Es curioso. La política suele tener la llave para reír. Los expertos en el humor se apoyan en las contradicciones y en las cosas que, muchas veces, nos hacen sentir furiosos y, otras, simplemente frustrados.

La democracia nos enseña a distribuir el poder. En esa repartija es imposible no soltar una sonrisa al revisar las actitudes o los caminos que utilizan los principales actores de la política. Ellos declaman una valoración y un respeto por la democracia, pero lo primero que suelen hacer es devaluarla. La democracia se basa centralmente en la búsqueda de un equilibrio entre los poderes y las estructuras con la utópica ilusión de que, de esa manera, la vida de los ciudadanos será mejor.

Sin embargo, curiosamente, los hombres y las mujeres que ejercen la política tienen la obsesión -¿desviación?- de querer controlarlo todo a como dé lugar. Como si estuvieran dominados por una adicción, cuanto más poder controlar se les hace más difícil abandonarlo. Se hace imposible pensar que si se cree en la democracia alguien que está en el poder podría pensar en generar más controles para ejercerlo. “No se puede ser tan romántico”, podría sugerir Andrés Malamud como lo hizo en LGplay hace un puñado de días. 

“Si los hombres fueran ángeles, ningún gobierno sería necesario”. Más contundente y tal vez menos comprensivo fue James Madison. Tal vez este norteamericano al que suelen denominar el padre de la Constitución nos permita entender por qué en Tucumán el mismísimo gobernador declamó tantas veces una reforma electoral que jamás se concretó. Tal vez presa de un rapto de euforia propio de la emoción de un primero marzo haya coadyuvado a lanzar la propuesta de cambio. Con los días, sus propios jugadores le advirtieron que no podían matar la gallina de los huevos de oro. Un poeta ciudadano como Horacio Ferrer podría explicarles a los tucumanos siguiendo a Madison con su emocionante Bicicleta Blanca: “...mi viejo flaco nuestro que andabas en la tierra: ¿cómo no te/ diste cuenta que no somos ángeles, sino hombres y mujeres…”

El 4 de abril de 2017 dejó este mundo Giovanni Sartori. Pero antes de irse dejó sus pensamientos sobre la política, la democracia y el funcionamiento de los partidos. Como Madison se preocupó por demostrar que la fortaleza estaba en el control interpoderes. Y, como si fuera un habitué de los bares tucumanos, advirtió: “los sistemas electorales son pequeños motores que producen grandes consecuencias”. Bienvenido al país de los acoples. ¿Qué ocurre cuando las reglas electorales no fortalecen al poder que debe controlar, sino al poder que debe ser controlado?, podría responderle un eventual interlocutor.

Plebeyos del rey

En Tucumán, los acoples salieron a la cancha por orden del director técnico José Alperovich. Por lo tanto, y como no podía ser de otra manera, jamás servirían para equilibrar la democracia comarcana. Fueron pensados para que el peronismo se rindiera a los pies de aquel gobernador al que trataron a cuerpo de rey. Parece algo de un pasado lejano, pero son muchas las figuras que todavía juegan en las ligas mayores y que en aquel momento aplaudieron y acompañaron al rey devenido reo.

Los acoples fueron hechos para debilitar al Poder Legislativo y fortalecer al Ejecutivo. Eso puede verse en la incapacidad que tienen los representantes del pueblo para controlar. Esa discusión es la que ha esquivado el oficialismo tucumano con la complicidad abierta de la oposición. Muchos de sus dirigentes dirán que presentaron proyectos pero no pudieron, pero eso es un simple argumento que se diluye en su silenciosa connivencia a cambio de que les mantengan la “dieta” que tanto les gusta y tan férreamente defienden.

Cada vez que los comicios se asoman en el horizonte, surge la pregunta: ¿cuál es la posición mágica que tiene este sistema electoral para convertirse en la pócima mágica del poder (Ejecutivo)?

El efecto de este brebaje electoral es elevar la cantidad de personas que se quedan sin representantes en el sistema que -curiosamente- se apela representativo. Además elimina la vida interna de los partidos políticos y la construcción de liderazgos. Con un partido sin vida interna, aunque con un sello habilitante alcanza para que cualquiera pueda ser candidato siempre y cuando se le permita acoplarse sin tener que mostrar antecedentes, debates y sin haber obtenido credenciales propios de la democracia para hacerse acreedores a una candidatura. “Se convierten en un canal más para la distribución de fondos estatales que se destinan al gasto político, sin ninguna ley que los controle”.

Esta última frase va encomillada porque fue tomada del trabajo realizado por el economista Pablo Agustín Pero. Con la colaboración de los licenciados en Ciencias Políticas elaboraron un estudio en el que demuestran cómo los acoples “potencian la capacidad y la posibilidad del Poder Ejecutivo oficialista de mantener su posición ya que debilitan y canalizan el financiamiento para decenas de “colectoras” que aportan votos a su causa sin que importe la suerte que corra cada acople individualmente”.

Al momento de explicar por qué sostiene que el Poder Legislativo se debilita, Pero explica que son muchos los ciudadanos que el domingo van a votar pero el lunes -con los resultados en la mano- se quedan sin sus representantes en la Cámara. Es que el 52% de las listas no pasan el mínimo necesario, es decir, no superan el corte. Así también, el 25% de los que efectivamente votan no conseguirán ningún representante. En el estudio se demuestra que cuanto menos acoples hay, menos se van a dividir los votos que emitieron los ciudadanos; por lo tanto, el piso para salir elegido será más alto. Eso incentiva a las fuerzas en juego a generar menos acoples, y por lo tanto, inferir que van a ser menos los sufragios que no tengan representación final en la composición de la Cámara y, entonces, habrá un menor “desperdicio” de sufragios.

Esta realidad se repite cada vez que los tucumanos van a cumplir sus obligaciones cívicas. Los autores demostraron numéricamente que en 2011 se quedaron sin representación legislativa la friolera de 174.258 votos (110.000, en Capital; 39.000, en el Este y 32.000, en el Oeste). En los últimos comicios se quedaron sin cumplir con su deber democrático unos 198.353 votos (110.000 en Capital; 21.000, en el Este y 66.000, en el Oeste).

Como Roberto Carlos

Si nos dejamos llevar por la exageración, se podría afirmar que si en las elecciones del año que viene se presentaran un millón de acoples por una agrupación en el supuesto de que tuvieran tantos amigos, y del otro lado hay un acople, este tendrá más votos que aquel en la Legislatura. Por lo tanto, también el oficialismo habrá “desperdiciado” más sufragios que se quedarán sin representantes.

En el trabajo que publicó la Fundación Federalismo Libertad, el economista y los licenciados en Ciencias Políticas dejan abierta la hipótesis de que en la medida en que se baje la cantidad de acoples en la oposición, esto podría hacer innecesaria una superpoblación de acoples en el oficialismo. Como consecuencia de esta hipótesis, la calidad de la democracia será mayor. De esta manera, los liderazgos serán menos débiles y menos mercantilistas y seguramente las ideas y los proyectos podrían ser parte de los debates para conquistar a los votantes. Tan simple y tan complicado a la vez para conseguir una calidad institucional mayor.

El pensador francés Alexis de Tocqueville dejó frases que siempre se toman para apoyar algunas argumentaciones. Podríamos aprovechar aquella que dice que “la centralización del poder puede ser aceptada por los ciudadanos sin que éstos adviertan lo que están perdiendo”. Viene bien para concluir la necesidad de que alguna vez cambie el sistema electoral. Parece un chiste porque tanto los legisladores como el gobernador lo saben, el problema es que siempre la necesidad de triunfar se antepone a la de contribuir al bien común.

“Vos sabés que ganar/ no está en llegar sino en seguir”, dice Horacio Ferrer en otra parte de su Bicicleta Blanca.