Las despedidas suelen tener una carga emocional que redefine todo lo anterior. Lo que podría haber terminado como un grito de desahogo y un abrazo de consuelo en el adiós al primer semestre, acabó consumido por una mezcla de gritos, abucheos, insultos y una oleada de críticas que no perdonó a nadie. El empate 1-1 entre Atlético Tucumán y Banfield no sólo repartió puntos: desató nuevamente un malestar visceral en el hincha “decano”, que vivió un domingo a años luz de aquellas noches de fiesta y mística que solían blindar al Monumental.
Y eso que las tribunas habían entendido, desde mucho antes del pitazo inicial, que se trataba de una oportunidad especial. Los minutos previos al encuentro se vivieron bajo un consenso común, tan implícito como silencioso: el de otorgar una tregua. Por 90 minutos, el pueblo “decano” decidió archivar la amargura de un torneo Apertura para el olvido y priorizar el apoyo incondicional, pese a que el presente quema.
El recibimiento fue imponente, un flash del pasado que evocó las épocas doradas del José Fierro. Con las luces del estadio bajas, el protagonismo fue de los fuegos artificiales y de un cántico ensordecedor que parecía bajar desde las gradas para empujar a un equipo falto de respuestas. Había una mística de otro contexto, la de un equipo exitoso que, sin embargo, chocaba de frente con la realidad de la tabla de posiciones.
Del desahogo al vacío
La ansiedad, por supuesto, no tardó en aparecer. Cuando el gol se demoraba en el reloj, los aplausos empezaron a ser reemplazados por el murmullo y la queja ante cada pase fallido. Hasta que llegó el estallido: el gol de Franco Nicola se gritó con el alma, casi como una purga colectiva. En ese momento, el hincha se permitió creer que la noche, esta vez sí, terminaría con una sonrisa.
Pero el fútbol es caprichoso y la alegría contenida, que esperaba el pitazo final para desbordarse, fue silenciada de golpe por el tanto de Neyder Moreno. Ese gol enmudeció al estadio y cambió el chip del público en un segundo. La esperanza se transformó en cacería de responsables.
Al final, los jugadores se retiraron bajo una lluvia de insultos que bajaba desde todos los costados. No hubo gestos hacia las tribunas; solo cabezas bajas, como quien acepta con resignación su cuota de culpa en el naufragio. Una vez que el plantel se refugió en el túnel, el blanco de la ira cambió: los cánticos de “que se vayan todos” apuntaron directamente a la dirigencia. El único que pareció quedar fuera del radar de las críticas más feroces fue el entrenador Julio César Falcioni.
La voz del desencanto
Pocos hinchas encontraron las palabras para describir este presente que parece no tener fondo. Mauricio Bazán, un joven habitué del Monumental, sintetizó la bronca: “La verdad que es feo. Atlético no juega a nada. Quiso levantar estos últimos partidos, pero no hay mucho que hacer. Hay que buscar aire, no tenemos recambio y si no se ponen a trabajar, lo que viene va a ser duro. No queda otra que laburar”, enfatizó.
Bazán también puso el foco en el mercado de pases, exigiendo una renovación de compromiso. “Espero que cambie la actitud. Que no vengan jugadores a querer retirarse acá o a pasar sus últimos años cobrando un sueldo alto y listo. Tiene que venir gente con ganas”, dijo.
Para él, como para muchos, el receso de tres meses por el Mundial es una moneda de dos caras: “Va a ser difícil estar tanto tiempo sin venir a la cancha, pero ojalá sirva para que traigan cambios de verdad”, cerró Bazán.
Por su parte, Matías Serra analizó el retroceso táctico del equipo. “Parece más de lo mismo. El equipo no muestra rebeldía y el empuje de la gente no alcanza. Se tiraron muy atrás al final y esa fue la clave del empate de ellos. Estábamos entusiasmados con ganar para encarar lo que viene con otra perspectiva, pero no se pudo”.
Para Cerra, la película es repetida. “El balance es de regular a malo. Cambian jugadores y técnicos, pero la historia sigue igual. Hace falta una renovación profunda”, agregó.
Finalmente, Juan Pablo Arquez expresó la preocupación que hoy desvela a todo el pueblo “decano”: el promedio. “Es un sabor amargo porque era un rival directo en la lucha de abajo. El torneo fue pésimo. Hay que levantar mucho y el mercado de pases va a ser fundamental para asegurar la permanencia. Son 10 años en Primera y queremos seguir acá, pero con este nivel táctico y esta actitud es muy difícil”, dijo.
Un adiós en silencio
La salida del estadio fue el fiel reflejo de la crisis. No hubo sobremesa en las veredas, ni debates apasionados, ni siquiera el ritual del abrazo antes de partir. Sólo hubo resignación y un silencio pesado mientras los hinchas abandonaban rápidamente las inmediaciones, como si quisieran huir de una realidad que los asfixia.
La sensación que queda flotando en el aire de 25 de Mayo y Chile es la de una traición. No por falta de lealtad del hincha, que volvió a colmar el estadio y a regalar un recibimiento de élite, sino por la falta de respuestas de un equipo que parece haber perdido la brújula.
La deuda quedó expuesta una vez más sobre el césped y, a esta altura, no hay apoyo incondicional que alcance para maquillar un presente que reclama una profunda autocrítica y cambios. Atlético se despide de su gente en silencio, sabiendo que la espera hasta el próximo semestre será larga, cargada de ansiedad y con la tabla del descenso como una lectura cada vez más inminente.