La derrota en Salta dejó algo más preocupante que la pérdida de tres puntos o el final de la breve racha positiva. San Martín no perdió solamente por un imponderable del destino o por una jugada aislada en el tramo final del duelo con Gimnasia y Tiro; perdió porque, cuando el libreto original de Andrés Yllana sufre bajas forzadas, el equipo no encuentra respuestas equivalentes en el banco de relevos. La cruda realidad de la Primera Nacional le demostró al “Santo” que una planilla con muchos nombres no es lo mismo que un plantel con recambio.
El primer síntoma de alarma apareció en la formación inicial. Las ausencias obligadas de Lucas Diarte y Jorge Juárez trastocaron por completo la fisonomía de las bandas. En lugar de sostener la ambición que el contexto exigía (se jugaba contra uno de los últimos de la tabla, que no ganaba hacía 10 partidos), el cuerpo técnico optó por un exceso de precaución. El “Santo” salió a la cancha sin tocar el dibujo, pero con dos carrileros de corte netamente defensivo y lineal, como Elías López por la derecha y Nahuel Gallardo por la izquierda.
El resultado de esa elección fue un equipo maniatado por su propio diseño. Sin la proyección constante de Diarte ni el despliegue mixto y la visión periférica de Juárez, las bandas se transformaron en callejones desiertos. Los de Ciudadela resignaron toda sorpresa y profundidad, convirtiéndose en un conjunto previsible que facilitó la tarea de un rival herido que solo necesitaba orden para neutralizar el peligro. Jugar con el freno de mano puesto ante el colista del torneo terminó siendo el pecado original de una tarde-noche para el olvido.
Los “indispensables”
Es aquí donde el análisis debe profundizar en una verdad incómoda: San Martín tiene piezas que, hoy por hoy, resultan sencillamente irremplazables dentro del esquema actual, fundamentalmente porque las características de sus relevos son diametralmente opuestas. Tanto Gallardo como López son laterales de corte clásico, con nula proyección. Al sostener el 3-4-3 utilizando nombres sin vocación ofensiva por las bandas, la estructura muta de manera automática y destructiva en un 5-2-3, un planteamiento híbrido que carece de sentido táctico, que amontona gente atrás y vacía de ideas el mediocampo.
Más adelante, la ausencia de Alan Cisnero en su plenitud desnudó las limitaciones de sus teóricos reemplazos. El juvenil le aporta al equipo una dosis de desfachatez, verticalidad y decisión en el uno contra uno que escasea en el fútbol actual. Ayer, cuando la historia demandaba que alguien tomara esa posta, la aparición de Benjamín Borasi dejó un vacío enorme. El ex Sarmiento se mostró absolutamente falto de la determinación y la rebeldía necesaria para romper el molde.
Es cierto que la propuesta ofensiva del “Santo” suele recaer en exceso en los arrestos individuales; la diferencia radica en que, con Cisnero en cancha, esa rebeldía por el camino propio suele dar dividendos y lastimar al rival. Con Borasi, en cambio, esos intentos personales se vuelven predecibles, endebles y terminan diluyéndose en la intrascendencia.
La diferencia entre tener opciones y tener soluciones reales quedó expuesta en el segundo tiempo. Los cambios no solo no mejoraron al equipo, sino que profundizaron su confusión táctica.
El desierto del círculo
Sin embargo, el dolor de cabeza más fuerte para Yllana se ubica en el eje de la mitad de la cancha. La grave lesión ligamentaria de Kevin López alteró por completo los planes para la temporada y dejó al descubierto la escasez de organizadores en el plantel. Con López fuera de combate, Nicolás Castro quedó como el único “5 de juego” natural capaz de otorgarle una salida limpia al equipo.
El problema surge cuando Castro necesita un socio o un relevo. El regreso de Santiago Briñone a la titularidad para ocupar ese rol volvió a confirmar lo que el termómetro de las tribunas y los partidos previos ya venían anunciando: la gestación no es, ni por asomo, su fuerte. Briñone padece el partido cuando se le exige ser la manija o el conector entre la defensa y los delanteros.
Su tendencia a la entrega imprecisa y su falta de cambio de ritmo terminan ralentizando cada avance. Ante la falta de un volante mixto que rompa por adentro y ordene las transiciones, Diego Diellos quedó totalmente aislado: poco y mal abastecido durante toda la tarde, el “9” terminó condenado a un desgaste físico estéril con los centrales salteños simplemente porque la pelota jamás le llegó limpia. Con ese panorama, la elaboración de San Martín se redujo a la nada misma.
Un llamado a la acción
Para un club con la exigencia de San Martín, donde el único objetivo válido es el ascenso, la derrota en Salta debe funcionar como una radiografía oportuna. El torneo es largo, extenuante y cruel con los equipos que se quedan cortos de variantes.
Yllana se enfrenta ahora al desafío de reinventar el funcionamiento del equipo sin depender exclusivamente de sus nombres predilectos. La lógica indica que si no se cuenta con las piezas adecuadas para ejecutar una idea, lo más sensato es cambiar el tablero. El entrenador se cansó de rotar dibujos tácticos a lo largo de todo el certamen; por eso resulta incomprensible que justo en Salta, diezmado y sin los intérpretes idóneos, decidiera casarse de manera dogmática con el 3-4-3. Si la rotación implica resignar la ambición y transformar a un candidato en un conjunto timorato que especula contra los rivales del fondo, el camino hacia el objetivo final se volverá cuesta arriba.
En poco tiempo se abrirá una nueva ventana en el mercado de pases, una instancia clave donde la dirigencia y el cuerpo técnico deberán afinar el ojo de manera urgente. El plantel necesita incorporar certezas para suplir estas falencias crónicas, porque comienza a quedar demostrado que la manta es demasiado corta para tapar los baches con lo que hay en casa.
En el “Gigante del Norte” quedó claro: para pelear arriba, no alcanza con acumular futbolistas en la lista de buena fe; se necesitan certezas que el banco, al menos por ahora, no está sabiendo devolver.