El 11 de agosto de 1979, un avión despegó de Taskent rumbo a Minsk. A bordo viajaban 17 integrantes del Pakhtakor, el club más importante de Uzbekistán y, en los hechos, la selección encubierta de un pueblo al que la Unión Soviética no le permitía tener una. Pero a 9.000 metros de altura sobre Ucrania, el vuelo colisionó con otro avión y la generación dorada del fútbol uzbeko desapareció en un instante. Para entender por qué esa pérdida fue mucho más que una tragedia deportiva, hay que saber quiénes eran realmente esos 17 hombres — y para eso, hay que remontarse hasta la época en la que ese territorio estaba situado en el centro del mundo.

Para ubicar al lector: Uzbekistán es el corazón de Asia Central. Su posición a mitad de camino entre China y Europa marcó su historia desde la Edad Media. En aquel entonces sus ciudades eran vitales de la Ruta de la Seda, la vía por la que circulaban el comercio y la cultura mientras Europa atravesaba el oscurantismo.

Esa herencia dejó un carácter distinto al de sus vecinos: mientras kazajos o kirguisos mantenían tradiciones nómadas, el uzbeko desarrolló una cultura urbana, comercial y organizada.

Esa riqueza atrajo al Imperio Ruso en el siglo XIX. Rusia vio en los oasis de la zona su mina de "Oro Blanco". La invasión fue brutal y transformó el paisaje: se impuso el monocultivo y se forzó a una nación de intelectuales y comerciantes a convertirse en la granja de algodón del Zar. Tras la Revolución de 1917, los locales intentaron recuperar su independencia con una resistencia guerrillera contra el Ejército Rojo. Sin embargo, el centralismo de Moscú terminó imponiéndose y bautizó a la región como la República Socialista Soviética de Uzbekistán en 1924.

La selección encubierta

Pese al nuevo contexto, el espíritu de autonomía nunca murió. En un sistema donde todo se decidía desde el Kremlin, el club Pakhtakor Taskent se convirtió en el estandarte de todos. Mientras los clubes de las otras repúblicas de Asia Central deambulaban por las categorías de ascenso, el Pakhtakor era el único que se sentaba en la mesa de los grandes. Jugar contra el Spartak Moscú o el Dínamo Kiev era la oportunidad de demostrar que esos lejanos "recolectores de algodón" tenían igual o más técnica, coraje e historia que sus colonizadores.

IDENTIDAD. El Pakhtakor de 1979, la selección encubierta de un pueblo oprimido.

Su estilo de juego, técnico y ofensivo, le valió el apodo de los "Brasileños de la Estepa". Esa calidad no pasó desapercibida para la URSS. Comenzó a nutrirse de sus figuras como el arquero Yuri Pshenichnikov, titular en la Eurocopa 1968, el talentoso Vladimir Fedorov (medallista olímpico en Montreal 76) y el joven Mikhail An (estrella de los seleccionados juveniles). La generación de estos últimos estaba lista para dar el gran salto. Con ellos, el Pakhtakor era la esperanza de una nación de ganar la liga soviética, como ya lo habían hecho armenios o bielorrusos. Pero pronto, el cielo se iba a oscurecer.

Cenizas en Ucrania

Ese progreso sostenido se paró en seco cerca de Kurylivka, Ucrania. Fedorov y An —los rostros del futuro uzbeko— se contaron entre los 17 miembros de la delegación que no volvieron.

Fue una herida de muerte en su historia deportiva. La Federación Soviética determinó que el club no perdiera la categoría durante tres años, mientras el resto de los equipos de la URSS cedían jugadores para reconstruir un equipo que había quedado en ruinas. Pero el alma se había esfumado. El proceso de crecimiento quedó congelado en aquel choque. Solo la aparición años después de Mirjalol Qosimov —cerebro del equipo de la URSS campeón del mundo Sub-17 en 1987— recordó que el talento seguía vivo detrás del luto.

El calvario de las eliminatorias

Tras la independencia en 1991, el oro en los Juegos Asiáticos de 1994 fue un espejismo que alimentó la ilusión de que llegar al Mundial sería un trámite. La realidad fue una secuencia de pesadillas.

Rumbo a Alemania 2006, sufrieron el robo más insólito de la historia de la FIFA. En el repechaje contra Baréin, ganaban 1-0 cuando el árbitro japonés Toshimitsu Yoshida cometió un error inédito: les anuló un gol de penal por invasión y en lugar de repetirlo, cobró tiro libre para el rival. Protestaron exigiendo un 3-0 administrativo, pero la FIFA tomó otra decisión: anuló todo y mandó a repetir el partido. En esa repetición, no pasaron del 1-1 y quedaron eliminados por gol de visitante tras igualar en cero en la vuelta.

Para la cita de 2014, otra tortura. En la última fecha, necesitaban vencer a Catar y esperar que Corea del Sur venciera a Irán. Si empataban surcoreanos e iraníes, Uzbekistán debía ganar su partido por cuatro goles. Sorpresivamente Irán dio el golpe en el Lejano Oriente y obligó a los uzbekos a buscar una diferencia de cinco. Los “Lobos Blancos” jugaron, quizás, los mejores 90 minutos de su historia, pero también los más erráticos. El marcador terminó 5-1. Les faltó uno. Ese único gol que no entró, a pesar de las decenas de situaciones desperdiciadas y los remates en los palos, fue el que los condenó a una nueva repesca.

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Otra vez allí, esta vez contra Jordania, la clasificación se definió por penales en un clima de tensión absoluta en Taskent. Durante el alargue, parte de la iluminación del estadio se cortó, sumergiendo el campo en una penumbra que vaticinaba el final. Una vez restablecida la electricidad, llegó el momento de los penales. Con el marcador 8-8, Uzbekistán falló, Jordania convirtió y el sueño mundialista se sumergió en una oscuridad aún peor que la de los reflectores apagados.

Un nuevo plan y una escala en nuestro país

El país pasó décadas buscando su identidad. Tras haber deslumbrado en los 70 con aquella exquisitez técnica de corte sudamericano, la crisis post-soviética los empujó a un fútbol de forcejeo y pelotazos que no los llevaba a ningún lado. El éxito actual es un reencuentro con su vieja elegancia, aunque con el orden táctico de la élite actual.

Tras el apagón de 2014, la Federación comprendió que no bastaba con marketing y figuras en el ocaso para obtener un pasaje al Mundial. En 2017, bajo una nueva dirección, se inició un plan de infraestructura y metodología. Se invirtió en centros de alto rendimiento y en potenciar las inferiores de clubes.

Ese camino acumuló éxitos en categorías juveniles y nos trae a nuestro país. En 2023, Uzbekistán llegó al Mundial Sub-20 de Argentina como campeón de Asia. Aquel equipo que pisó el césped del "Madre de Ciudades" en Santiago del Estero y entrenó en el estadio de Mitre, es la columna vertebral de la selección que hoy celebra la clasificación a la Copa del Mundo. 

SEMILLA. Parte de la actual selección uzbeka durante el Mundial Sub-20 de Argentina 2023, en el estadio Mitre de Santiago del Estero.

Figuras como Abbosbek Fayzullaev y el central Abdukodir Khusanov —hoy en el Manchester City, primer jugador del país en la élite total— demostraron en tierras argentinas que estaban listos.

El fin de la agonía

Sin embargo, el fútbol siempre guarda un último examen para los que han sufrido. La esperada clasificación se selló el 5 de junio de 2025, en una noche de calor asfixiante en Abu Dabi. Uzbekistán llegaba a la penúltima fecha con una misión: un empate ante los Emiratos Árabes Unidos garantizaba el pase directo. Una derrota, en cambio, significaba jugarse la vida en la última jornada contra Catar, un escenario que amenazaba con resucitar los fantasmas de 2006 y 2014.

El partido fue una batalla de nervios. Cada centro al área uzbeka amenazaba con extender la lista de noches fatídicas. Pero esta vez, el equipo mostró un temple de acero. El 0-0 final, defendido hasta el minuto 100, fue el acta de defunción de tres décadas de frustraciones. El árbitro señaló el medio y los jugadores se desplomaron sobre el césped. Ya no haría falta esperar a la última fecha ni depender de milagros ajenos.

Taskent no durmió. En la Plaza de la Independencia, entre miles de personas, se mezclaba la euforia de los jóvenes con las lágrimas de los más viejos. Los bocinazos recorrieron las avenidas de una punta a otra de la nación. El presidente del país habló por teléfono con el equipo y sus palabras, transmitidas en vivo por la TV nacional, sintetizaron lo que sentían todos: “Cumplieron el sueño de generaciones”.

En algunos días, el chárter de la selección uzbeka tocará la pista en suelo mexicano y se producirá un acto de justicia. En ese preciso instante, también estará aterrizando aquel avión de 1979 que quedó en el camino. Tras 47 años de dolor, los 17 héroes del Pakhtakor finalmente habrán llegado a destino.