemeja aquella de la cartografía elemental de la escuela elemental. El refranero nos pauta ese proceso gradual: “De a uno come la gallina y se enllena” o “Poco a poco hila la vieja el copo”.
En la primera lectura de la fábula vemos a la oveja como tal. En la segunda, hemos reparado en la frase esopiana: “De te fabula narratur”. “De vos habla la fábula, chabón, y no de una oveja”. Y vemos al hombre en la oveja. Es una oveja de doble fondo que nos lleva a la aplicación a lo humano. Es como dice Eduardo Mallea: “La literatura en la que hablan delfines sobre delfines, en rigor, hablan humanos adelfinados o delfines humanizados”.
La mejor lectura
La relectura des-cubre, des-tapa, des-vela. Es apofántica (¡qué tal!), pues nos muestra la realidad, o la verdad, detrás de la letra.
La primera lectura debe afirmarse con vigor en el nivel literal del texto, en su comprensión cabal. Sin este apoyo, todo es oscilante y un tembladeral. Todorov recuerda la necesidad inicial de fijar el sentido literal con la mayor precisión posible. No siempre es fácil hacerlo, aunque parezca obvio. La aplicación de la atención al renglón es penetrativa y venteará los siguientes niveles de sentido. Detrás del primer sentido básico, está el “seso escondido”, el sentido segundo y tercero y cuarto, quizás.
San Agustín, en su abordaje lector de las Sagradas Escrituras halla tres niveles diferenciables. Santo Tomás señala cuatro, que aplicará Dante en la “Carta al Can Grande de la Scala”, preliminar a La divina comedia, a su propia obra. “Y salió el pueblo hebreo de Egipto”. 1) Sentido literal histórico; 2) sentido alegórico: salió el hombre de una situación dificultosa; 3) sentido moral: salió el hombre de la esclavitud del pecado y 4) sentido anagógico: salió el alma de la cárcel del cuerpo.
Hay ediciones anotadas de los grandes textos que auxilian, con su aparato crítico en notas, a una lectura gradualmente más comprensiva. La apostilla marginal puede ser aperitiva del texto mismo. El comentario es el mentar juntamente. La nota es el hombre anejo al texto. Otras veces, en cambio, no son notas filológicas, sino logofílicas, como aquella a la manera de la que apunta Marco Denevi: “Dice el texto: ‘períptero’”. Aclara el crítico: “Lo que rodea la cella”. Con lo cual quedamos tan apampados como antes.
Relectura es el nombre de la mejor lectura, de la lectura comprensiva, penetrativa, profundizadora. La relectura supera la costra de las apariencias, calando cada vez más hondo. “So mala capa yace buen bebedor”, dijo el Arcipreste y le dio al tinto.
Con variante y ampliación de dicho, cabe estimar: “Dime con quién andas, dime lo que comes, dime lo que vistes…” “‘Dime lo que lees y te diré quién eres’, es un aforismo cierto, pero te conoceré mejor si me dices lo que relees”.
Por Pedro Luis Barcia - PARA LA GACETA - LA PLATA
NOTAS:
1. Borges, Jorge Luis. “Biblioteca personal”, En Biblioteca personal. (Prólogos). Madrid. Alianza Editorial, 1988, p. III
2. V. Borges, Jorge Luis. Biblioteca personal. (Prólogos). , ob. cit. Además de los 72, circularon tres tomos más sin prólogo borgesiano: El libro de los muertos y El problema del tiempo (2 tomos), de Alexander Grunn. Cabe señalar que de la selección definitiva quedaron excluidos 31; puede verse su lista en la p.132 de la ob. cit. La editorial Hyspamérica, sede del proyecto, le había solicitado un plan con un centenar de obras. Borges solía decir que “los cien que se le habían pedido constituían ya un exceso” (ob.cit. p. I). Se sabe, Borges no rendía culto a estas supersticiones de los 100 mejores libros, u otro tipo de números fijos. Recuérdese la respuesta que dio a la mujer que, en el velorio de su madre, se lamentaba de que doña Leonor no hubiera alcanzado los 100 años y muriera un año antes: “Se ve que la señora tiene un respeto por los números …”
3. Cuando a Chesterton le preguntaron sobre qué libros llevaría a una isla desierta, respondió sin dubitar: “Un Manual para construir botes”. Con ello afirmaba la condición social del hombre y su anhelo de reinsertarse en el seno de la comunidad humana.
4. Eso, en el cine. El manejo, en las versiones en devedé, de los botones del control remoto para rebobinar, avanzar cada vez más aceleradamente o retroceder el filme, ha variado esta situación. Hoy podemos, como en un libro, volver páginas atrás, y rever las escenas, generar ralentis en el movimiento o aceleraciones, saltar episodios, etc.
5. Las técnicas actuales de reproducción de música abren múltiples “manipulaciones” por parte del auditor.
6. El mismo vocablo lo define: ”trans fuga” corre a través del terreno.
7. Frente a los lugares comunes de los carteles en las rutas, pueden citarse dos que merecerían el rescate del “Proyecto Cartele”: “Despacio, no hay hospital”. “Circule con cuidado, no hay escuela”.
Pedro Luis Barcia - Escritor y lingüista, doctor en Letras, es miembro de las academias nacionales de Educación y de Letras, de las que fue presidente. Entre otros doctorados honoris causa tiene uno de la UNT. Este es un artículo, hasta hoy inédito, escrito originalmente por el autor para una edición de El Pulso Argentino que no vio la luz. Agradecemos a su editor, Jorge Brahim.