Existe un mandato que atraviesa generaciones: una buena madre protege, cuida, se posterga y antepone siempre el bienestar de sus hijos al propio. Por eso, cuando una mujer embarazada atraviesa un consumo problemático, no solo se cuestiona su conducta. También se pone en crisis esa idea casi sagrada de lo que la sociedad espera de una madre.
Esa reacción suele ser inmediata. La atención se concentra en el bebé que está por nacer o que acaba de llegar al mundo, en las posibles secuelas y en las consecuencias del consumo durante la gestación. En cambio, queda en un segundo plano una pregunta: ¿qué historia hay detrás de esa mujer?, ¿qué violencias, qué ausencias o qué dolores la acompañaron hasta ese embarazo?
Sin embargo, detrás de cada embarazo atravesado por un consumo problemático rara vez hay una explicación única. Hay historias distintas, recorridos personales imposibles de generalizar y contextos marcados por la vulnerabilidad, la violencia, la pobreza o la ausencia de redes de contención. Pensar esos casos desde una sola dimensión no solo resulta injusto; también dificulta comprender un fenómeno que empieza mucho antes de una consulta médica y que, probablemente, tampoco termine con el nacimiento de un hijo.
“Estamos viviendo el fenómeno del embarazo adolescente con consumo en situaciones vulnerables”, explica Juan Zelaya Conti, director de Abordaje Integral de las Adicciones del Sistema de Salud de la provincia (Siprosa). Habla de chicas de 13 o 14 años embarazadas, con problemas de consumo y, muchas veces, en situación de calle.
No hay estadísticas acabadas. Apenas algunos registros que permiten asomarse a un fenómeno difícil de medir. En Tucumán, el propio Siprosa registra que el 3% de las consultas de embarazadas en Atención Primaria de la Salud corresponde a mujeres con consumos problemáticos, mientras que en maternidad el 4% de las consultas de salud mental está vinculado a adicciones. Son cifras parciales, insuficientes para dimensionar el problema, pero que muestran que no se trata de situaciones aisladas.
Consumo problemático de sustancias: “Hoy muchos se drogan para no sentir”Detrás de esos números aparece, además, un dato que resulta todavía más revelador: muchas mujeres no llegan a los controles prenatales porque tienen miedo. “Se niegan rotundamente a asistir al consultorio porque tienen temor al castigo policial o, si ya son madres, miedo a la quita del menor”, explica Zelaya Conti. Algunas aparecen recién cuando el embarazo está muy avanzado.
El miedo también es un dato sanitario.
Hay algo profundamente humano en esa decisión de esconderse. El consumo es clandestino, el embarazo expone y la maternidad parece exigir una perfección imposible. Mientras un hombre con problemas de adicciones suele ser visto como alguien que necesita tratamiento, una mujer embarazada que consume carga además con la sospecha de haber traicionado el ideal mismo de madre.
No es la intención de este espacio minimizar las consecuencias del consumo durante la gestación. Sería irresponsable hacerlo. Los médicos advierten desde hace años sobre el impacto del alcohol, del tabaco y de otras sustancias sobre el desarrollo fetal. Zelaya Conti enumera posibles trastornos neurológicos, cognitivos y físicos que pueden acompañar a esos niños durante toda su vida. Pero incluso frente a esa realidad, el problema parece empezar bastante antes de que una ecografía detecte un embarazo.
Secuelas
El padre Walter Mansilla, referente de la Pastoral de Adicciones del Arzobispado de Tucumán, lo describe desde otra perspectiva. Cuenta que en algunos barrios encuentran familias en las que conviven tres generaciones atravesadas por consumos problemáticos y advierte que también atienden situaciones de mujeres embarazadas cuyos hijos nacen con secuelas asociadas al consumo.
Su mirada invita a otra reflexión: nadie llega solo a una adicción.
Cómo son y qué provocan las drogas sintéticas secuestradas en TucumánQuizás por eso resulte significativo que, cuando estos bebés nacen, la respuesta sanitaria no se limite al recién nacido. Neonatólogos, trabajadores sociales, psicólogos y psiquiatras evalúan también la situación de la madre y del entorno familiar antes de definir qué ocurrirá después del alta.
Porque incluso en ese momento la pregunta sigue siendo la misma: ¿quién puede cuidar?
En una sociedad que suele exigirles a las mujeres que sostengan todo, admitir que una madre también puede necesitar ayuda todavía provoca resistencia. Comprender nunca equivale a absolver. Pero condenar antes de comprender tampoco resuelve el problema.
Tal vez la imagen más inquietante no sea la de un bebé que nace con síndrome de abstinencia. Tal vez sea la de una adolescente de 13 años que llega embarazada, con consumo problemático y sin haber encontrado antes una mano capaz de acompañarla.