Por Carlota Beltrame
Docente, investigadora, Doctora en Artes
La cultura no se limita a la producción de bienes tangibles e intangibles de alto valor simbólico, pues también incluye una actividad de negociación, regulación y autorización de exigencias que compiten, a menudo en conflicto, por la representación colectiva. En efecto, se trata de un territorio en constante disputa y, consecuentemente, también lo es la gestión cultural que proviene tanto del Estado, como de las iniciativas independientes. Esta controversia subyace en el rechazo al proyecto de Lino Enea Spilimbergo para pintar la bóveda de la nave central de nuestra Iglesia de La Merced, en 1950; en la negativa, en 2003, al ofrecimiento de la Fundación Antorchas para invertir capital económico y de capacitación en nuestro Museo Provincial de Bellas Artes “Timoteo Navarro”; en el tóxico debate sobre el arte actual tucumano planteado en el texto “Crónica de una pasión americana”, que se publicara en el catálogo de la muestra homónima, dedicada en 2010 al artista Ezequiel Linares; en las exhibiciones de grabados falsamente atribuidos a grandes maestros de la historia del arte, como Dalí (2003), Picasso (2014) o Rembrandt (2017); y, más recientemente, en la pérdida de autonomía política y de interlocución directa del Ente Cultural de Tucumán a fines de 2023.
Representación cultural
Existirán correlatos en otras áreas de la producción y gestión cultural local, pero los arriba mencionados sirven para ejemplificar las erróneas decisiones resultantes de disputas mal resueltas que, una y otra vez, han condicionado la gestión cultural de nuestra escena, empobreciéndola. En este sentido, el desplazamiento del Ente Cultural de Tucumán a una nueva dependencia jerárquica, también tensiona en ese territorio simbólico que constituye el campo de la cultura pero, como agravante, el 51,98 % de votos obtenidos por La Libertad Avanza en el ballotage de 2023 inclinó de manera dramática el piso sobre el cual se desarrolla hoy el debate acerca de nuestra representación cultural, algo que los/as artistas tucumanos/as deberíamos recordar tanto a la hora de formular nuestras críticas como de albergar nuestras esperanzas. Ciertamente, a fines de ese año, el Ente abandonó la órbita de la Secretaría General de la Gobernación en la que se encontraba desde sus inicios, pasando a depender del Ministerio de Educación de la provincia, lo cual, en un contexto de creciente y continua restricción presupuestaria, redujo dramáticamente su capacidad de gestionar recursos genuinos y su consecuente eficacia. Esta circunstancia no sólo tensiona el espíritu de la ley que le dio origen relegando al organismo a administrar recursos históricamente insuficientes, sino que dificulta el sostenimiento de una política cultural consistente, de largo plazo y de puesta en valor de las producciones locales nacional e internacionalmente destacadas. Así pues, como es de público conocimiento, sus autoridades se vieron obligadas a asumir con márgenes de acción severamente limitados, más aún cuando, a partir de aquel año, el presupuesto asignado no hizo más que acelerar su sostenido decrecimiento.
Con las nuevas autoridades, se vienen cambios en el Ente CulturalAsí las cosas, frente al nuevo cambio de autoridades destaco que, tratándose de valores éticos aplicables a cualquier aspecto de la vida humana, en circunstancias como las mencionadas, “amor, respeto y trabajo en equipo”, en modo alguno constituyen un proyecto cultural alternativo ni superador, porque un cambio de autoridades en el Ente Cultural que no prevea la continuidad de proyectos o compromisos institucionales ni una evaluación diagnóstica de nuestra historia, de la calidad de nuestras producciones artísticas o de las demandas de nuestra comunidad, pero, sobre todo, que no contemple un presupuesto específico y acorde, no logrará eludir la secuencia de malas decisiones que construyen la cadena de fracasos en la que, debido a la ignorancia, la miopía y/o la impotencia, frecuentemente han caído las gestiones culturales de nuestra provincia.