Después de la foto histórica de Diego Maradona jugando con la Copa del Mundo en México 1986, pasó demasiado tiempo hasta que pudimos ver a Lionel Messi y compañía festejar un título Mundial en Qatar 2022. Durante décadas, la selección argentina convivió con una obsesión.

Cada Mundial aparecía atravesado por la misma pregunta sobre cuándo volvería a ser campeón. La mochila pesaba sobre todos; sobre los jugadores, sobre los entrenadores y, en los últimos años, sobre Messi.

Pero el fútbol tiene esas paradojas que cambian el eje de una historia de un día para el otro. Después de Qatar 2022 la ansiedad terminó; sin embargo apareció algo distinto, algo que, incluso, es todavía más complejo: defender la gloria obtenida.

Porque Argentina llegará al Mundial 2026 desde un lugar desconocido para las últimas generaciones. Ya no perseguirá el sueño de volver a la cima, sino que por el contrario intentará sostenerse en ella. Y la historia, siempre demuestra que ese desafío suele ser mucho más difícil.

Los números lo explican mejor que cualquier discurso. Desde que existe la Copa del Mundo, apenas dos selecciones lograron defender el título. Italia (fue campeona en 1934 y 1938) y Brasil (1958 y 1962); nadie más pudo lograr repetir.

Ni la Brasil de Pelé en 1966, ni la Alemania dominante de los 70, ni la Argentina de Maradona en Italia ’90, ni la España que parecía invencible entre 2008 y 2012 y ni siquiera la Francia de Kylian Mbappé pudo sostener la corona en Qatar, aunque estuvo a minutos de conseguirlo.

El campeón cambia de lugar inmediatamente después de que se calza la corona. Ya no sorprende porque comienza a ser estudiado; además no juega con el impulso del deseo, sino que arrastra el peso de la obligación. Todos quieren ganarle, todos preparan un partido especial y, sobre todo, también lo usan como referencia. Justo ahí empieza el verdadero desgaste.

Porque defender un título no es meramente una cuestión táctica o futbolística sino que también es emocional. El hambre y la tensión cambian. Antes del Mundial de Qatar, Argentina jugaba con la desesperación acumulada de 36 años sin levantar la Copa. En cambio ahora convivirá con la presión de demostrar que lo conseguido no fue una explosión aislada, sino el inicio de una era.

Y el contexto actual vuelve el panorama todavía más complejo. El calendario europeo empuja a los futbolistas al límite físico, las temporadas son cada vez más largas y los tiempos de recuperación prácticamente no existen; y para colmo de males las lesiones ya dejaron señales de alarma mucho antes del comienzo del torneo. Llegar sano a un Mundial empieza a parecer algo tan importante como llegar jugando bien. Y ahí aparece uno de los grandes méritos del ciclo de Lionel Scaloni.

La Scaloneta llega con la idea sólida y el hambre intacto

El DT logró mantener competitiva a la Selección incluso después de tocar el techo máximo, algo que en la historia argentina casi nunca ocurrió. Generalmente, después de los grandes golpes emocionales llegaron las crisis, las peleas internas e incluso los finales de ciclo. César Menotti se fue tras el fracaso en España 1982, cuando la Selección había llegado campeona, y con Maradona y Ramón Díaz como “refuerzos” notables. En 1990, Argentina fue más ímpetu y corazón; y así logró llegar a una nueva final, que terminó perdiendo con Alemania.

En cambio esta vez la “Scaloneta” siguió ganando, compitiendo y transmitiendo la sensación de ser un equipo sólido incluso después de conquistar todo.

También cambió el lugar de Messi. Durante años fue perseguido por una deuda histórica que no le pertenecía sólo a él, pero Qatar lo liberó de eso. Hoy su relación con la Selección parece distinta; más liviana, más emocional y menos obsesiva. Ya no necesita demostrar nada y quizás esa sea una de las mayores fortalezas argentinas rumbo a la máxima cita.

Pero aun así, la historia sigue ahí, esperando. Porque los Mundiales suelen ser crueles con los campeones. Italia quedó eliminada en fase de grupos en Sudáfrica 2010, y España y Alemania repitieron ese derrumbe en Brasil 2014 y Rusia 2018, respectivamente. El fútbol moderno consume rápido incluso a los mejores. Lo que un año parece invencible, cuatro años después muchas veces llega agotado.

Por eso el desafío de Argentina excede el resultado final. No se tratará únicamente de volver a levantar la Copa; el verdadero examen será demostrar que todavía conserva el hambre, la rebeldía y la competitividad que la llevaron hasta la cima. Porque está claro que conquistar la gloria es extraordinario, pero defenderla es lo que separa a los campeones históricos de los simplemente inolvidables.