La 10ª edición del Festival Internacional de Literatura en Tucumán (FILT) volvió a reunir a escritores, a editores y a lectores en el Museo de la Universidad Nacional de Tucumán (MUNT), como parte del 27° Julio Cultural Universitario.

Con una programación que generó espacios de intercambio, el encuentro puso en discusión no solo las nuevas voces de la literatura, sino también las condiciones en las que se escribe, se publica y se lee en la actualidad. En ese marco, Betina González participó de una de las actividades del festival llamada “Álbum de autor”, desde la cual compartió reflexiones sobre el oficio y sobre los desafíos que atravesó como una artista mujer.

Una literatura que encuentra poesía en los márgenes

González es una de las voces más destacadas de la narrativa argentina contemporánea. Doctora en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Pittsburgh, construyó una obra que entrelaza la historia con lo imaginario, dando forma a universos literarios de gran riqueza. Con apenas 34 años, irrumpió en la escena literaria con “Arte Menor”, una novela que obtuvo el Premio Clarín en 2006 y marcó el inicio de una trayectoria distinguida por numerosos reconocimientos internacionales.

Durante su paso por Tucumán, conversó en exclusiva con LA GACETA sobre los desafíos que atraviesa hoy el oficio de escribir: la autocensura, la presión constante por producir y las tensiones que supone crear literatura en un mundo cada vez más atravesado por lo digital.

- En tus ensayos aparece una temática de manera recurrente: los desafíos de la escritura. ¿Sentís que hoy existen nuevas exigencias para quienes escriben?

- No sé si son nuevas, porque esos ensayos no son tan viejos. Pero ahí menciono algo que me parece que sigue siendo muy importante: la autocensura. Cómo te afecta la presión de la época. En un momento podía aparecer desde lo políticamente correcto y hoy también aparece desde otro discurso -el neoliberal-, que te propone que todo lo que hagas tiene que ser un producto, tiene que ser vendible y, si no, no tiene ningún valor. Es una de las cosas más difíciles de manejar; sobre todo para quienes se criaron en una época con redes sociales. Yo soy de otra generación y por ahí puedo tomar un poco más de distancia. No dejo que eso me afecte en el momento de escribir. Pero después uno puede caer en esa trampa y empezar a pensar en esas cosas. Ese discurso neoliberal es uno de los grandes desafíos que enfrenta hoy un escritor, un editor, un librero, toda la cadena del libro y también del arte.

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- Tus libros suelen dialogar con la historia argentina, aunque no necesariamente como protagonista. ¿Cómo aparece ese contexto en tus textos?

- Yo no parto tanto del tema. Tengo un ensayo en el que digo que empezar por un tema es un poco difícil para un escritor, porque el tema ya está en la cultura. Si decís “voy a escribir sobre el amor” o “voy a escribir sobre la dictadura”, vas a caer probablemente en todo lo que ya leíste y viste sobre eso, y eso puede trabarte. En mi opinión es al revés: uno empieza por una situación narrativa o por un problema, y desde ahí llega al tema. Ahora estoy escribiendo cuentos y, por ejemplo, quería escribir uno sobre una casa embrujada. Había visto una casa que me interesaba, pero no me salía. Había empezado desde la arquitectura de la casa y la voz que le había puesto tampoco funcionaba. Hasta que un día lo dejé y empecé por otro lado: por un personaje, una niñera extraña que llegaba a esa casa. Ahí el cuento empezó a armarse. Y para armarse necesitaba ser un cuento que transcurre durante la dictadura. Entonces encontré la forma concreta. Lo importante era que llegara esa niñera a la casa y, a partir de ahí, mi cabeza la conectó con lo que podía estar pasando en ese contexto político. Creo que es así: los temas los encontrás. Y es una alegría, porque es como un hallazgo. Muchas veces encontrás el tema al final de la escritura, cuando terminaste el texto.

- En un contexto en el que cada vez se habla más de contar lo real y de historias basadas en hechos reales, ¿qué lugar ocupa la imaginación en tu escritura?

- Sin imaginación no hay escritura ni lectura. Incluso los textos realistas necesitan de tu imaginación, los buenos textos realistas. El problema con ese discurso que privilegia lo real, lo basado en hechos reales, es que desprecia la fantasía y la imaginación. Y es el mismo discurso que, de alguna manera, avala el uso de la inteligencia artificial. Hay un discurso falso que quiere convencer de que esas inteligencias pueden hacer exactamente lo mismo, cuando en realidad estamos hablando de una copia. El realismo que cree que la literatura es una copia de la realidad, por un lado, y la inteligencia artificial, que copia textos que ya fueron escritos, por otro, son discursos que están encadenados. Es una mirada mediocre porque no espera nada del lector. Está hecha para lectores que no quieren usar su imaginación, y cada vez hay más. La imaginación es una facultad, un talento que, si no lo ejercitas, se muere. La magia de la palabra escrita es que necesita de esa imaginación tanto de quien escribe como de quien lee.

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- ¿Y qué ves en las nuevas generaciones que llegan a tus talleres de escritura?

- El principal error es querer publicar rápido y casi querer publicar sin escribir. Hacen un primer borrador y quieren que salga. Hay algo de ese entrenamiento de las redes, que te obliga a estar todo el tiempo posteando cosas, que hace que parezca que la literatura funciona de la misma manera. La literatura no es así. Necesita tiempo. Después una se arrepiente de haber sacado textos demasiado rápido, porque es un proceso largo que sigue trabajando en tu cabeza. Otro error es tratar de escribir sin leer. Hay mucha gente que llega a las clases pensando que cualquiera puede escribir y que no necesita ninguna formación. Y cualquiera puede escribir, por supuesto, pero necesita la lectura. Muchos escritores no se formaron en la universidad, pero se formaron leyendo muchísimo en sus casas. Incluso quienes estudiamos en la universidad leíamos por fuera de lo que nos daban las clases.

- También hablás de la curiosidad como una parte importante de esa formación. ¿Sentís que se está perdiendo?

- Sí. Y es algo terrible de esta época: la falta de curiosidad y de iniciativa para buscar y construir la propia formación. Parece que todo está al alcance de un clic. Paradójicamente, al tener todo en internet es como si no tuvieras nada. Hay una especie de apatía frente a entusiasmarse con las cosas. Cuando los libros eran difíciles de conseguir, cuando las películas eran difíciles de conseguir había toda una épica alrededor de buscarlos. Con amigos podíamos pasar meses tratando de encontrar películas de Monty Python que no se conseguían. Eso también era una épica de la cultura.

- ¿Qué breve consejo darías a alguien que recién empieza a escribir?

- Que es una carrera de largo aliento. La literatura no es una carrera rápida, y menos si estás escribiendo narrativa. No hay narradores precoces. Puede haber poetas precoces, como Rimbaud. Pero la narrativa requiere mucha paciencia. La ansiedad es la enemiga número uno del novelista. Lleva muchos años transformarse en la escritora que una quiere ser, dependiendo del modelo que tengas en la cabeza. Yo todo el tiempo estoy pensando cómo todavía no sé hacer eso que quiero hacer en el libro nuevo. Y tengo un montón de libros publicados. Todo el tiempo estás tratando de hacer algo diferente. Eso requiere mucha conciencia de que la vida no es ya. A los jóvenes nos convencían de que todo tenía que ser a los 21 años, porque si no ya eras viejo o no servías para nada. Y en realidad hay muchísimo tiempo para hacerlo, para equivocarte y para que te salga bien.

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Resistencia

En consideración de González, la escritura representa una forma de resistencia frente a un entorno acelerado que demanda inmediatez constante. Con su postura, la autora defiende el valor de la cultura, de la curiosidad, de la paciencia y del profundo respeto por la lectura, en oposición a las presiones actuales por publicar de manera apresurada. Con ello, resalta la importancia de permitirse el tiempo necesario para el aprendizaje, para el error y para la maduración de una identidad literaria auténtica.