Hace mucho tiempo que no me sentía tan sola. En el empate 0 a 0 entre Atlético Tucumán y Tigre, me sentí descuidada, poco querida; como si mi presencia, en realidad, a nadie le importase. Creo que es la primera vez que no me siento la protagonista de este juego, sino apenas una testigo de lujo de un espectáculo que preferiría no tener que recordar. A mí, que me diseñaron para ser el centro del universo durante 90’, me redujeron a un objeto molesto, una carga que todos querían sacarse de encima lo más rápido posible.

Me habían preparado con esmero para este momento. Un señor con ropa deportiva del “Decano” se encargó de que llegara a la tarde como nueva: llena de aire, brillante y con mis gajos relucientes para dar función. El sol del domingo me pegó de lleno apenas me sacaron a escena en el Monumental. No recordaba cuándo había sido la última vez que me había tocado asistir al “José Fierro” en un mediodía así, tan soleado y cargado de expectativas. El aroma a asado que bajaba de los balcones todavía se sentía en el aire y yo, ilusa, no veía la hora de empezar a rodar por ese césped que parecía ser una alfombra.

El comienzo del partido me entusiasmó. Atlético parecía decidido a llevarme pronto a conocer la red, esa caricia tejida que es mi único objetivo en la vida. Vi al equipo activo, superior a un Tigre que llegó con piezas de recambio, cuidando su “11” titular para la Sudamericana. Me sentía mimada, de pie a pie, con la ambición de los que quieren ser protagonistas. Pero, de repente, la inercia se cortó de golpe y el silencio se apoderó de mi cuero.

Estuve casi 10 minutos sin moverme, prisionera debajo del brazo de un árbitro que no me soltaba. Escuché que había un problema en el alambrado de la calle Chile y que, hasta que no se resolviera, no me iban a dejar jugar. Fue una espera larga y pesada, bajo un sol que empezaba a quemarme la piel sintética, presagiando el tedio que vendría después.

Cuando por fin mi aventura continuó, algo se había quebrado definitivamente. Empecé a sentirme destratada: dejé de sentir el pasto húmedo y prolijo para pasar más tiempo volando por el cielo que corriendo por el suelo, que es donde más me gusta estar. Ese sueño de besar la red quedaba, con cada patada sin destino, un poco más lejos.

Pensé que Atlético buscaría el gol con lucidez, pero se dejó ganar por el apuro y la falta de ideas. Cuando Clever Ferreira o Gastón Suso me tenían bajo sus pies, estuvieron lejos de cuidarme; me rifaron a las nubes como si fuera una brasa ardiendo, como si no supieran que, mientras mejor me traten, más cerca están de ganar el partido.

Tuve una pequeña esperanza cuando Leandro Díaz se perfiló para darme una alegría antes de que terminara el primer tiempo. El “Loco” suele ser intenso conmigo, pero esta vez no logró impactarme con precisión; apenas me rozó y caí, sin fuerza ni alma, en las manos de Felipe Zenobio.

Apenas puedo rescatar algunos pasajes donde Nicolás Laméndola me acarició con los tapones buscando un resquicio, o cuando Tiago Serrago me hizo correr a toda velocidad por la banda intentando romper la monotonía. Y, sobre todo, recuerdo los dos guantazos que me dio Luis Ingolotti, quien me amargó las únicas dos chances reales que tuve de visitar el arco. Él me salvó, es cierto, pero yo quería ser gol.

Me sorprendió ver que pasaban los 90’ y Julio César Falcioni sólo había realizado dos cambios. Recién sobre la hora entró Alexis Segovia, pero ya era tarde para los dos. Sentí que al entrenador tampoco le importó demasiado mi maltrato, mientras Diego Dabove parecía conforme con el bostezo que veía desde el otro banco. Qué feo es sentirse un estorbo en tu propia fiesta, un actor secundario en la obra que vos misma inspiraste.

A mí, que me crearon para sacarle una sonrisa a los hinchas y generar abrazos, me tocó retirarme entre silbidos y abucheos que me golpeaban los gajos. Aunque sé que no tengo la culpa, me fui desinflada de espíritu. Espero de corazón que el próximo sábado, bajo las luces de La Paternal, alguien se acuerde de que, para que el fútbol vuelva a ser fútbol, primero tienen que pensar en mí. 

Firma: la pelota del partido.