Somos nuestra memoria,

somos ese quimérico museo de formas inconstantes

ese montón de espejos rotos.

Jorge Luis Borges, 1969

“Alberdi en el espejo” (guion y dirección de Fabián Soberón, 2025), no es una película sobre Juan Bautista Alberdi, mucho menos un film histórico sobre un período de nuestra historia. “Alberdi en el espejo” es puro arte de ficción, una modulación de la estética del extrañamiento, dirigida a desbaratar tanto la figura acabada del prócer como al relato lineal y homogéneo de un pasado sin contradicciones.

De allí la incomodidad que genera en la recepción, el desasosiego de un goce barthesiano que nos impele a rearmar los retazos dispersos, inconexos, de una textualidad que se resiste a la transparencia y nos desorienta.

En lo formal, la película es un díptico que escinde dos historias que se enfrentan, dialogan y se complementan a través de la línea divisoria de un espejo: la vida de un joven titiritero contemporáneo y diferentes episodios – sin una lógica que los conecte- de la biografía de Alberdi. Los pantallazos del siglo XIX son presentados a través de un escenario oscuro, teatral, en el que se pasean espectros del pasado en un plano onírico, como si fueran cuadros decimonónicos. Alberdi es el personaje central en ese museo: un niño que juega con Belgrano en su Tucumán natal, con Mariquita Sánchez de Thompson y Esteban Echeverría en el Salón del 37´, jugando con la divisa punzó como significante de un régimen, interpelando a Bartolomé Mitre en un cuarto de hotel, atribulado en un prostíbulo de París, seducido por un retrato que le devuelve la figura de Rosseau en un salón de Suiza, su diálogo en Londres con el Rosas del exilio , su viaje en barco a Europa…

En la contracara, y en el presente cotidiano de Tucumán, Mario, titiritero callejero, se mira en el espejo que le devuelve la imagen de un personaje libresco hasta transmutarse -poenianamente- en la figura de Alberdi. Paulatinamente, el protagonista va desprendiéndose de la materialidad corporal que enferma, desrealizándose, para mimetizarse con el modelo. El sueño funciona también como un espejo, en el que el personaje revive en carne propia el abuso de Alberdi por parte del poder dictatorial. El sueño funde y confunde figura y reflejo difuminando fronteras identitarias y temporales; como en el epígrafe del filósofo chino Chuang Tzu que abre la película, la mariposa no sabe si sueña o es soñada.

No es casual la elección de la figura de Alberdi para ilustrar la imposibilidad de una identidad sin fisuras. La diversidad muchas veces contradictoria de sus facetas nos habla también de las derivas del sentido, de las dificultades de una heroicidad que se resiste al encasillamiento. La película elige su música como estrategia de abordaje, corriéndose de la centralidad del discurso político del hombre de ideas.

No hay intención de mensaje en la película de Fabián Soberón. No obstante, este collage enfrenta y visibiliza dos herejías: la de interpretar el ideario de un hombre desgajado de su contexto y la utilización de su palabra en las disputas de la “batalla cultural”, lo que constituye un recorte reductor y distorsionado, una interesada “selección de la tradición”, al decir de Raymond Williams.

El verdadero antídoto –y en tal sentido creo que la película de Soberón opera como disparador- es la lectura curiosa, crítica y responsable de la obra alberdiana.

Para finalizar, y más allá de la dimensión estética de la propuesta, siento que es ineludible reivindicar -en los tiempos que vive nuestro país- un trabajo local y en equipo, con destacadas actuaciones (Mario Ramírez, Camila Caram y Facundo Nanni en los roles principales), exquisita música (Pablo Santi), fotografía de alto nivel (Nuria Lares) y una apuesta a seguir haciendo cine con el apoyo de una comunidad de afectos. Leo en ese desafío un verdadero acto de resistencia.

© LA GACETA

María Marta Luján – Doctora en Letras, ex directora del Departamento de Comunicación de la UNT.