En la entrevista previa con LA GACETA, Guasones había definido “Rock & Blues en Vivo” como un regreso a las dos raíces que marcaron su identidad. Y en la cancha del Club Floresta, esa idea apareció antes del primer acorde: un telón rojo, un piano, estructuras de hierro con lámparas antiguas y guitarras listas para sostener dos horas de rock sin demasiados rodeos.

El ingreso al predio deportivo de avenida Colón se habilitó a las 20. Media hora después comenzaron a llegar grupos de amigos y parejas, mientras el movimiento crecía alrededor de la cancha. Cerca de las 22, el lugar ya estaba colmado y todas las miradas apuntaban al escenario, todavía oscuro. Desde distintos sectores empezaron los silbidos, los aplausos y los llamados a Facundo Soto, que aumentaban a medida que corrían los minutos.

La escenografía sencilla, pero con carácter. Sobre una de ellas, los músicos apoyaban sus cigarrillos mientras tocaban. La chaqueta de Soto, los sombreros y las guitarras terminaron de construir una imagen coherente con el nombre de la gira: una banda de rock y blues plantada en medio de una cancha llena.

Las guitarras encendieron la cancha

Pasadas las 22.30, Guasones abrió con “Pobre tipo” y las primeras guitarras instalaron de inmediato el pulso de la noche. “Espejo roto” aumentó la velocidad y provocó los primeros saltos, mientras “Me muero” terminó de encender a quienes todavía seguían el show desde su lugar. Soto habló poco entre canciones, pero cada “¡Gracias, Tucumán, carajo!” recibió una ovación y volvió a empujar al público.

ROCK Y BLUES. Guasones repasó más de 30 años de canciones durante su presentación en el Club Floresta. / LA GACETA, MARIA JOSE MONTEROS

En escena estuvo acompañado por Maximiliano Timczyszyn y Matías Sorokin en guitarras, Esteban Monti en bajo, Fernando Muto en percusión y Damián Celedón en batería. Juntos sostuvieron un sonido directo, con las guitarras siempre adelante, aunque la energía no se mantuvo en un único nivel. El recital avanzó entre canciones más ásperas y otras que bajaron la intensidad para dejar lugar a la emoción.

“Ya estoy subiendo” y “Todavía” reforzaron el costado más rockero, pero “Amaneciendo”, acompañada por el piano, cambió el clima. El canto se volvió más nítido y el aplauso final la convirtió en uno de los pasajes más sensibles de la noche.

Del blues a la euforia

Después volvió el movimiento. Soto tomó la pandereta durante “Con la casa en orden” y “Estrellas” hizo bailar a la cancha. Para entonces, el público ya había entrado de lleno en el código del rock barrial que acompaña a Guasones: brazos en alto, vasos levantados, grupos que se abrían lugar para saltar y coros roncos que nacían desde el fondo. Las luces anaranjadas dejaron de apuntar solamente al escenario y se abrieron hacia la multitud, donde cientos de manos se movían al mismo ritmo.

“Chica de ojos tristes” fue una de las canciones más ovacionadas de la noche. El estribillo se escuchó desde distintos sectores y varios brazos se agitaron por encima de las cabezas. Con luces rosas comenzó “Esperándote”, otro momento en el que las voces de la cancha llegaron a imponerse sobre la música.

La intensidad volvió a crecer con “Down” y alcanzó uno de sus puntos más altos con “100 años”. Apenas terminó, desde el público comenzó a escucharse “el que no salta es un inglés”. La batería se sumó a la arenga futbolera y convirtió el canto espontáneo en parte del show. En pocos segundos, casi toda la cancha estaba saltando.

Un final con los brazos en alto

El tramo siguiente combinó guitarras más pesadas, solos y nuevos cambios de clima. Una guitarra aguda atravesó la cancha y preparó el terreno para otra sucesión de temas intensos. “Desiree I” devolvió el costado más directo; “Leila” cruzó guitarras y piano, y “Perdón” abrió uno de los momentos más íntimos.

En la parte final aparecieron “Del otro lado de la ciudad”, “Tan distintos”, “Pasan las horas”, “Como un lobo”, “Farmacia” e “Infierno blanco”. El público respondió con nuevos saltos, silbidos y coros. Cerca de las 00.30 llegó “Reyes de la noche”, uno de los clásicos más esperados, y luego “Gracias”, la canción elegida para cerrar.

Después de dos horas, la cancha de Floresta todavía tenía los brazos arriba. Guasones había anticipado que sería una fiesta. Los coros que por momentos taparon a Soto, las luces sobre la multitud y una energía que se sostuvo hasta el último acorde terminaron por darle la razón.