El duelo entre Atlético Tucumán y Banfield invitaba a pensar que sería la oportunidad ideal para que el “Decano” despidiera el semestre con, al menos, una alegría de consuelo. El desarrollo del partido alimentaba esa promesa: el equipo se puso en ventaja, meritoriamente, a través de Franco Nicola y el cierre parecía ser un trámite controlado. Pero no. Las expectativas se pincharon y el empate 1-1 definitivo, sellado por Neyder Moreno, terminó siendo una síntesis perfecta de lo que fue el equipo en este Apertura: un conjunto al que, en los momentos clave, siempre le falta una cuota de jerarquía para llevarse algo más. 

Atlético logró ser el dominador absoluto del trámite, incluso desde la primera etapa. El esquema de Julio César Falcioni no tardó en acorralar a una visita tímida contra su propio terreno, pero allí apareció un déficit que empezó a alarmar con el correr de los minutos: la falta de puntería. Esa misma carencia que condenó el ciclo de Hugo Colace volvió a hacerse presente en el José Fierro. Y no fueron una ni dos: fueron tres las ocasiones claras desperdiciadas: dos de Leandro Díaz contenidas por Facundo Sanguinetti y una de Renzo Tesuri que tenía destino de red. 

A pesar de la ineficacia en la estocada final, había una certeza: el equipo no deslumbraba, pero llegaba con insistencia. Una estadística clarifica la mejora: en los 180 minutos anteriores, Atlético solo había rematado una vez al arco; esta noche, en un solo tiempo, ya acumulaba cuatro disparos francos.

Pocos minutos del complemento bastaron para romper la resistencia del “Taladro”. El desahogo llegó a través de una de las figuras de la noche: Lautaro Godoy. La pieza que Falcioni decidió incluir especialmente para este partido dio sus frutos. El volante fue la mejor arma ofensiva, mostró rebeldía para pedir la pelota, encarar y disparar de media distancia. De una anticipación suya nació el gol: recuperó, trasladó y asistió con precisión a Nicolás Laméndola, para que luego Tesuri sirviera el festejo en bandeja a Franco Nicola.

Sin embargo, tras el 1-0, el equipo empezó a apagarse, como si la tarea ya estuviera terminada. Vinieron los cambios, pero solo fueron piezas variantes por las bandas -ingresaron Ramiro Ruiz Rodríguez y Alexis Segovia- y el "Decano" empezó a retroceder en el campo casi por intuición. Leonel Vega, otro de los puntos altos por su sacrificio constante en la marca, poco podía hacer ante las oleadas de un Banfield que empezaba a acechar con más voluntad que fútbol. Atlético, que no había sufrido en todo el encuentro, se condenó al refugiarse demasiado cerca de Luis Ingolotti. El gol del empate se preveía en el ambiente y finalmente llegó: Neyder Moreno solo tuvo que empujarla a los 89’ para arruinar por completo la despedida en 25 de Mayo y Chile. 

Resulta un ejercicio complejo intentar explicar con sensatez el porqué de un desenlace que se repite como un bucle infinito. Esta noche, los motivos parecen hallarse en una peligrosa relajación colectiva durante el último tramo del partido; los jugadores cedieron terreno casi por inercia, replegándose en una zona de confort que terminó siendo su propia trampa.

En ese retroceso, el "Emperador" también absorbe una cuota de responsabilidad: no fue capaz de intervenir para romper esa lógica autodestructiva ni de inyectar la madurez necesaria para "enfriar" el encuentro. Al final, Atlético se traicionó a sí mismo: demostró que todavía no sabe convivir con la ventaja y que la falta de oficio para cerrar los partidos es, hoy por hoy, otra herida difícil de sanar.

Así, la historia en el Monumental volvió a repetirse. El último abrazo entre el equipo y su gente no pudo concretarse entre sonrisas; por el contrario, fue entre silbidos y reproches. El destino no quiso que Atlético cerrara el torneo mostrando otra cara; prefirió ser explícito, directo y real, aunque fuera cruel. El mensaje final es claro: hay muchísimo por trabajar y corregir. La misión es inmediata si el club no quiere volver a sufrir -aún más- en la segunda parte del año.