Tantos y tan variopintos fueron los personajes que desfilaron por sus pasillos y alcobas que bien podría escribirse una novela jugosísima. Una suerte de “caldera del diablo” a la tucumana. Pero lo que pasó en el Hotel La Vasca quedará en la memoria de La Vasca, cuyo destino de piqueta suena irremediable. Otro retazo de aquella ciudad vibrante de antaño, colmada de secretos a voces. Otros tiempos.

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Tiempos de una urbanidad tumultuosa, tan bien narrada por Dardo Nofal o Buby Perrone, un poco novelistas y un poco cronistas de la ciudad que ya no está. La San Miguel de Tucumán marcada por un hilo invisible que unía El Bajo con la zona del Casino. Y en el medio de esa bisectriz, La Vasca. El edificio que hoy se cae a pedazos.

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En la histórica esquina de Mendoza y Rivadavia -perdón, Virgen de La Merced- sólo sobrevive la magnífica Casa Paz Posse, hoy sede del Siprosa. Las antiguas construcciones erigidas en las ochavas que dan al este, ambas señoriales, quedaron reducidas a escombros. De algún modo, con matices, el edificio de La Vasca formaba parte de ese conjunto. Pero nunca se integró al grupo de propiedades protegidas por la Ley de Patrimonio, seguramente porque no reunía las condiciones, o tal vez porque en ningún momento llegó la solicitud para incluirlo en el listado. Como bien apuntó Osvaldo Díaz, director de Patrimonio del Ente Cultural, no todas las casas viejas son merecedoras de la preservación amparada por el Estado. Será por eso que el valor de La Vasca pasa más por lo sentimental.

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El cemento del frente se fue desgajando, las grietas alcanzaron la potencia de nuestras diferencias ideológicas, el frente todo de La Vasca expresó lo inevitable de su final. Si las fachadas hablan, la de La Vasca lo hace a los gritos. Afortunadamente el balcón que pende de un hilo no se vino abajo sobre una vereda tan transitada como la de Mendoza al 200. El viejo hotel tuvo la decencia de evitarnos una tragedia. Es, a fin de cuentas, una muestra de cariño a la tucumanidad que cobijó durante tantos años. Pudo haber sido un caso trágico, como el del cine Parravicini. No faltaba mucho.

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Lo que nos queda por estas horas es una pieza más en el mapa de andamios, vallas y cortes propios del microcentro. Paisaje que de tan conocido se tornó natural, consecuencia de la comprobada tendencia tucumana a mirar cómo los edificios históricos se deterioran hasta llegar al límite. Recién entonces, frente a la evidencia de un trozo de mampostería que se precipita sobre la calle, aparece el apuro por atajar la pelota. Pero a esa altura la desidia ya gritó el gol. El ejemplo más contundente en este sentido es la ex sede de Rentas, en San Martín y Maipú. La buena noticia es que la Caja Popular, al cabo de meses de inacción, parece dispuesta a hacerse cargo de las obras de refacción. El proyecto ya fue aprobado -con un par de observaciones- por la Comisión de Patrimonio. ¿Será que en un futuro no muy lejano podremos volver a circular con normalidad por esa cuadra? “A cruzar los dedos”, decía el inolvidable Riverito.

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“Tenemos todo relevado. Contamos con listados, ubicaciones y registros de las edificaciones y fachadas en riesgo”, afirmó Nora Belloni, directora de Catastro. Se trata de un plan que, según la funcionaria, permitió detectar y notificar 55 edificaciones con peligro de derrumbe, cuyos propietarios deben regularizar la situación en el corto plazo. Además, identificaron otras 80 propiedades que requieren reparaciones, aunque sin presentar un riesgo inminente. La declaración de Belloni dejó el juego en el campo del municipio: como ya saben cuáles son las casas que pueden derrumbarse, total o parcialmente, les queda tomar las medidas que hagan falta para prevenir accidentes. En otras palabras; no dejaron margen para sorpresas desagradables.

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La aniquilación del patrimonio siempre es silenciosa, una especie de robo hormiga a la memoria, ladrillo por ladrillo. Pero los vaivenes oficiales, por lo general atados a políticas de Estado que mandan la cultura al último lugar de la fila -eso en los escasísimos casos en los que la cultura es tenida en cuenta-, conviven con otro elemento nocivo, como es la indiferencia social. Los frentes descascarados, los balcones bamboleantes y los inmuebles tapiados representan una postal incómoda, así que lo usual es mirar para otro lado. La indignación suele brotar ante la evidencia del derrumbe y el riesgo que eso representa. Todo esto da pie a que muchos propietarios, enfrentados a altos costos de mantenimiento, optan por dejar que el tiempo haga su trabajo. En la puerta de La Vasca, tan visibles como ignoradas, quedaron las intimaciones del municipio.

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En una ciudad donde el crecimiento muchas veces se mide en términos de metros cuadrados construidos, el patrimonio histórico suele ser percibido como un obstáculo antes que como un valor. La falta de conciencia sobre su importancia contribuye a su inexorable deterioro. Las consecuencias de este proceso son profundas y empiezan por una pérdida irreparable de identidad. Cada edificio que se abandona o se destruye va horadando el sentido de comunidad. Por eso el desafío implica asumir que el patrimonio no es un lujo ni una carga, sino un activo estratégico. Preservarlo implica invertir en futuro.

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Cuando un edificio se va queda un espacio vacío. Y ya es tarde para lágrimas. Selva Almada acaba de regalarnos una novela excepcional. Se llama “Una casa sola” y en ella es, justamente, una casa la que toma la palabra para relatar en primera persona su historia. Una casa que recuerda y que se emociona a medida que va desenredando la madeja de su pasado. Una casa que piensa y que siente. Y habla, por supuesto, de la gente que la transitó. Qué bueno sería entrevistar a La Vasca, antes de que le diga adiós a la ciudad. Arrancarle, mano a mano, las apasionantes confesiones de esa vida que se va apagando entre sus muros.