Mariano Jarjal tiene 20 años y está construyendo, tango a tango, una voz propia. Daryna Roldán tiene 23 y aprendió a bailar el género seducida por la gente que bailaba en las plazas. Leandro Ponssa tiene 34 y llegó al tango cuando asumió que no tenía sentido seguir postergando algo que lo inquietaba desde hacía tiempo. Ninguno de los tres lo heredó de una tradición familiar ni lo eligió por moda. Abrazaron el tango porque algo en él -la música, la letra, el movimiento, el vínculo con el otro- les habló de una manera que otros géneros no lograron.

Cuerpo y voz como inicio

Leandro llevaba años diciéndose a sí mismo que en otra vida iba a ser bailarín. Hasta que un día dejó de postergarse. “Acepté que no tenía certeza de que haya otra vida, y me dije que si quería hacer esto que me estaba inquietando debía hacerlo ahora”, contó. Justo la Municipalidad de San Miguel de Tucumán dictaba un taller de un mes; allí se enamoró del tango y ya no lo soltó. Empezó a tomar clases cuatro o cinco veces por semana, a veces dos por día.

Mariano llegó al 2x4 por otro camino. Estaba tomando clases de canto con Sofía Singh, y esta, después de escucharlo cantar un tango, le dijo que eso era lo suyo. Después hubo otros maestros, y con uno de ellos, Carlos Podazza, ocurrió algo que lo marcó. “Una vez me dijo: ‘(Roberto) Goyeneche y Jorge Valdez ya están muertos, y el mundo del tango no necesita otros como ellos. Yo tengo a Mariano frente a mí, y quiero que sea Mariano el que cante’. Ese día me hizo un ‘clic’, y hasta el día de hoy sigo en esa búsqueda de mi identidad, porque es un proceso bastante largo”, dijo el joven cantor.

Daryna creció con el tango en casa. Sus bisabuelas escuchaban Julio Sosa, Carlos Gardel; tangos clásicos como “Por una cabeza”, “Nada”. Pero no fue sino hasta que vio a la gente bailar en la plaza Independencia que sintió que ese género también era suyo. “Lo que más me llama la atención del tango es su música y su letra; escucharlo me genera un sentimiento especial. Pero también me llama mucho la atención que la gente se reúna en un espacio público, y se lo apropie para este tipo de actividades”, puntualizó.

La juventud garantiza un abrazo eterno al tango

Una palabra aparece, de distintas maneras, en los testimonios de los tres: paciencia. Daryna considera que lo más difícil del baile del tango es precisamente manejar la ansiedad. “Las personas deben estar tranquilas, no perder la calma. Por ahí, cuando se empieza a bailar -me ha pasado y veo que les pasa a mucha gente cuando empieza- se desespera. Las chicas no se dejan llevar, y quieren resolverlo ellas, y los varones no tienen mucha confianza para llevar, y entonces, trastabillan, se apuran, quieren cerrar rápido el paso. Hay que tomarlo con calma; hay que respirar el tango, porque es un momento para uno”, explicó.

Ponssa lo dice desde un lugar más profundo, casi filosófico. Se formó como acompañante terapéutico, y está convencido de que esta disciplina y el tango se retroalimentan. “En algún sentido, el tango me cambió la vida; me enseñó muchísimas cosas; sobre todo, a esperar, a escuchar. Me permitió ver las cosas desde un lugar muy diferente. Y llegó en un momento justo, porque yo estaba formándome como acompañante terapéutico, y en el tango pude encontrar muchas cosas en común con la profesión”, aseguró.

Mariano también habla de un aprendizaje exigente. Estudiar las letras del tango -de Enrique Cadícamo, de Homero Manzi, de Enrique Santos Discépolo- le significó encarar un trabajo minucioso: entender el lunfardo, analizar las metáforas, decidir qué palabras merecen una expresividad más intensa. “Cuando uno hace ese trabajo académico de estudiar, cuando uno se toma en serio la tarea de analizar las letras para entenderlas le lleva tiempo. Uno va desglosando la letra; es un trabajo bastante puntilloso para interpretar, para poder darle sentido al canto”, dijo. Y añadió que todo ello le permitió ser más consciente de lo que canta.

El encuentro con el otro

Quizás el rasgo más distintivo del tango, frente a otros géneros, sea su condición esencialmente vincular. No se trata sólo de ejecutar algo bien: se trata de construir algo con otro. Leandro lo describe con precisión: “Lo más lindo es lo que se siente dentro de la pareja; desde afuera acaso se ve dos personas caminando y apenas desplazándose y moviéndose con mucha suavidad y calma; pero pasan muchas cosas dentro de la pareja para que haya una conexión profunda. Para bailar tango, antes que el saber o el pensar hay que priorizar el sentir”.

ESENCIA. Fermín destaca el sonido nostálgico que emana del bandoneón.

Daryna lo experimenta en la pista. Actualmente está aprendiendo a ejercer el rol de guía, que la sociedad tradicionalmente le asigna al varón. “Ahora hay muchos espacios, muchas milongas donde tanto varones como mujeres pueden interpretar los dos roles; no es algo restringido”, señala, con la naturalidad de quien ve en eso una evolución lógica.

Mariano considera que el encuentro con el otro tiene otra dimensión: la del público y los pares. Confiesa que al principio temía que sus compañeros del Instituto Superior de Música de la Universidad Nacional de Tucumán no se involucraran con lo que hace. Pero la realidad fue distinta. En una guitarreada en la que sonaba mayormente folclore, alguien mencionó que él cantaba tango, y todos quisieron escucharlo. “Me doy con que me aceptan y me quieren, aunque me dedique a un género ‘antiguo’ o que no está de moda. La gente abraza lo que hago”, afirma.

Un género que no cesa

Los tres coinciden en que el tango es, por definición, inagotable. “Mientras más conozco el tango me parece que hay tanto, mucho más para seguir aprendiendo”, afirma Leandro. Daryna, próxima a recibirse de licenciada en Artes Plásticas, ya piensa en profesionalizarse e, incluso, en irse a Buenos Aires a formarse. Y Mariano es consciente de que la búsqueda de su identidad continúa. “Encontrar ese ADN tiene su complejidad; no es algo fácil de conseguir, se va trabajando a lo largo del tiempo”, subraya.

El tango llama, y los jóvenes tucumanos responden

El tango, en el caso de estos tres jóvenes, no es nostalgia. Es presente; y es futuro. Es un género que les habla, que les exige, que los transforma. Por eso los tres, a su manera, afirman lo mismo: una vez que el tango entra en la vida de una persona no se va más.