En 1865 el matemático y fotógrafo británico Charles Lutwidge Dodgson escribió el fantástico texto de “Alicia en el país de las maravillas”. Para hacerlo, utilizó el seudónimo de Lewis Carroll. En una parte de la obra, el autor juega con una idea tan sencilla como extraña. Sostiene que tenemos un cumpleaños al año y, por lo tanto, también somos acreedores de 364 no cumpleaños.
Carroll -al fin y al cabo es el seudónimo el que trascendió- nos deja al descubierto un ardid que consiste en convertir una negación en una categoría propia y hasta en un motivo de festejo. Algo parecido ocurre en la política actual y algunos detalles quedaron al descubierto a lo largo de esta semana que nunca más volverá.
El presidente de la Nación tiene una obsesión por el kirchnerismo. Y, cada vez que lo recuerda o se lo refriega al país entero su imagen se consolida. Es como si fuera más Milei cuando se define como un no kirchnerista. Para Javier Gerardo Milei el sinónimo de ese pasado es corrupción y, por lo tanto, así define a su gestión como no corrupta.
A los políticos les cuesta defender principios, de hecho en las campañas electorales los planes y las plataformas brillan por su ausencia. Por eso lo más fácil es explicarse a partir de decir qué es lo que no son o quiénes no son.
Se hace muy difícil explicar lo que pasó en los últimos días que tampoco volverán. Para no darle con el gusto al kirchnerismo, todos los amigos del oficialismo se unieron para salvarle la vida -política, claro- a Manuel Adorni. El renunciado jefe de gabinete es el sinónimo de corrupción en el gobierno actual y lo protegen aquellos que se definen y hacen campaña diciendo que no son ni nada tienen que ver con ella. Más ininteligible se hace cuando en realidad, quienes encabezaron la intentona de interpelar al intempestivo Adorni había sido el kirchnerismo.
A Esteban Bullrich, la Esclerosis Lateral Amiotrófica lo tiene muy disminuido pero su cerebro -y sus principios- no parecen afectados por la ELA. Y, esta semana hizo lo que ningún político hace cuando de ética se habla: renunciar. Le escribió una respetuosa carta al líder de su partido, Pro, comunicándole que se sentía desilusionado y por lo tanto no podía seguir apoyando a la agrupación que lidera Mauricio Macri.
“El verdadero liderazgo no nace del poder ni del éxito electoral; nace de la coherencia entre los valores que proclamamos y las acciones que elegimos cuando esos valores son puestos a prueba. En ese camino de reflexión fui comprendiendo que permanecer en el partido implicaba aceptar silencios y decisiones con las que ya no podía identificarme”, dice uno de los párrafos de la renuncia de Bullrich. Y, agrega: “la protección brindada a Manuel Adorni fue, para mí, el hecho que terminó de hacer evidente esa distancia. No porque crea que una persona defina el destino de un partido, sino porque las organizaciones revelan su verdadera identidad en aquello que deciden justificar, tolerar o defender. Cuando la conveniencia política comienza a pesar más que la responsabilidad ética, el liderazgo pierde su sentido más profundo”. El Enfoque del Domingo de la semana pasada (https://www.lagaceta.com.ar/nota/1142085/opinion/abrazo-conveniencia.html) concluía expresando idénticas ideas sobre la conveniencia por sobre los principios de la vida pública.
“Si cada uno se ocupara de sus propios asuntos… el mundo giraría mucho más rápido de lo que lo hace”, escribió Lewis Carroll y eso que en aquella época no lo conocía a Adorni. Y, tal vez, si éste hubiera leído “Alicia en el país de las maravillas” no hubiera terminado encerrado en su propio laberinto de soberbia con el que siempre intentaba defenderse identificándose como lejos del kirchnerismo. Terminó manchado por la corrupción y renunciando demasiado tarde.
Sonrisa ejecutiva
La renuncia de Adorni podría ser recibida por el gobernador de la provincia con una sonrisa. No porque Osvaldo Jaldo haya sido un militante del peronismo nacional que enarboló la bandera contra el ahora ex jefe de Gabinete. Ocurre que en estos últimos tiempos el mandatario provincial entrelaza un buen vínculo con Diego Santilli, quien hasta minutos antes de que la Selección Argentina salga a la cancha era el número puesto para ocupar la Jefatura de Gabinete.
Este tipo de relaciones generan desazón hacia la política. El titular del Poder Ejecutivo ha aportado todos los votos necesarios para que el gobierno nacional apague incendios en el Congreso. Es difícil de explicar en el discurso. “Estoy en contra de las políticas mileístas pero ayudó a gestarlas”. Es cierto que durante estos tiempos Osvaldo Jaldo la ha pasado mejor que otros, merced a este juego. Inclusive el ministro del Interior de la provincia en ese lapso ha terminado libre de culpa y cargo de aquellas malas administraciones sobre las que fue sospechado e investigado. En síntesis, el peronismo tucumano apoya al mileísmo en los hechos pero en los dichos lo considera culpable de los males del país. Y, viceversa.
“Por el contrario… si fuera así, podría serlo; y si fuera así, lo sería; pero como no lo es, no lo es. Eso es lógica”, dice Carroll. Un claro ejemplo de estos intríngulis es el secretario de Turismo del gobierno nacional. No hace mucho el ex motonauta fue el candidato presidencial de Cristina y antes, el responsable turístico del gobierno de Néstor. Y, ahora es una de las piezas del ajedrez de La Libertad Avanza que despotrica con todo aquello que fue Daniel Scioli.
Vocero ejemplar
Adorni ha sido durante todo este tiempo el emblema de esta forma de ejercer la política. No tiene que ver con la deformada definición de casta. Adorni desde su atril de vocero se burlaba del pasado político y se jactaba de una ética que no supo sostener con sus hechos, aunque sí defendió con sus dichos. Es como si el sistema tiene inexorablemente el mismo destino.
Es lo que ocurre en la Legislatura de Tucumán donde lo que se dice respecto de la administración de los emolumentos legislativos nada tiene que ver con los hechos. Así los representantes del pueblo nada creen deberles a quienes depositaron sus votos por ellos. Por eso no sienten la obligación de explicar estos temas ni de transparentarlos.
Cuando esta nueva gestión llegó al poder, lo hizo declamando la convicción de que debía reformarse el sistema electoral para que eliminando vicios proselitistas la llegada al poder cambiaría la ética política. Así ganaban identidad diferenciándose de sus antecesores y, en el caso particular, de los opositores; lo definían como una batalla ganada hacia el futuro. Sin embargo, con el correr de los días se confundieron en una misma identidad iluminada por el silencio de la dieta y de sus anabólicos.
El arma
Todas estas cuestiones no parecen importarles a las autoridades oficialistas. Jaldo aprovecha la euforia mundialista para tejer lo que él llama unidad ya que -de nuevo- para entenderla en el idioma tranqueño algunos tienen que quedarse afuera. Y, en estos días eso fue muy claro: el senador Juan Manzur y sus amigos no están dentro de la unidad. No hace muchos años Manzur hizo campaña para ser gobernador con un oflador. “Qué ofle el doctor”, decían sus acólitos. Cuando Jaldo se peleó con él, le pidió no de buena manera que introdujera el oflador en algún lugar poco decoroso. Después de esa batalla, simularon la unidad peronista. Por los dichos de los últimos días, se viene una nueva edición de la “batalla del oflador”. Jaldo aclaró que Fernando Juri Debo y los Yedlin (el diputado Pablo y el legislador Gabriel) no forman parte de sus huestes. Es que, como indica la política de este primer cuarto de siglo, si no me defino por el otro, por mi enemigo, no soy.
El riesgo que corren los líderes actuales es que no terminan de aprender que si no son distintos no es que no sean iguales sino que pueden no ser nada.