¿Qué diferencia a un hombre que come carne humana para sobrevivir de otro capaz de secuestrar y matar con absoluta frialdad? La pregunta parece incómoda, extrema, casi imposible de responder. Sin embargo, el filósofo tucumano Nicolás Zavadivker encuentra allí un punto de partida para reflexionar sobre la naturaleza humana, la moral y los límites éticos a partir de dos historias que marcaron a la sociedad rioplatense: la tragedia de los Andes, representada por Roberto Canessa y los sobrevivientes uruguayos, y el caso del clan Puccio, con Alejandro Puccio como figura emblemática.
Lejos de colocarlos en un mismo plano, Zavadivker sostiene que ambos casos revelan precisamente lo contrario: dos formas radicalmente distintas de actuar frente al dolor, la muerte y el otro. Para desarrollar esa idea, el especialista en ética recurre primero a Thomas Hobbes y su famosa teoría del “estado de naturaleza”. Según el filósofo inglés, sin leyes ni autoridad, el hombre tendería al egoísmo absoluto y a una “guerra de todos contra todos”.
Así, considera que la tragedia de los Andes funciona, en cierto modo, como una refutación parcial de esa teoría. “Fue una vuelta al estado de naturaleza”, explica. Los sobrevivientes quedaron aislados, sin presencia estatal, policial ni militar, completamente abandonados a su suerte en medio de la montaña. Sin embargo, lo que apareció allí no fue el caos ni la violencia mutua. “No se mataban preventivamente para sobrevivir. Lo que surgió fue organización social, solidaridad y trabajo en equipo”, sostiene.
En ese sentido, rescata el concepto de “la sociedad de la nieve”: una comunidad improvisada en medio del horror, donde la supervivencia colectiva terminó siendo más importante que el egoísmo individual. Para Zavadivker, allí aparece uno de los elementos más poderosos del caso Canessa. Los sobrevivientes no resistieron únicamente por instinto biológico. Lo hicieron también impulsados por motivaciones morales y afectivas. “En su caso, una de las motivaciones era no darle a su madre el dolor de perder un hijo”, señala.
El filósofo remarca además que, en semejante contexto, lo más sencillo hubiera sido dejarse morir. Resistir exigía un esfuerzo físico y psicológico descomunal. “Era mucho más tentador abandonarse que seguir peleando”, explica.
“Puccio era un tipo alegre y después apareció esa otra vida escondida”Dentro de esa lógica colectiva, encuentra también gestos profundamente altruistas. Uno de ellos fue el consentimiento que algunas personas daban para que sus cuerpos fueran utilizados como alimento en caso de morir. “Eso carece completamente de egoísmo individual”, reflexiona.
Dilema
La antropofagia, inevitablemente, abre otro dilema ético. Zavadivker lo analiza desde dos perspectivas filosóficas distintas. Desde el pensamiento kantiano, reconoce que existe un problema moral evidente. “Kant diría que el otro nunca debe ser usado solo como un medio. Y acá parcialmente sucede eso”, explica.
Sin embargo, desde una mirada utilitarista, entiende que la decisión estaba moralmente justificada porque buscaba evitar un sufrimiento mayor: la muerte de quienes todavía podían salvarse. “Había un bien mayor”, resume.
Alejandro Puccio: de la gloria, a la traición, el horror y la muerteIncluso en ese acto extremo, encuentra rastros de empatía. Destaca especialmente el rol de Canessa y otros sobrevivientes que se ofrecían a cortar los cuerpos para evitarles a sus compañeros el impacto de reconocer visualmente a amigos o familiares fallecidos. “Hacían eso para que el resto solo viera pedazos de carne y no tuviera que enfrentar directamente el cadáver”, señala.
Ese detalle es central para marcar la enorme distancia que, según Zavadivker, separa a los sobrevivientes de los Andes de los Puccio.
“Lo de Puccio va mucho más allá del egoísmo”, afirma con contundencia. Sostiene que el integrante del clan presentaba rasgos psicopáticos claros: ausencia de empatía, frialdad emocional y capacidad de manipulación. “Era frío, calculador y tenía ese encanto típico de los psicópatas”, describe.
Para Zavadiker, mientras Canessa y los demás atravesaban conflictos morales profundos, alguien con una personalidad psicopática habría actuado sin culpa ni dilema interno. “Un psicópata lo habría hecho con total frialdad”, sostiene.
Canessa-Puccio: la paradoja más oscura del rugbyLa conclusión final del filósofo evita simplificaciones absolutas. Rechaza la idea de dividir el mundo entre “buenos puros” y “malos puros”. “La mayoría de las personas convive con ambas cosas: momentos de egoísmo y momentos de generosidad”, explica. Pero entiende que el caso Puccio aparece como una excepción extrema, atravesada por una patología que desborda los comportamientos habituales de la condición humana.
En definitiva, la comparación entre Canessa y Puccio no enfrenta solamente dos historias famosas. Expone dos formas opuestas de relacionarse con el otro: una construida desde la empatía y la solidaridad aun en el horror; la otra, desde la ausencia absoluta de compasión.