Hay personas que parecen haber nacido con una inquietud difícil de domesticar. Como si el cuerpo no alcanzara para todo lo que quieren hacer. Y, en el caso de Candela Diez, esa energía hoy tiene destino: representará a la Argentina en los Juegos Suramericanos de la Juventud, que se disputan desde el domingo (y hasta el 25 de abril) en Panamá, junto a Lisandro Fontana Lardies, en un evento que reunirá a más de 2.000 atletas de 15 países.

Candela se define como hiperactiva, curiosa e incansable. Probó de todo. Vóley, natación, patín artístico, tela, gimnasia. Todo le interesaba… y todo le duraba poco. No era falta de ganas. Era otra cosa. Una urgencia. Quería más, más rápido. No le alcanzaba con empezar: quería avanzar. Duraba tres meses. A veces menos. En gimnasia, por ejemplo, ya quería hacer mortales cuando recién empezaba. Se aburría, cambiaba, buscaba otra cosa. Hasta que apareció el karate.

Tenía siete años. El dojo quedaba a la vuelta de su casa. Venía de ver películas de artes marciales, de imaginarse en ese mundo en el que la disciplina y la pelea se cruzan en cada movimiento. Les pidió a sus papás que la llevaran. La idea era simple: que probara un tiempo. Que aprendiera algo. Pero esta vez fue distinto.

No le salían las cosas. Y, sin embargo, volvía. Clase tras clase. “Ahora me doy cuenta de que me enganché de verdad porque no me salían, pero igual iba porque era divertido”, cuenta. Ahí empezó todo. No en el talento, sino en la insistencia.

Se formó en la Escuela Modelo de Karate, que la empujó hacia el kumite, el combate. No fue un amor inmediato. De hecho, al principio no le gustaba pelear. Su primera experiencia en un torneo todavía se cuenta como anécdota. Entró, peleó y perdió en segundos. Ese momento, que podría haber sido un freno, fue otra cosa: un punto de partida.

Con el tiempo, el cambio fue evidente. En 2023 llegó su primera gran referencia: medalla de bronce en los Juegos Nacionales Evita. Ese mismo año fue reconocida por la Legislatura de Tucumán. En 2024 terminó primera en el ranking nacional en su categoría. Y en 2025 dio el salto: fue convocada a la Selección Juvenil Argentina, participó en el programa DAR del ENARD, compitió en el Panamericano de Asunción y se subió al podio en el Sudamericano de Recife, Brasil, con otra medalla de bronce.

Hoy, con 16 años, su nombre ya no es promesa. Es presente. Panamá aparece como el siguiente paso. Un escenario distinto, más grande, más exigente. Un torneo que no se juega todos los días. Un torneo que, en su caso, también tiene algo de puerta.

“Estoy muy emocionada, terminando de preparar todo, las valijas. Nos vamos el 14 a Buenos Aires y de ahí a Panamá. Creo que va a ser una experiencia impresionante desde el segundo en el que pise allá”, dice. Y en esa frase hay ansiedad, pero también convicción.

Porque, aunque ya compitió afuera, esto es diferente. “Es otro mundo. Ya representé al país en torneos de karate, pero esto es más grande, más guau”, explica. Los Juegos reúnen disciplinas, historias, países. Y eso, para alguien que todavía está empezando, pesa distinto.

PODIO. En 2025 logró el bronce en el campeonato Sudamericano que se disputó en Recife.

Pero Candela no se pierde en eso. Tiene claro dónde está parada. “Es un pequeño pasito”, repite. Un paso dentro de un camino más largo. Un camino que, en su cabeza, ya tiene destinos más grandes.

Mientras tanto, su rutina es una prueba constante. Estudia en la Escuela de Agricultura de la UNT, con doble turno. Entra a las 7.45 y muchas veces sale cerca de las 18. De ahí, algo rápido para comer y directo al entrenamiento. A veces duerme una siesta corta. A veces no.

El gimnasio aparece como complemento, cuando los horarios lo permiten. Las tareas viajan con ella: a concentraciones, a torneos, a donde sea. “Les pido a mis amigas que me pasen todo, me llevo las libretas”, cuenta. No hay pausa. Hay adaptación.

A Candela la acompaña toda su familia

En ese recorrido, la familia es clave. Sus padres, lejos del deporte -él artista, ella violinista de la Orquesta Sinfónica-, acompañan cada paso. Su abuela, sus tíos, todos aportan. Porque competir también implica esfuerzo económico, organización, logística. “Soy una persona súper acompañada”, dice. Y se nota.

En el fondo, sigue siendo esa chica que no podía quedarse quieta. Solo que ahora encontró un lugar donde toda esa energía tiene sentido. Donde cada movimiento responde a algo. Donde cada golpe tiene un porqué.

El sueño también está claro. “Desde que empecé a competir, mi sueño es llegar a unos Juegos Olímpicos. Si el karate vuelve, me encantaría estar ahí”, dice. Y después baja a tierra. “Ahora quiero una medalla en estos Juegos. Y más adelante, un oro panamericano”, indica. No habla de imposibles. Habla de pasos.

El viaje está por comenzar. Primero Buenos Aires. Después Panamá. Después, quién sabe. Candela todavía está empezando. Pero ya entendió algo que no se entrena: que el talento puede abrir puertas, pero es la constancia la que te mantiene adentro. Y ella, desde aquella nena que se reía aunque perdiera en segundos, nunca dejó de volver. Nunca dejó de intentarlo. Nunca dejó de moverse.