Lifestyle, por Fernanda Bringas (muy_fer_) Producción general y Sol García Hamilton (solchugh) - Producción periodística.

Mientras Francia atravesaba una de las épocas más desiguales de su historia, María Antonieta construía su propia fantasía pastoral dentro del palacio más extravagante de Europa. Lejos de los salones recargados, de las pelucas empolvadas y de las ceremonias infinitas de la corte, la reina encontraba refugio en un pequeño universo artificial donde podía jugar a ser otra persona: una mujer simple rodeada de naturaleza.

Más de dos siglos después, esa escena resulta extrañamente familiar.

En TikTok, Pinterest e Instagram, millones de personas romantizan una vida más lenta. El fenómeno tiene nombre: cottagecore. Una estética que idealiza la vida rural y las pequeñas tareas domésticas como el jardín, la cocina casera, la cerámica, las flores, las recetas heredadas, los manteles de lino y, especialmente, las tardes lejos de las pantallas. Más que una tendencia, construye una idea de vida atravesada por la calma, la naturaleza y la lentitud.

Porque cuando el mundo se vuelve demasiado ruidoso, rápido o excesivo, aparece la fantasía de escapar hacia algo más simple.

A fines del siglo XVIII, la reina mandó construir el Hameau de la Reine, una pequeña aldea artificial dentro de los jardines del Palace of Versailles. El lugar estaba compuesto por cottages, molinos, un lago, animales y huertas cuidadosamente diseñadas para parecer naturales. Allí se alejaba del rígido protocolo de la corte y pasaba tiempo usando vestidos inspirados en la ropa rural, mucho más livianos y simples que las estructuras sofocantes de la aristocracia francesa.

Rodeada de jardines y vestida con prendas inspiradas en la ropa rural, María Antonieta encontraba un espacio que funcionaba como un refugio privado. La reina invitaba allí a sus amigas más cercanas, caminaba entre huertas y jardines, escuchaba música y pasaba horas “desconectada”. La vida pastoril se convirtió en una experiencia: leche recién ordeñada, huevos de gallinero, canastas con flores, mesas simples y tardes enteras dedicadas al ocio y la naturaleza.

Pero el Hameau no intentaba reproducir la vida campesina real, sino una versión idealizada de ella. Un espacio silencioso, ordenado y estéticamente perfecto. Incluso los animales eran seleccionados por su apariencia. Las vacas, ovejas y gallinas debían verse limpias y agradables, más cercanas a una pintura pastoral que a la dureza del trabajo rural francés de la época.

La paradoja era evidente incluso entonces. Aquella “vida simple” estaba construida dentro del palacio más extravagante de Europa. El campo y la naturaleza existían como escenario.

No deja de ser significativo que esta fantasía pastoral apareciera precisamente en los últimos años del Antiguo Régimen, mientras Francia atravesaba una crisis social y económica que terminaría desembocando en la Revolución Francesa. El deseo de escapar hacia una vida aparentemente más simple nacía, paradójicamente, en el corazón mismo del exceso.

Esa parte de la historia aparece brevemente en “Marie Antoinette", la película de Sofía Coppola protagonizada por Kirsten Dunst. Aunque el film retrata mucho más que eso —la soledad y el desconcierto de una adolescente convertida en reina—, logra mostrar muy bien esa contradicción de la reina de los excesos, fascinada, de pronto, por una idea construida de la naturaleza. Las escenas del Hameau condensan algo contemporáneo: la fantasía de escapar del ruido y construir una vida aparentemente más simple.

Pero quizás eso sea precisamente lo interesante del cottagecore actual. La mayoría de las personas que sueñan con una casa rodeada de lavandas probablemente no quieran abandonar del todo la ciudad, el wifi ni el café de especialidad. Lo que buscan no es la ruralidad real —con su dureza, aislamiento y trabajo físico— sino la sensación emocional que asocian con ella.

La fantasía funciona como respuesta a otra cosa. En cierto sentido, el deseo de la vida simple suele aparecer entre quienes más saturados están por el exceso. 

Tal vez por eso tantas tendencias giran alrededor de actividades lentas y manuales. El filósofo surcoreano Byung-Chul Han, conocido por sus análisis sobre el agotamiento contemporáneo y la hiperproductividad, escribió en La sociedad del cansancio que “la sociedad del siglo XXI ya no es disciplinaria, sino una sociedad del rendimiento”. En otras palabras, vivimos bajo la presión constante de hacer, producir y optimizarnos todo el tiempo.

Por eso, hacer pan de masa madre, aprender cerámica, cultivar hierbas o bordar hoy funcionan casi como pequeños actos de resistencia frente a una rutina dominada por la inmediatez. Y mientras hace algunos años la fantasía doméstica pasaba por tener una pequeña huerta, hoy incluso empiezan a multiplicarse quienes sueñan con criar gallinas y recolectar sus propios huevos frescos cada mañana.

Además, muchas de estas actividades tienen algo en común: obligan a usar las manos en un mundo donde casi todo sucede detrás de una pantalla. Y también recuperan una relación con el tiempo que parecía perdida. Una masa madre necesita espera. Las plantas crecen lento. La cerámica obliga a aceptar el error y la imperfección.

Estos hobbies no producen solamente objetos, sino que generan una sensación cada vez más escasa. La de estar completamente presentes en una sola cosa. Porque el lujo actual ya no parece estar solamente ligado al consumo, sino también a la posibilidad de desconectarse y recuperar tiempo propio.

Como sucede hoy en redes sociales, aquella vida pastoril también era una puesta en escena. Nada en esa aldea era realmente improvisado. La autenticidad, incluso entonces, tenía dirección artística.

En cierto sentido, el Hameau anticipaba muchas de las imágenes que hoy dominan Pinterest e Instagram: escenas construidas para transmitir una sensación de vida tranquila.

Y esto, en realidad, más que hablarnos del campo, nos habla del agotamiento. De personas que viven rodeadas de notificaciones soñando con cocinar algo desde cero o leer junto a una ventana abierta.

Como María Antonieta en su aldea artificial, seguimos construyendo pequeños escenarios donde el mundo parece ir más lento. Aunque apenas salgamos de ahí, todo volverá a avanzar demasiado rápido.