Alexander Rivadeneira
Especial para LA GACETA
Hace unas semanas se presentó el último libro de Luciana García Barraza, “Malaluz”, por medio de la editorial Invikta. Esto conforma un nuevo acontecimiento para la literatura de nuestra provincia, no sólo por la reconocida trayectoria de la poeta, sino también por la consolidación del nuevo sello, dirigido por Nacho Jurao.
Dos secciones
En el libro nos encontramos ante dos secciones, la noche y el día: destripadoramente rayo-sabor de una luna muerta, respectivamente. Dicha división nos invita a extrapolarlas en un juego dicotómico, a la vez que las emparentamos.
Destripadoramente rayo. La primera sección es atravesada por la noche verde o morada o verdemorada, donde el cuerpo y la naturaleza son la configuración del mismo placer y dolor: para que sea de nosotros / acá el mundo / donde empezó a doler. Es la experiencia primera del amor. No se confunda aquí con lo que uno conoce del amor. La sección contiene un largo poema que se va dividiendo entre las páginas, lleno de savia y secreciones, de un vacío atacado, de la verdosamente sangre. Podemos encontrar una línea difusa entre lo bello y lo terrible, un poema lo condensa así: temo que la metáfora linde / con la violencia de un arma.
Es en esa misma línea que se desarrolla temporalmente la sección. En el comienzo de la noche, cuando no ha terminado de morir el día. La hora mágica, se dice en algunos lados. El momento en el que los dos mundos se tocan, según los japoneses.
De la misma manera, estamos ante el punto de transición de la boca del amor hacia el hueco del amor, todo confundido en el intersticio del presente, que también pudiera ser el pasado, o lo que nunca ha sucedido.
Luciana García Barraza: “Ningún poema es garantía de llegada”Sabor de una luna muerta. La segunda sección es la contraparte de la noche. El final es representado con el comienzo de la luz, casi un amanecer: la mañana abre los ojos tibios / la veo entrar, sangrienta, por la ventana.
El desarrollo de la sección nos sitúa en un pueblo de vacaciones, donde el destino de dos amantes ya late bajo sus palabras. Es el final anticipado, que se sabe sucederá. Mientras tanto, niños juegan en la costa, alguien busca llegar hasta la última boya como quien intenta estirar los límites, el sonido de las llaves del cuarto de la habitación.
En el día, los amantes son una sombra de lo que fueron en la noche. A diferencia de las típicas historias de desamor, ninguno es retratado como el malo, sino como animales heridos. Dice uno de los poemas: tu piel vestida tiritando / como un ciervo que llora / no el haber muerto / sino / el haber sobrevivido.
Contra el final anunciado, la voz de los poemas está decidida a conservar lo mejor del amor, que no es otra cosa sino el instante presente. Y mi silencio / como última defensa: / no diré nada / de anoche / tampoco / de esta tarde / salvo ahora / excepto ahora / que todavía / amo.