A 125 kilómetros de la capital de Córdoba, el paisaje cambia abruptamente. Los edificios y los carteles luminosos desaparecen en una travesía que emula un sueño transatlántico, a pesar de no haber cruzado el océano. Las serranías se pintan suaves al fondo, mientras los bosques de pino dialogan con el río, y toda aquella configuración solo puede hacer pensar que nos trasladamos a los Alpes Suizos, aunque se trata de una aldea de montaña muy pintoresca llamada Villa Alpina.
Pasados unos kilómetros de Altos Pampas, un pequeño paraje en el valle de Calamuchita evoca los recuerdos del centro-sur de Europa. Surcando los oleajes que forman las sierras y colinas, es posible hacerse parte de un entorno que invita a la desconexión. En este enclave no hay señal de celular y los senderos rodeados de altísimos pinos, eucaliptos y arroyos de agua cristalina invitan a contemplar más lento. Al pie del punto más alto de Córdoba, el Cerro Champaquí, esta villa idílica está guardada con recelo por el macizo.
Entre el ADN alemán y el silencio serrano
A pesar de evocar la suiza de cadenas montañosas, Villa Alpina comparte herencia alemana. Similiar a Cumbrecitaen altitud, unos 1.400 metros sobre el nivel del mar, este poblado cultiva un perfil mucho más bajo. Es, en esencia, su parienta menos conocida y más agreste.
Esta fisonomía europea no es casualidad. Fue la familia Storch, inmigrantes alemanes que llegaron en 1946, quienes transformaron la antigua estancia Cerro Negro en este rincón de coníferas. Hoy, caminar por sus senderos es perderse entre abedules, robles, sauces y álamos que conviven con las especies nativas, creando un tapiz de texturas que cambia con cada estación.
El portal hacia el techo de Córdoba y otras atracciones
Para los amantes de la aventura, la localidad es, ante todo, la puerta de entrada al gigante de la provincia: el Cerro Champaquí. Desde aquí parten las expediciones que buscan coronar sus 2.890 metros. Es un rito de iniciación para muchos montañistas, una travesía que suele durar tres días entre el ascenso, la noche en los refugios de cumbre (como el emblemático Piedras Blancas) y el regreso a la civilización.
Pero no todo es esfuerzo extremo. El lugar ofrece alternativas para quienes buscan un ritmo más sosegado: para quienes prefieren la observación antes que el desafío físico del Champaquí, la aldea despliega opciones que premian el paso lento. Una de ellas es el ascenso hacia el puesto de don Moisés López, un trayecto de aproximadamente tres horas que desemboca en un balcón natural con vistas panorámicas de todo el Valle de Calamuchita.
Otra joya oculta es el cauce subterráneo, donde la corriente del arroyo La Puente se esconde bajo formaciones rocosas, o el rincón conocido como Los Toboganes, donde el agua ha moldeado la piedra para crear un parque recreativo natural. Los amantes del silencio también encuentran su lugar en las márgenes del río Los Reartes, practicando la pesca deportiva de trucha con devolución en un marco de absoluta soledad.