El cuerpo habla. La frase es uno de los paradigmas de la medicina forense. Los peritos saben que pueden encontrar pistas que le permitan a la Justicia identificar a un homicida. El cuerpo habla. La historia criminal tiene miles de casos impunes. Pero no hay crimen perfecto. Hay investigaciones imperfectas. El cuerpo habla. Los profesionales saben dónde buscar. Y la ciencia ayuda siempre. No hay nada peor que condenar a un inocente, excepto no descubrir al culpable. El cuerpo habla. Y el cuerpo de Paulina Lebbos habló, Y habló desde el primer momento. El cuerpo de Paulina tenía una prueba fundamental que podría al menos haber dado indicios que permitieran descubrir al culpable. Paulina, mientras la mataban, mientras el asesino apretaba su garganta, hizo un movimiento de defensa y luego cerró su mano. Así murió. Pero en la palma dejó algo que gritaba a los cuatro vientos: el nombre del asesino. El cuerpo de Paulina habló. No importaba si después la corrupción, la desidia o las ganas de congraciarse con sus superiores hizo que un cuerpo policial actuara de manera desastrosa. Paulina tenía en su mano una prueba evidente. Y nadie hizo nada para que la prueba se convirtiera en certeza. Nadie profundizó una pista que estaba a la vista de todos. En la madrugada del 26 de febrero de 2006 Paulina luchó por su vida. Mientras sentía las manos del asesino sobre su cuello intentó sacarse de encima al asesino. Y en ese momento desesperado, tal vez con sus últimas fuerzas, le arrancó tres cabellos. Uno quedó en su mano, y otros dos en el cuerpo. Paulina gritó después de muerta “él es el que me mató”. Pero hoy ya no sirve de nada. Tal vez se pueda saber la verdad. Tal vez en algún momento la Justicia pueda anunciar el nombre de quien fue el homicida, pero no habrá castigo. El delito está prescripto y ya no se podrá juzgar. Impune. Así se cerró la causa.
César Soto no se inmutó cuando Nazareth Rodríguez Ponce de León, la secretaria de la Sala III de la Cámara Penal leyó el veredicto al que habían llegado los jueces Gustavo Romagnoli, Fabián Fradejas y Luis Morales Lezica. Los tres habían estado al frente de las 16 audiencias que se sucedieron desde el 9 de marzo. Vieron y escucharon a 41 testigos. Preguntaron e intentaron sacarse las dudas. Y fueron testigos de los alegatos en los que el fiscal Carlos Sale pidió que Soto sea condenado a prisión perpetua por el crimen de Paulina, y que al mismo tiempo desistió de la acusación contra Sergio Kaleñuk, y en el que el defensor Roque Araujo pidió que su representado Soto fuera absuelto, lo mismo que hizo Patricio Char con el hijo de Alberto Kaleñuk, ex secretario privado de José Alperovich. Y los tres jueces llegaron al veredicto de manera unánime. Ellos no tuvieron dudas. Y, justamente, no absolvieron por la duda. Absolvieron por falta de pruebas. No había ni una evidencia que demostrara, como había sostenido el fiscal, que Soto había matado a Paulina, ni que Kaleñuk había colaborado para deshacerse del cuerpo. Ni una.
Paulina era estudiante de Ciencias de la Comunicación. Cursaba la carrera en la facultad de Filosofía y Letras. Vivía en Alderetes con su madre y sus hermanas. Había sido mamá. Y estaba en pareja con Soto a quien, según su propia familia, quería rescatar de las adicciones. El último día que la vieron con vida había salido a bailar con amigos y compañeros de la facultad en un boliche del Abasto que, en esa época, congregaba toda la movida juvenil. Cuando salió del local se subió a un remise con su compañera Virginia Mercado, quien vivía en calle La Rioja al 400, hacia donde se dirigieron. Mercado, cuando bajó en su departamento la vio seguir viaje en ese auto, un Fiat Duna, o uno similar, color bordó. Nada más se supo de ella. Pero sí había una certeza: ella le había dicho tanto a Mercado como a su propia familia que iba a pasar la noche en el departamento de Soto, en calle Estados Unidos al 1.200, detrás del parque 9 de Julio. A partir de ese momento se ingresa en el terreno de las conjeturas.
César Soto llegó a juicio 20 años después del crimen. Lo mismo para Kaleñuk. En 2019, cuando el tribunal integrado por los jueces Rafael Macorito, Dante Ibáñez y Carlos Caramutti, condenó al ex secretario de Seguridad Eduardo Di Lella, al jefe y al subjefe de Policía, Hugo Sánchez y Nicolás Barrera y al jefe de la Regional Norte, Rubén Brito, ordenó además que se investigue a 40 personas por distintos delitos, entre ellos a la ex pareja de Paulina y al hijo del ex secretario privado de Alperovich. En febrero de 2021, a días de que la causa prescribiera, y con evidentes apuros, ambos fueron imputados: uno por homicidio agravado y el otro por encubrimiento agravado. Era la única manera de sostener una acusación antes de que la causa se cayera para siempre. Pero ayer, luego de escucharse la parte resolutiva de la sentencia, el juez Fradejas tomó la palabra y fue contundente: desde 2021 momento hasta mayo de 2026 no se obtuvo una sola prueba que incriminara a los acusados. “Así no se puede acusar. Había indicios, según el fiscal, pero eso no es suficiente para una condena”, aseveró. Fradejas habló durante una hora. Los jueces, en su nombre, dieron las explicaciones que la familia de Paulina, la de los imputados y toda la sociedad merecen. Fradejas criticó con dureza a Sale. El juez comenzó diciendo que las pruebas contra Soto y Kaleñuk fueron las mismas que se utilizaron durante el juicio en el que se condenó a Di Lella y los policías, y en el que se absolvió a Roberto Luis Gómez, quien había sido acusado como supuesto partícipe secundario de la privación ilegítima de la libertad seguida de muerte. Según Fradejas, es la primera vez que ven que un mismo expediente es utilizado en dos juicios distintos. Y dio un detalle que, aunque conocido, llamó la atención: quién debía haber llevado adelante la acusación en este juicio era el recientemente fallecido fiscal Daniel Marranzino quien, al no estar de acuerdo con el requerimiento realizado por Sale le dijo que fuera él el que estuviera en el debate ya que a su modo de ver, no había pruebas para sostener la teoría del caso. Por eso Sale terminó como fiscal de Cámara en este caso. “Nunca vi que no se ofreciera ni una sola prueba, en este caso sobre Soto, para tratar de probar que él fue el autor del hecho”, remarcó el juez en su larga alocución. Y profundizó: “La investigación brilla por su ausencia en este proceso”. Y allí desmontó una de las hipótesis que se había bajarado: que Kaleñuk ayudó a Soto a arrojar el cadáver a la vera de la ruta 341 en Tapia. “Aquí se nos había dicho que Soto llamó a Kaleñuk, no se sabe cómo ya que no hay cruces telefónicos, y livianamente le dijo que había matado a su pareja y que necesitaba que él lo ayude a sacar el cuerpo y Kaleñuk le dijo que sí sin problemas”, remarcó Fradejas. Realmente inviable. Y luego amplió sobre Soto y la acusación del fiscal por homicidio agravado. “No se produjo ni una prueba en contra de él. No hay nada. No se hizo una reconstrucción, no se hizo una inspección en el departamento, no se sabe qué pasó con su ropa. Se habla de violencia, pero no hay ningún testigo de esto, son todos dichos de dichos. Para el fiscal son indicios, pero como pruebas no son suficientes para una condena”, dijo. Y luego habló de los tan mentados encubrimientos: según Fradejas, incluso la primera anomalía del caso, la falsedad del acta en la cual los policías aseguraron que habían sido ellos los que habían hallado el cuerpo y no los hermanos Sergio y Marcelo Goitea, tampoco significaba un encubrimiento. “¿Encubrir a quién?”, se preguntó el juez.
Luego, Fradejas se adentró en una hipótesis a las que los investigadores no parecen haberle encontrado asidero durante 20 años. Los pelos que Paulina tenía en el cuerpo, sobre todo el de la mano. Y aseveró que ese cabello había sido arrancado al homicida en un intento por defenderse, “y que extrañamente coincide con una persona que había sido sospechada en algún momento”. Es decir que, en primera instancia, el cabello tenía coincidencias con al menos uno de todos los hombres que fueron sospechosos en el caso. Pero… A lo largo de este juicio, e incluso en el marco de la investigación, se supo que Paulina era acosada sexualmente. Se lo contó ella misma a Mercado, y se lo contó a su propia madre, Rosa, según ambas mujeres relataron. Y las sospechas de esas agresiones recaían sobre dos vecinos de Soto. Más precisamente de su compadre, Jorge Jiménez, condenado por falso testimonio en esta causa tras un juicio abreviado, y su padre, Juan Pedro Jiménez, quien en este mismo juicio admitió que él llamaba a Paulina para invitarla a salir. “Yo soy un hombre y ella era una mujer, ¿qué tiene de malo eso”, dijo durante una de las audiencias. Hay varias llamadas probadas entre Juan Pedro y el celular de Paulina. Este hombre manejaba un camión para un frigorífico. Incluso el mismo Alberto Lebbos, a los pocos días de la desaparición y antes de que se encontrara el cuerpo, afirmó ante la Policía que le habían dicho que Jorge Jiménez acosaba a su hija. “El primer sospechado es Jiménez y el grupo de los Jiménez, está comprobado que la acosaban. El compadre de Soto, que después mágicamente nunca tuvo relación con Soto, el padre del compadre de Soto, que manejaba un camión y que la llamaba a Paulina, el hermano de Jiménez, que tenía un remise rojo y que en uno de los informes socioambientales dice que Paulina podría haber tenido un vínculo sentimental con esta persona y que se asemejaba al identikit que hizo Mercado. ¿Nadie vio esto?”, dijo Fradejas. “Hemos visto más de un indicio que apunta a ese lado”, remarcó. Pero nunca se investigó esta pista. Ni tampoco los dichos de Jorge Daniel Ale, el amigo del hermano de Paulina, Francisco, quien aseguró que vio a Paulina con vida, caminando ese 26 de febrero, en cercanías de su casa. Nada se profundizó de este episodio. Y hoy, además, las muestras biológicas están degradadas o contaminadas. Ya no se pueden hacer nuevos exámenes de ADN. La desidia absoluta.
Por todo esto, además de la absolución de los acusados, los jueces decidieron reenviar el expediente a una fiscalía de instrucción. Y aclararon que lo hicieron para que se intente llegar a la verdad de lo sucedido. A que se conozca el nombre del autor. “Condenar a dos personas sin ningún tipo de prueba no es un acto de justicia”, le dijo Fradejas al padre de la víctima.
Así se cerró el cuarto juicio realizado en el marco de la investigación por la muerte de Paulina. Tal vez el más importante de todos porque se buscaba identificar nada menos que a quien la había matado. Pero el resultado fue triste e indignante a la vez. Triste porque la causa quedará en la nada, con una muerte irresoluta y el dolor de una familia acrecentado. E indignante porque en 20 años, la Policía y la Justicia, con honrosas excepciones, hicieron todo lo posible para que se llegue a esto. Ya no habrá condena para el autor del crimen de Paulina. Y eso que ella tenía la identidad de quien la atacó encerrada en la palma de su mano.