“Esto que estamos viendo hoy es la punta del iceberg”, afirmó la docente y neuroeducadora Lorena Bottero en LG Play al analizar la seguidilla de mensajes intimidatorios en escuelas. Para la especialista, estos episodios obligan a revisar el rol de los adultos y a comprender qué ocurre con los adolescentes en la actualidad.

Bottero sostuvo que estos episodios no pueden ser leídos de manera aislada y advirtió que detrás existe una problemática más profunda. En ese sentido, remarcó que si bien se activan protocolos y actúa la Justicia, muchas veces se comete el error de minimizar los hechos como bromas o picardías.

Un síntoma de fondo

La docente consideró que estos mensajes son la manifestación de un proceso previo. “Es un grito desesperado de los adolescentes”, señaló. Según explicó, se trata de señales que en otros momentos no fueron advertidas por los adultos.

En la misma línea, planteó que estas conductas deben interpretarse como formas de comunicación. “Nos están queriendo decir algo”, indicó, y agregó que muchos jóvenes buscan ser escuchados, pero no encuentran espacios para hacerlo. En ese contexto, recurren a expresiones extremas para captar la atención.

La especialista también subrayó que no es casual que estos mensajes aparezcan en el ámbito escolar, un lugar donde los adolescentes suelen encontrar escucha y contención.

Reflejo social

Consultada sobre el tono violento de los mensajes, Bottero explicó que responde a un aprendizaje social. “Los adolescentes son un espejo de la sociedad”, sostuvo. Desde su perspectiva, la agresión es una conducta que se incorpora en función del entorno.

En ese sentido, afirmó que cuando un adolescente se siente visto, escuchado y contenido, es menos probable que utilice este tipo de recursos. Por eso, insistió en la necesidad de analizar el fenómeno más allá de su dimensión inmediata.

Para la neuroeducadora, abordar estos hechos solo como casos policiales implica perder de vista el problema central. Señaló que es necesario “leer entre líneas” y asumir que existe una falla en el rol adulto.

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En ese marco, advirtió que muchos adolescentes atraviesan situaciones de soledad y enfrentan un contexto complejo atravesado por la tecnología. “Nuestros adolescentes están en un mundo desconocido”, expresó, y añadió que ese escenario también resulta ajeno para muchos adultos.

La tecnología, explicó, ocupa un lugar central en la vida cotidiana y puede exponer a los jóvenes a situaciones para las que no cuentan con herramientas suficientes. Por eso, consideró fundamental que las familias se involucren y conozcan ese entorno.

Construcción colectiva

Respecto del abordaje en las aulas, Bottero reconoció que en muchos casos estos temas forman parte de la agenda educativa. Sin embargo, aclaró que la escuela no puede asumir sola esa responsabilidad. “La salud emocional es una construcción colectiva”, afirmó.

En ese sentido, sostuvo que las familias deben asumir un rol activo y acompañar los procesos de los adolescentes. También destacó la importancia de generar espacios de diálogo para reconstruir la confianza dentro de la comunidad educativa.

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“Hay que habilitar la palabra”, planteó, y señaló que es necesario ofrecer ámbitos donde los estudiantes puedan expresar lo que sienten y recibir contención. A su vez, indicó que ese trabajo debe ser articulado entre la escuela y los hogares.

Cambios en la crianza

Por último, Bottero remarcó la necesidad de avanzar en la alfabetización digital. “Cuando le damos un celular a un niño, no es un teléfono, es una computadora conectada las 24 horas”, explicó.

A partir de esa premisa, consideró que los adultos deben involucrarse, dialogar y dar el ejemplo para promover un uso responsable de la tecnología. Según concluyó, solo a través de ese acompañamiento será posible que los adolescentes construyan vínculos saludables en el entorno digital.