Hay situaciones que sólo pueden pasar durante un Mundial. El brasileño Lucas Barreto lo comprobó en carne propia durante la serie de playoffs entre Talleres de Tafí Viejo e Hindú de Resistencia por la Liga Federal. Sobre el parquet estaba el partido que podía marcar buena parte de la temporada del “León”. Entre sus rodillas, en cambio, se jugaba otra historia. Una mucho más lejana, pero igual de importante. En la pequeña pantalla de su celular, Brasil enfrentaba a Haití por la segunda fecha de la fase de grupos del Mundial 2026.
Cada vez que Pablo Walter clavaba un doble o Cristian Soria encontraba un hueco en la defensa rival, Barreto celebraba como uno más. Pero apenas sonaba una chicharra o aparecía un tiempo muerto, bajaba la cabeza. No buscaba estadísticas ni repasaba una jugada. Quería saber qué estaba pasando con la “Verdeamarela”.
De un lado estaba el equipo que defiende cada fin de semana, aunque ahora deberá ser un hincha más debido a que está en recuperación de una lesión en el tendón de Áquiles. Del otro, el país que lleva en la sangre. Y en el medio, él.
A medida que avanzaban los minutos, Barreto vivía pendiente de dos marcadores distintos. Uno estaba sobre el parquet. El otro aparecía comprimido en una pantalla de apenas unos centímetros.
Brasil llegaba golpeado después del empate contra Marruecos. La actuación había dejado más dudas que certezas y el partido frente a Haití aparecía como una obligación. Raphinha, Vinicius Júnior y compañía necesitaban ganar para encaminar la clasificación y recuperar algo de tranquilidad.
Por eso Barreto no terminaba de relajarse. Aunque Talleres peleaba una serie decisiva, una parte de su atención seguía viajando miles de kilómetros hacia una cancha mundialista. “Quiero que ganen los dos”, había dicho horas antes del salto inicial.
La frase parecía simple. Pero detrás de esas pocas palabras se escondía una historia mucho más profunda. Porque aunque hoy sea una de las caras conocidas del básquet tucumano, Barreto nació en Cabo Frío, una ciudad costera del estado de Río de Janeiro. Allí comenzó a jugar al básquet antes de que una decisión familiar le cambiara el rumbo para siempre.
Historia
Su madre se instaló en Argentina por cuestiones laborales cuando él era adolescente. Lucas vino a visitarla con apenas 16 años. La idea inicial era pasar un tiempo y regresar a Brasil. Pero el básquet terminó modificando todos los planes. “Encontré una estructura mucho más grande. Había más clubes, más competencia y más posibilidades para crecer”, recordó.
Primero pasó por Buenos Aires. Después llegaron las inferiores de San Lorenzo y distintas experiencias dentro del básquet argentino. Más tarde apareció Tucumán, una provincia que terminó ocupando un lugar especial en su vida. Lo curioso es que no fueron las canchas las que terminaron conquistándolo. Fueron las personas.
“En Buenos Aires cada uno está en la suya. Acá la gente te invita a comer, te hace sentir parte. Me sentí contenido desde el primer momento”, contó.
Quizás por eso siempre encontró una excusa para volver. Regresó una vez. Después otra. Y otra más. Variando de colores, sí. Defendió las camisetas de Talleres y Belgrano. Pero siempre regresó. Hasta que Tucumán dejó de ser un destino deportivo para transformarse en un hogar.
Añoranza
Sin embargo, hay cosas que nunca cambian. La distancia con su familia sigue siendo una de ellas. Sus padres, sus abuelas, sus tíos y sus primos permanecen en Brasil. Los viajes son escasos y los reencuentros, demasiado cortos para compensar tantos años lejos.
“Hay momentos que se extrañan mucho. Estar con mis abuelas, con mis primitos. Esas cosas siempre hacen falta”, reconoció.
Tal vez por eso cada Mundial adquiere una dimensión diferente para él. Es fútbol, claro. Pero también es una forma de sentirse cerca de su país. De volver, aunque sea por un rato, a los lugares donde creció.
Anécdota
Barreto todavía recuerda perfectamente dónde estaba cuando Alemania le propinó el histórico 7-1 a Brasil en las semifinales de 2014. Lo vio desde una pensión en Buenos Aires. Y todavía le cuesta hablar del tema sin hacer una mueca.
“Los chicos me miraban y se reían. Llegó un momento en que ya no sabía dónde meterme. Encima al otro día siguieron las cargadas”, recordó.
12 años después de aquella noche, Lucas sigue defendiendo a Brasil cada vez que puede. Y las cargadas tampoco desaparecieron.
“Cada Mundial es lo mismo. Siempre aparece alguno para recordarme el 7-1”, contó entre risas.
Mientras hablaba, Talleres seguía jugando. Y el celular seguía ahí, entre sus piernas. La diferencia es que esta vez el sufrimiento tenía otro origen. “La estoy sufriendo. No la veo tan organizada como otras veces”, explicó sobre la selección brasileña.
Por eso el partido contra Haití era mucho más que un compromiso de fase de grupos. Era una prueba. Una necesidad. Una oportunidad para recuperar confianza.
Y mientras eso ocurría en el Mundial, él seguía sentado al costado de una cancha de básquet observando dos historias paralelas. La de Talleres. Y la de Brasil. Una en tamaño real. La otra comprimida en la pantalla de un teléfono. Quizás por eso aquella noche terminó siendo mucho más que una serie de playoffs.
Mientras miles de personas elegían entre mirar básquet o seguir el Mundial, Lucas Barreto encontró una tercera opción: sufrir por los dos al mismo tiempo. Durante más de dos horas vivió pendiente de dos partidos y de dos camisetas distintas. Una estaba sobre el parquet. La otra aparecía en la pantalla de un teléfono. Con una mano lista para aplaudir un doble de Walter. Con la otra preparada para celebrar un gol de Vinicius. Dos partidos. Dos países. Dos sentimientos distintos. Y un mismo corazón dividido entre Tucumán y Brasil.