Hay recuerdos que se entienden mejor con los años. Lisandro Ahualli fue capitán de Los Pumitas en dos Mundiales consecutivos -2007 y 2008- en una etapa de cambios estructurales dentro del rugby juvenil. Hoy, con otra perspectiva, reconoce que en ese momento no alcanzaba a dimensionar lo que significaba.
“Si vos me preguntás hoy, de grande, no tomábamos conciencia del rol. Entrenábamos y jugábamos con tanta pasión que esos rótulos pasaban a un segundo plano”, cuenta.
Su camino tuvo una particularidad: fue parte de una generación que atravesó la transición de formatos en los seleccionados juveniles. Venía de competir en categorías como M-18 y M-21, hasta que el sistema se reconfiguró y aparecieron los torneos M-19 y M-20.
En ese contexto, Ahualli disputó el Mundial 2007 en Irlanda y repitió en 2008, siendo capitán en ambos. “Jugué dos mundiales seguidos y en los dos fui capitán”, recuerda, como quien repasa algo que en su momento sucedía demasiado rápido.
La noticia de la capitanía le llegó en un momento inesperado. No fue en una concentración ni en una charla grupal. Fue durante una rehabilitación. “Me había lesionado el tobillo antes de la gira. Estaba recuperándome cuando me llamó Diego Albanese y me dijo que iba a ser capitán”, relata.
Esa lesión marcó gran parte de su experiencia en 2007. Fue un esguince grave, de esos que hoy tendrían otro tratamiento. Pero en ese entonces, la lógica era distinta.
“Viajé igual, jugué como pude. Después no podía más. Me infiltraban, jugaba igual. Quedé con el tobillo destruido”, admite. La exigencia era total y las herramientas, limitadas. Esa etapa del rugby estaba lejos del profesionalismo actual. Ahualli lo describe como un sistema en el que todo convivía: estudio, trabajo, club y seleccionado. Y nada se negociaba.
“Entrenábamos a la mañana, después íbamos a la facultad, al mediodía entrenábamos con el club o el seleccionado y a la noche otra vez. Era de lunes a lunes”, recuerda. La rutina no contemplaba descanso. Y tampoco había margen para elegir.
“Si dejabas de entrenar en el club por estar en el seleccionado, estaba mal visto. Tenías que cumplir en todos lados”, explica. Esa sobrecarga, muchas veces, derivaba en lesiones. Como la suya.
Con el tiempo, el rugby cambió. Se profesionalizó, incorporó nuevas herramientas y comenzó a cuidar más al jugador. Pero hay algo que, según Ahualli, se mantiene. “La esencia del liderazgo se ve desde chico”, sostiene. Para él, no es algo que se construya de un día para el otro. Es una condición que aparece en distintas etapas de la vida: en la escuela, en el deporte, en los grupos.
“El líder nato se va imponiendo, en el buen sentido. La gente lo escucha, lo sigue. Después uno va aprendiendo con el tiempo”, explica.
Esa evolución también implica revisar el pasado. “Hoy ves cosas que podrías haber hecho mejor, pero es parte del crecimiento. Nadie nace con todo resuelto”, reflexiona.
En ese recorrido, también entiende que el liderazgo no es un lugar fijo. Cambia según el contexto. “Podés ser capitán en tu club y después llegar a un seleccionado donde hay otro líder. Es parte del juego”, analiza.
Ahualli fue protagonista de una generación que vivió el rugby desde la pasión pura, en un momento de transición. Lideró sin dimensionarlo del todo, jugó lesionado, entrenó sin descanso y sostuvo una exigencia que hoy sería impensada. Con el paso del tiempo, las experiencias se ordenan. Y lo que antes era vértigo, hoy es memoria.