¿Las maternidades van a empezar a cerrar?. En los últimos días se conoció que el Sanatorio Finochietto, en la Ciudad de Buenos Aires, dejó de prestar servicios de obstetricia y neonatología. Según explicó la institución, la decisión responde a una readecuación del modelo asistencial frente a una menor demanda. El dato es concreto: nacen menos chicos.
Pero la baja de la natalidad evidentemente responde a múltiples factores. No se trata solamente de mujeres que postergan la maternidad para priorizar estudios o carreras laborales, ni únicamente de la falta de corresponsabilidad de muchos hombres en las tareas de cuidado. Tampoco de una ley sancionada. Los datos y distintas investigaciones muestran un fenómeno mucho más amplio, atravesado por cambios económicos, tecnológicos, vinculares y sociales. La forma en que vivimos cambió.
Hace algunos días, el Financial Times publicó un extenso análisis sobre la caída global de la natalidad y una hipótesis que rápidamente abrió el debate: el impacto de los celulares, internet móvil y las redes sociales sobre la forma en que las personas se vinculan, forman parejas y construyen proyectos familiares.
El planteo no apunta solamente a que las personas decidan tener menos hijos. Va más atrás. Sugiere que incluso están cambiando las formas de conocerse, de sostener relaciones y de compartir tiempo presencial.
El informe cita investigaciones realizadas en Estados Unidos y Reino Unido que analizaron la expansión de las redes 4G. Según esos trabajos, las tasas de natalidad comenzaron a caer antes y con mayor velocidad en las zonas que primero tuvieron acceso masivo a internet móvil de alta velocidad. La hipótesis no establece una relación automática entre celulares y menos nacimientos, pero sí propone que el ecosistema digital modificó hábitos cotidianos de manera profunda.
Menos encuentros presenciales. Menos tiempo compartido. Menos socialización cara a cara.
En Corea del Sur -uno de los países con menor tasa de natalidad del mundo-, la socialización presencial entre jóvenes adultos se redujo a la mitad en apenas dos décadas. En otros países también disminuyeron los matrimonios, las convivencias y la cantidad de personas que forman parejas estables.
La discusión excede la tecnología. Pero la tecnología aparece como un acelerador de cambios culturales y sociales que ya venían ocurriendo.
Hoy gran parte de la vida pasa por una pantalla. Se trabaja, se conversa, se consume entretenimiento y hasta se conocen personas desde el celular. Las redes sociales también modifican las expectativas sobre los vínculos, los cuerpos, el éxito y las formas de vida. Y en paralelo, la adultez parece extenderse: cada vez más personas postergan decisiones permanentes mientras intentan sostener rutinas atravesadas por la incertidumbre económica, la hiperconectividad y la sensación de agotamiento constante.
A eso se suma otro dato que atraviesa especialmente a Argentina: la dificultad para proyectar. El acceso a la vivienda, la precariedad laboral, los ingresos inestables y los cambios permanentes en la economía impactan sobre cualquier planificación de largo plazo, incluida la posibilidad de formar una familia.
Y después aparece otra pregunta, menos discutida pero igual de presente: ¿cómo se reparte la crianza?
Porque incluso en contextos donde las mujeres tienen mayor autonomía económica y capacidad de decisión, las tareas de cuidado siguen distribuyéndose de manera desigual. Entonces, antes de pensar en hijos, muchas personas hacen una cuenta concreta de tiempo, dinero, energía y redes de contención.
Por eso, quizás la caída de la natalidad no pueda explicarse desde una única decisión política o una sola transformación cultural. Los cambios demográficos suelen ser más complejos que las discusiones públicas que intentan resumirlos.
Y tal vez el cierre de una maternidad no hable únicamente de menos nacimientos. También hable de una sociedad que reorganizó su manera de vivir, de vincularse y de imaginar el futuro.