En LA GACETA del 14/08/23 se publicó una columna que suscribí con un título casi irreverente: “Hiroshima-Nagasaki: La verdad de la milanesa”. No obstante, caí en la cuenta de que -en rigor- era una manera popularmente utilizada si lo que se quiere es disipar dudas. Y a la vez afirmando sin riesgos hechos sucedidos y sus valoraciones, lejos de toda parcialidad o interés ajeno al curso de la Historia.
Para utilizar un método de análisis simple, pero revelador, de que se está frente a unos hechos de trascendencia universal como pocos y referidos a sistemas de armamento de pavorosa destrucción y muerte de escala nunca antes ni siquiera imaginada, elegimos preguntar y preguntarnos: ¿Semejante arma se utilizó después de Japón? Sabemos que no. Y este “no” revela, en su aparente simpleza como respuesta, el temor de apocalípticos ribetes que se tiene respecto de los arsenales nucleares.
Pero, claro. Prevalece, malgré, la doctrina de la “disuasión nuclear”. “Si me atacas con armas nucleares haré lo propio contigo”. O la elementalmente perversa e ilógica doctrina MAD (por sus siglas en inglés) Mutua Destrucción Asegurada. ¿Habráse visto signo más trepidante de la naturaleza humana?
Todo el entramado glorioso de la universal cultura de la Humanidad sujeto a una ominosa manera de sobrevivencia. Un enjambre de “espadas damoclianas” blandiendo filos y brillos sobre poblaciones enteras, desguarnecidas, sin defensa alguna. Salvo –hay que probarlos, aún- las gentes que planean resguardarse en los refugios antinucleares que algunos grupos, de muy holgada economía, van acumulando “sobrevivencia” en latas y latas de alimentos y bebidas para “soportar una guerra nuclear”. Todavía –por fortuna- no sometidas al rigor de la “prueba de campo”.
-Ésa es la expresión que cabe para describir con rigurosidad las pruebas (con mucha gente debajo) en Hiroshima y Nagasaki, 81 años después. Y siempre. Esos bombardeos fueron la “prueba de campo” necesaria (ninguna hubo antes) para que los estrategas del pentágono estadounidense supieran, contundentemente, qué tipo de arma acababan de crear tan en secreto en el Desierto de Nevada
Por ello, repasemos, cuando en clave le comunican al presidente Truman “el niño nació bien” para que supiera el mandatario que se tenían listas las bombas (desde el 16.07.45). Y a partir de esa realidad, un ultimátum desde Potsdam (Alemania) al imperio del Japón, diez días después. “Rendición incondicional o desastre total”. Claro que sin especificar cómo.
Bienvenido el “no”
La respuesta de Japón, negativa. Claro. No se podía someter al emperador Hirohito, cuasi semidiós para la cultura nipona, a un sospechable juicio de guerra por los Aliados, que ya habían dado un cierre a la Segunda Guerra Mundial con el régimen de Hitler rendido en mayo de ese mismo año.
La pregunta, no la “del millón” sino de un sólo dólar: ¿Por qué se arrojaron dos bombas? ¿Acaso con la de Hiroshima no era suficiente para el espanto japonés?
Y aquí cobra entidad como “verdad revelada”, aquello de “la verdad de la milanesa”: porque, siendo una prueba de campo de los EE.UU., no podían quedarse sólo con la de la bomba de plutonio (en Hiroshima, el 06/08/45). Necesario era probar, tres días después, también, la de uranio. Y se centraron en Nagasaki. El 09/08/45, la segunda prueba de campo.
Para el cierre:
Y si no se utilizaban esas bombas, como lo hicieron, ¿Qué? Japón, país insular por excelencia, habiendo perdido casi la totalidad de su flota y diezmadas sus capacidades ofensivas, tenía poco resto. Su rendición, ante los asedios de EE.UU. y la invasión por el norte de la URSS, el 08/08/45, estaba a punto de ser expresada. Respondemos con una casi convicción: la “prueba de campo necesaria” se habría ejecutado, entonces, recién entonces, en Corea o en Vietnam. No se podían quedar sólo con la “explosión de laboratorio” del 16/07/45 y nada más.