Tenía paciencia. Al menos eso recuerdo. Solía planificar encuentros y charlas y aunque no le devolvieran la pelota, él se preocupaba para que el diálogo volviera a su cauce y fructificara. Tenía respeto. Eso siempre lo tuve presente. Desde el saludo hasta la despedida se convertía en un gusto porque no sólo te hacían sentir bien; sentías que eras importante. Lo curioso es que el importante era él. Tenía humildad. Era una constante, no lo olvido. En los grandes estrados de cualquier lugar del mundo solían tenerlo como referencia, pero él caminaba por las calles tucumanas con la parsimonia de los desconocidos. Tenía temple. De eso tengo certezas. Para jugar en las ligas mayores con las ambiciones que siempre despiertan a los tramposos hace falta tener la suficiente dureza para poner límites y la necesaria flexibilidad para que las cosas se hagan. Tenía escucha. Eso solía entusiasmarme. En una conversación sus silencios eran importantes. Sus interlocutores se iban del encuentro enriquecidos porque sentían que les habían prestado atención y en estos tiempos acelerados eso no es ninguna nimiedad. Tenía buena onda. Cómo no acordarme de eso. Su sonrisa facilitaba las cosas difíciles.
Horacio Muratore tenía todas esas características. Cualidades propias de un líder. Su trayectoria, su vida, contribuyeron a poner a Tucumán en un lugar de orgullo. Muratore tuvo la sabiduría de poder conjugar su pasión por el básquet con la responsabilidad institucional. Con un perfil bajo que se llevó bien con las grandes individualidades de la generación dorada del básquet, transmitió una forma de ser y de conducir que podrían servir de ejemplo en estos tiempos.
Parece que hace muchísimo tiempo terminó el Mundial. A los goles y a las gambetas las intentaron borrar las estupideces. Sin embargo la Selección Argentina dejó enseñanzas por su trabajo en equipo y por el ejercicio de liderazgos. El adiós para siempre de un hombre simple como Muratore es algo parecido. Deportes como el fútbol y el básquet vuelven a dar el ejemplo, un aporte para los liderazgos políticos que suelen diluirse en el sostenimiento de grietas y de exabruptos.
Intromisiones
Mientras el recuerdo de Muratore le pone un broche de oro a la dirigencia tucumana, el Presidente de la Nación volvió a viajar para hacer proselitismo. ¿Tiene sentido involucrarse en una disputa política ajena, como la brasileña? Difícilmente, y mucho menos cuando entre ambos países existe un intercambio comercial de más de US$ 31.000 millones y una relación económica de la que dependen industrias, empleos e inversiones.
La economía argentina no debería quedar expuesta a los impulsos ideológicos de sus gobernantes. Las elecciones deben ser una cuestión interna de cada país, sin la interferencia de los vecinos, porque esas intromisiones deterioran los vínculos diplomáticos y terminan afectando intereses mucho más duraderos que una elección.
Javier Gerardo Milei podría responder que tiene el mismo derecho de ir a Brasil a apoyar a los Bolsonaro que el que se arrogó Lula cuando respaldó a Cristina Kirchner y a sus candidatos en la Argentina. Pero esa explicación no resuelve el problema: apenas demuestra que ambos confunden sus preferencias personales con la política exterior de sus países. La intromisión de uno no legitima la del otro. Dos imprudencias no construyen una razón de Estado.
En la construcción de este presente es inevitable volver a los Estados Unidos, donde hace apenas unas horas el mismísimo Presidente completó el encuentro con la prensa que había sido interrumpido meses atrás por los disparos. Su discurso tuvo un eje central: vituperar a los hombres y mujeres del periodismo. Fue una convocatoria innecesaria, salvo que su verdadero propósito haya sido alimentar la confrontación y seguir construyendo un liderazgo pobre, cargado de agresividad. Cuando el poder necesita convertir al periodismo en enemigo, no está defendiendo a la sociedad de la prensa: está tratando de defenderse de las preguntas de la sociedad. Porque desacreditar al mensajero sigue siendo la forma más antigua de intentar ocultar el mensaje.
Pasajeros y aviones
Tucumán es contemporáneo de estas vicisitudes. No puede escapar. Por eso los armados de sus liderazgos son resultado de la ruptura de relaciones y se fortalecen con la transformación de compañero de cruzada en un enemigo al que no sólo hay que vencer sino destruir. El senador Juan Manzur se despegó de la plataforma de lanzamiento cuando le dio la estocada final a su creador político (José Alperovich), al cortarle las alas quitándole el uso del avión oficial. Algo muy parecido ocurrió con Osvaldo Jaldo y el propio Manzur, quien se sintió perdidoso cuando el titular del Poder Ejecutivo le cerró la escalerita del avión. ¿Qué tendrán las naves oficiales que se han convertido en símbolo del poder y del llano? Ante cualquier duda se le podría preguntar a Manuel Adorni, que ingresó al infierno subido a un avión oficial.
La conversión del rival o del contendiente en enemigo acérrimo no es un patrimonio del oficialismo. En la oposición, la construcción que ha venido edificando el arquitecto Lisandro Catalán no admite ni como capachero a Mariano Campero. Después del 9 de Julio donde delante de los congresales de 1816 volvieron a romper lanzas. Mientras Catalán anuncia que pronto terminará el diseño de su plan de gobierno en el caso de ganar los comicios del 9 de mayo -el decreto para convocar a los comicios saldría esta semana-, Campero empieza a tejer alianzas con sus ex correligionarios y a velar armas contra el referente de La Libertad Avanza.
Cuando los comicios están a punto de comenzar la cuenta regresiva, los liderazgos en la provincia demuestran que lo más fácil para consolidarse es que el primer pasajero que queda en tierra es aquel con el que se comenzó el viaje.
La última semana
Esta semana que se fue para no volver nunca más estuvo atravesada por tres hitos. Uno de ellos fue la salud del gobernador a quien le colocaron un stent en una pequeña intervención que le hicieron inesperadamente en Buenos Aires.
También se encendió una alerta sobre los residuos del mundial de fútbol que puso sobre el tapete el dolor y los padecimientos que genera el juego destruyendo familias y seres humanos que lo perdieron todo, incluso la vida. Durante el mundial aumentó notablemente el juego fomentado por las apuestas que se promovieron más que las hamburguesas en las pantallas.
Y, finalmente, quedó el vacío por la muerte de Horacio Muratore. En su vida dedicada al básquet trasladó las enseñanzas de su padre y demostró que las instituciones deportivas son mucho más que lugares para competir: son espacios de pertenencia, contención y formación. Lecciones que le sirvieron para conducir el deporte mundial y que también podrían servirle a la política argentina. En una entrevista con LA GACETA, Muratore explicó sus logros con una frase de una sencillez casi desconcertante: “Siempre cumplí con lo que dije que iba a hacer. No hay otro secreto”.
Tal vez por eso su figura se vuelve más grande precisamente ahora, cuando empieza a sentirse el olor de las elecciones. Porque mientras muchos dirigentes buscan una frase para conquistar el poder, Muratore dejó una tarea bastante más difícil: cumplirla.