En todos los Mundiales siempre hay partidos que terminan construyendo a un equipo campeón. Se trata de esos juegos en los que un plantel marca el pulso, saca pecho y se cuelga la chapa de candidato en el pecho; esos encuentros que, con el paso de los años, adquieren un valor incluso mucho mayor.
En el Mundial 2006, Italia no empezó a sentirse campeona cuando Fabio Cannavaro levantó el trofeo en Berlín; comenzó a creerlo unos días antes, cuando resistió durante 118 minutos frente a Alemania en Dortmund y golpeó dos veces en una ráfaga de fútbol para meterse en la final.
España tampoco construyó su título únicamente con el gol de Andrés Iniesta. Antes tuvo que sobrevivir a Portugal, resistir a Paraguay y confiar en que Iker Casillas le atajaría un penal a Óscar Cardozo cuando el Mundial de Sudáfrica 2010 parecía escapársele.
Argentina vivió algo parecido en Qatar. La historia recordará la final contra Francia, pero el partido que terminó de convencer a aquella Selección de que podía volver a ser campeona fue otro. Fue aquella batalla interminable frente a Países Bajos, cuando un triunfo que parecía resuelto terminó convirtiéndose en un duelo emocional que debió definirse por penales. Después de sobrevivir a esa tormenta, el equipo dirigido por Lionel Scaloni ya no volvió a mirar el Mundial de la misma manera.
Todos los campeones tienen un partido que los revela, ese que los revela y en el que dejan de ser aspirantes para empezar a sentirse campeones. Quizás Suiza represente exactamente eso para esta Selección.
Kansas City también parece haber cambiado de clima. Ya no es la ciudad tranquila que recibió a la Selección durante la fase de grupos ni el refugio al que volvió después de cada viaje. En el Origin Hotel las valijas hay hermetismo, el Compass Minerals Center recuperó la rutina de los entrenamientos y hasta las conversaciones en los pasillos del centro de prensa tienen otro tono. Nadie pregunta por posibles cruces, por las rotaciones o por la recuperación física de algunos jugadores. Hay una sola palabra que se repite una y otra vez: Suiza. Esa es la señal más evidente de que el Mundial cambió de etapa.
Eso no pasa porque el seleccionado europeo sea el rival más poderoso del torneo ni porque una derrota convierta en fracaso todo lo construido durante estos años, lo que sucede es que los cuartos de final suelen marcar un punto de quiebre en este tipo de competencias. A partir de ahora, los Mundiales dejan de medirse por el camino recorrido y empiezan a definirse por la capacidad de sostener la ilusión cuando el margen de error desaparece.
Argentina llega con más certezas que dudas. El problema es que, a esta altura del torneo, las dudas pesan mucho más que las certezas.
Scaloni sabe que Lionel Messi continúa siendo el futbolista más determinante, descubrió que Leandro Paredes puede devolverle equilibrio al mediocampo, confirmó que Cristian Romero representa como pocos el carácter competitivo de este grupo y volvió a comprobar que el corazón de esta Selección sigue latiendo con la misma fuerza que en Qatar. Pero también entendió que ya no alcanza solamente con sobrevivir.
La remontada frente a Egipto emocionó a todos. Sin embargo, también dejó una enseñanza. Las épicas construyen confianza; pero los campeones, además, necesitan transformarlas en aprendizaje. Los rivales serán cada vez mejores, los espacios cada vez más pequeños y las oportunidades mucho más escasas. Lo que hasta ahora pudo corregirse durante el juego, probablemente ya no ofrezca una segunda oportunidad.
Suiza aparece como uno de esos equipos incómodos que rara vez regalan algo. Es ordenado, disciplinado y paciente; es de esos equipos que obligan a jugar bien para vencerlos.
Será mucho más que un partido por un lugar entre los cuatro mejores del mundo; también será la posibilidad de descubrir si esta Argentina ya encontró su mejor versión. A las Copas del Mundo no siempre las ganan los equipos que mejor juegan durante un mes; muchas veces las terminan alzando aquellos que consiguen encontrar su mejor versión exactamente cuando el torneo empieza a exigirla.
Hasta acá la Selección encontró goles, personalidad y una capacidad admirable para levantarse cuando parecía noqueada. También descubrió que Messi sigue siendo capaz de cambiar cualquier historia y que este grupo conserva intacto el espíritu competitivo que lo llevó a la gloria en Qatar. Pero necesita un partido que le permita volver a sentirse capaz de defender la corona.
Argentina sobrevivió, encontró respuestas cuando parecía no tenerlas, rescató partidos que se le escapaban y volvió a demostrar que el hambre está intacto. Pero este Mundial le propone un desafío diferente. Ya no se trata únicamente de avanzar, sino de descubrir si esta Selección ya está lista para jugar ese partido que, con el paso de los años, dejará de recordarse por el resultado y empezará a recordarse porque fue el día en el que nació una leyenda.