Ira y rencor. A veces es lo único que puede leerse en una mirada.
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Si no aparecía el video, ¿Carlos Nieva seguiría libre? ¿Y por qué no? La sensación -casi una certeza- es que solo con un documento tan contundente, capaz de conmover a la opinión pública desde su viralización en las redes, parece posible conseguir la detención de un femicida en potencia. Pero si las aterrorizadas mujeres que viajaban en la camioneta no hubieran atinado a filmarlo subido al capó, ¿le habrían dictado a Nieva la prisión preventiva? Difícil; muy difícil.
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La escena irradió una crudeza cinematográfica. Un hombre en absoluto y evidente estado de descomposición emocional, golpeando con furia el parabrisas mientras vomita amenazas de muerte. Del otro lado alcanza a percibirse el pánico. El victimario y la víctima, cara a cara en la noche cerrada de Concepción.
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Son 25 hechos de violencia, encadenados en apenas tres meses, los que justificaron la prisión preventiva impuesta por 30 días a Nieva. Pero fue el video lo que inclinó la balanza. Hasta ese momento lo que existía era una restricción perimetral, producto de un patrón de hostigamiento sistemático que incluyó persecuciones, utilización de múltiples chips telefónicos para evitar rastreos y la escalada de intimidación contra la víctima y su entorno. “Vos vas a terminar en un cajón”, “te mato y me mato”, “te dejo en una bolsa”, decía Nieva. ¿No era suficiente para meterlo preso antes? ¿Cuánto tiempo más debía pasar para que el sistema reaccionara? ¿Qué debía suceder para que el Estado interpretara que no se trataba de una ex pareja despechada sino de una situación de altísimo riesgo? ¿Hace falta un femicidio consumado para comprender la gravedad de los casos? Bendito sea el video entonces.
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Cada año decenas de mujeres son asesinadas por parejas o ex parejas, y aún así las amenazas siguen siendo minimizadas con una frecuencia alarmante. Casos en los que los femicidas preanunciaron lo que iban a hacer, mientras las víctimas los denunciaban una y otra vez. Medidas de restricción convertidas en letra inservible, incapaces de detener la obsesión y la violencia.
A este párrafo, constituido en un lugar común de la crónica periodística, se lo seguirá escribiendo en la medida en que los Nieva de la vida sigan sueltos. No hay indicios de que el párrafo pase al archivo, al menos en el corto plazo.
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Hasta el momento de su detención, y a pesar del tenor de las pruebas aportadas por la denunciante, a Nieva no le habían practicado una pericia psiquiátrica. No se consideró importante determinar su estado de salud mental, su real grado de peligrosidad. Pero se sabe que el sentido común, por extrañas razones, sigue siendo el menos común de los sentidos.
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Está claro que la Justicia actuó cuando la situación ya había alcanzado niveles extremos de exposición pública. El video viralizado produjo un efecto que miles de denuncias silenciosas no consiguen generar: obligó a mirar. Pareciera que el horror necesita una imagen reproducida en una pantalla para existir plenamente. Pero Nieva descontrolado sobre el capó representó el punto final de un proceso de control, persecución y degradación psicológica que suele ser visible mucho antes. Y sin embargo, el sistema continúa reaccionando de manera tardía.
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“Te mato y me mato” contiene una lógica profundamente perversa, porque si la mujer no puede ser controlada, entonces tampoco puede seguir existiendo. Además, en muchos casos el agresor se autopercibe como víctima. Cree que la separación lo humilla, lo destruye o lo expone socialmente. Es un componente de alienación emocional extremadamente peligroso. La antropóloga Rita Segato desarrolló una interpretación especialmente lúcida sobre esta cuestión. Sostiene que gran parte de la violencia machista contemporánea se explica por mandatos culturales de poder masculino profundamente arraigados. El agresor necesita demostrar dominio, recuperar autoridad, castigar la desobediencia. Cuando siente que pierde control, convierte la violencia en un espectáculo de reafirmación.
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Hay algo de eso en la escena del capó de la camioneta, una teatralización delirante del poder. Un hombre dispuesto a exponerse físicamente, a poner en riesgo su propia vida y la de otros, solo para impedir que las mujeres escaparan. La violencia no opera únicamente como amenaza; se transforma en actuación desesperada de control. Y allí aparece otro aspecto inquietante, que es la creciente naturalización social de conductas profundamente perturbadoras.
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Según Luciana Peker -socióloga y periodista-, el Estado argentino conserva una mirada reactiva más que preventiva. Se actúa cuando la violencia ya estalló, cuando hay lesiones graves o cuando el caso adquiere visibilidad mediática. Mientras tanto, las víctimas quedan atrapadas en una especie de limbo institucional donde denunciar no siempre garantiza protección efectiva. El caso de Concepción encaja dolorosamente en esa lógica. La situación venía desarrollándose desde febrero. Veinticinco episodios de violencia. Amenazas explícitas de muerte. Persecuciones. Hostigamiento continuo. Recién ahora el acusado quedó detenido preventivamente.
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Las redes sociales y la hiperconectividad amplifican el problema, porque el control ya no necesita presencia física permanente. Puede ejercerse mediante llamadas constantes, mensajes, perfiles falsos, múltiples líneas telefónicas y vigilancia digital. El agresor invade todos los espacios posibles. Persigue. Observa. Hostiga. Insiste. La obsesión aparece organizada, persistente, metódica. No se trata de explosiones aisladas de furia sino de una maquinaria constante de intimidación. Hasta que toda esa rabia se libera, por ejemplo desde el capó de una camioneta en medio de la noche, al que un hombre de mirada extraviada trepa para exhibir su verdadero rostro.
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Esta historia no ha concluido. En un mes -salvo que se extienda la prisión preventiva- Nieva volverá a las mismas calles que transita su víctima. ¿Y entonces?
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La ira es una elección y también es un hábito. Un ácido. Un veneno. Una forma de locura. Sólo conduce al desastre.