Durante la niñez tenemos la sensación de que la vida es eterna, o casi. A medida de que crecemos los tiempos parecen acortarse, al punto que repetimos que cuánto más adultos somos, los días, los meses y los años transcurren más rápido. Vamos perdiendo seres queridos y personas conocidas y esto nos genera un baño de realidad, de mayor conciencia de finitud, de que el último día está más cerca de lo que suponemos. “Cuando te hacés viejo, como yo, empezás a leer los avisos fúnebres del diario porque siempre encontrás algún nombre que conocés y te das cuenta de que cada vez van quedando menos de tu generación”, sostenía José Quirós, un empresario asiduo escritor de cartas de lectores, fallecido en 2015.

Pensado en años, el tiempo de vida resulta bastante intangible y ante la pregunta ¿cuánto tiempo viviré?, la respuesta es incierta.

Pero si trasladamos la edad posible alcanzable a meses o semanas los números son tan efímeros que impactan. “A la larga, estamos todos muertos. La esperanza de vida humana promedio es absurdamente, terriblemente e insultantemente corta... Suponiendo que vivas hasta los 80 años, habrás tenido unas 4.000 semanas”, planteó el periodista y escritor inglés, Oliver Burkeman, autor del libro súper vendido Cuatro mil semanas: Gestión del tiempo para mortales.

Gestión del tiempo para mortales: qué hacemos con la vida que tenemos

El autor, nacido en Liverpool como Los Beatles, pateó el tablero en 2021 cuando repensó la forma en que medimos la edad y razonó: “La mayoría de los consejos sobre gestión de tiempo fomentan la idea de que un día podremos “hacerlo todo” y convertirnos en los dueños de nuestro tiempo, totalmente optimizados y emocionalmente invencibles. Nada hay más falso que eso”.

En base a pensamientos de filósofos, psicólogos y maestros espirituales antiguos y contemporáneos, desde Martin Heidegger hasta el budismo Zen, Burkeman plantea una guía para construir una vida con sentido, con objetivos alcanzables y una apuesta por todo aquello que realmente vale la pena ser vivido.

La esperanza de vida en la Argentina es de 77 años en promedio; 80 para las mujeres y 75 para los hombres. Esta brecha a favor de las féminas se acortó dos años desde 1975, cuando era de siete años.

En el país

La expectativa en este país es más alta que el promedio mundial (73,5) y tiene cifras algo más bajas en el norte argentino (Chaco, Formosa y Santiago están en el fondo de la tabla) y más altas en el centro del país y norte de la Patagonia (Neuquén, Río Negro, Mendoza y Córdoba lideran el ránking).

Sin embargo, estas edades representan la “esperanza de vida al nacer”, pero la realidad es que hoy apenas el 12% de los argentinos tiene más de 65 años, es decir que el 78% vivió menos de 780 meses o 3.380 semanas y no llegó a conocer la jubilación.

Una persona de 40 años, apurada por que termine el mes para cobrar su salario o por que pasen rápido los meses para salir de vacaciones, ya ha “quemado” 480 meses de su vida, 2.000 semanas, y le queda esa misma y exigua cantidad de meses y semanas de existencia, suponiendo que goce de la minoritaria gran suerte de llegar a los 80 años. Si no tiene tanta fortuna, como la inmensa mayoría, a ese hombre o mujer de 40 años le quedan como máximo unos 300 meses o 1.300 semanas de vida.

¿Chips en el cerebro y vida eterna? La utopía transhumanista golpea tu puerta

Nacemos endeudados de tiempo. Cuando un ser humano ve la luz del día por primera vez ya se “gastó” nueve meses. Y decimos “gastar” porque hasta el hartazgo se repite que “el tiempo es oro”, una de las mayores falacias de la historia, ya que el tiempo es infinitamente más valioso que ese metal precioso: es limitado, escaso, irrecuperable, irrepetible y muchas veces ignorado o subestimado. La estupidez humana ha puesto al oro por encima o al mismo nivel que las horas en que late nuestro corazón. Se podría afirmar que es sólo una metáfora, pero como el verbo, las palabras se terminan haciendo carne.

“Si bien la planificación es esencial para una vida plena, el futuro es impredecible e incontrolable; al no exigir la certeza de que las cosas saldrán según lo planeado, uno puede empezar a liberarse de la ansiedad”, afirma Burkeman, mientras alienta a aceptar “la alegría de perderse algo”: “El emocionante reconocimiento de que si no tuvieras que decidir qué perderte, tus elecciones no podrían significarlo todo”.

Números

En un universo atravesado por las matemáticas, los números hablan por sí mismos. Sin matemáticas no habría viajes a la Luna, ni energía eléctrica, ni tecnología, ni barcos, aviones o autos. No existiría casi nada de lo que inventamos y tampoco comprenderíamos muchas de las cosas o sucesos que no inventamos.

Una persona de 30 años, que se considera joven, ya se gastó 1.560 semanas o 360 meses; y un adulto de 50 años dejó atrás y para siempre 600 meses, unas 2.600 semanas.

Suele decirse que en un mundo gobernado por la actividad constante y las prisas, la paciencia es una virtud. Burkeman también analiza cómo la vida de las personas se ha vuelto cada vez más descoordinada, lo que resulta en una interacción social menos significativa y aconseja priorizar las actividades en el mundo físico sobre el digital, así como dedicar más tiempo a la familia, los amigos y la comunidad.

Por último, el autor inglés defiende lo que él llama terapia de la insignificancia cósmica. “Lo que hacés con tu vida no importa demasiado, y en lo que respecta a cómo usas tu tiempo finito, al universo le da completamente igual. En lugar de exigirse estándares poco razonables de una vida “bien empleada”, al abrazar la “insignificancia cósmica” puedes dedicar tu tiempo limitado a concentrarte en unas pocas cosas que te importan, en sí mismas, ahora mismo, en este momento”.