El pluriempleo suele medirse en números. Cuántas personas tienen más de un trabajo. Cuántas horas trabajan. Cuánto dinero necesitan para llegar a fin de mes. Sin embargo, detrás de esas estadísticas hay otra variable más difícil de cuantificar: el tiempo.

En el Gran Tucumán, casi tres de cada 10 trabajadores buscan un ingreso extra para sostenerse. Son más de 131.000 personas que, además de su empleo principal, necesitan sumar otra fuente de dinero. A nivel nacional, el fenómeno alcanza a 1,6 millones de personas. Pero el impacto no se limita al bolsillo.

“Pluriempleo significa agotamiento, cansancio, falta de energía, necesidad de respiros y poco tiempo para uno mismo”, resume la socióloga y especialista en consumo Ximena Díaz Alarcón

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La ecuación es sencilla: cuando una jornada laboral termina y otra comienza, el tiempo libre se vuelve escaso. Lo que desaparece no son solamente las horas de ocio, sino también los espacios destinados al descanso, a los vínculos personales o simplemente a no hacer nada.

Para Díaz Alarcón, el fenómeno tiene consecuencias que van más allá de la economía. Argentina atraviesa desde hace años una creciente preocupación por temas vinculados a la salud mental y el bienestar emocional.

“Hay una alta visibilidad de temas como estrés, ansiedad y agotamiento. Eso tiene que ver con estar permanentemente pendientes de la subsistencia. Los efectos emocionales son bastante profundos”, advierte.

La necesidad de generar ingresos adicionales también está modificando la forma en que las personas utilizan su tiempo fuera del trabajo. Actividades que antes funcionaban como espacios de recreación hoy muchas veces se convierten en una fuente complementaria de dinero.

Cocinar, tejer, fabricar objetos artesanales o vender productos por redes sociales aparecen como estrategias frecuentes para reforzar presupuestos ajustados. Según Díaz Alarcón, este fenómeno es especialmente visible en sectores de menores ingresos.

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“En los sectores más vulnerables aparecen mucho los intercambios, los trueques y la monetización de actividades manuales. Son fenómenos típicos de economías de recesión”, explica.

En paralelo, entre los jóvenes surge otra forma de convertir el tiempo personal en una actividad productiva. Redes sociales, generación de contenido e influencia digital forman parte de un ecosistema que transformó la exposición personal en una posible fuente de ingresos.

“Hay una productibización del self”, describe la especialista. “Jóvenes que generan comunidades y encuentran ahí una nueva fuente de ingresos. Es casi una nueva profesión”.

Aunque las formas cambian, el resultado suele ser similar: menos espacios reservados exclusivamente para el disfrute.

La situación presenta además una desigualdad marcada por género. Las mujeres suelen enfrentar una carga adicional derivada de las tareas de cuidado, que se suma al trabajo remunerado y reduce todavía más el tiempo disponible.

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“Las mujeres están peor pagas y trabajan más horas con menos rendimiento económico que los varones. Además, muchas veces siguen teniendo una carga desigual de tareas de cuidado”, señala Díaz Alarcón.

En una sociedad donde cada vez más personas necesitan complementar ingresos, la discusión ya no pasa únicamente por cuánto dinero entra a un hogar. También involucra cómo se distribuyen las horas del día y qué lugar queda para el descanso.