En "La Escuelita de Famaillá", el tiempo no avanza de la misma manera en todo el predio. El Espacio para la Memoria -donde funcionó el primer centro clandestino de detención del país durante el Operativo Independencia- tiene a su izquierda, las paredes sin pintar, las puertas gastadas, los carteles de acceso restringido. Sectores clausurados por las investigaciones judiciales. Desde afuera, fotos en blanco y negro. Son rostros que siguen ahí, sostenidos por pañuelos y por el recuerdo de quienes los buscan.
Del otro lado, alcanza con caminar unos metros. Las paredes tienen color. Hay murales. Las aulas son nuevas. Es jueves. Son las 18:30 y los chicos llegan de a poco, caminando o en bicicleta. Se saludan, dejan las mochilas, sacan cuadernos. Se arma una ronda, entre mates, café y galletas. El taller empieza.
Es en ese mismo predio donde, hace un año, funciona un taller de escritura creativa para jóvenes del Centro Educativo en Derechos Humanos Ana María Sosa. El grupo ya participó en festivales y ahora prepara su primer libro: un poemario colectivo que se publicará este año. “Acá podemos expresarnos como las personas no pudieron en ese tiempo”, dice Luján Isas, de 15 años, desde la biblioteca Hilda Guerrero de Molina.
Escribir en un lugar cargado de historia
Para los que participan, la experiencia va más allá de la escritura. “La Escuelita es una herramienta para acercarnos a una historia que sentimos lejana”, dice Felipe Tula, de 16. “Y escribir también lo es: me ayuda a entender quién soy y deja un registro de lo que fui”, agrega. En sus textos, aparecen lo melancólico, las experiencias propias, lo que no siempre se dice en voz alta.
El grupo también es refugio. “Somos muy distintos, pero acá encontramos un lugar seguro”, cuenta Luján. “Muchos jóvenes no tienen dónde expresarse, y este espacio permite eso”. Y en eso concuerda Solange Murro, de 17 años, que forma parte de la Escuelita desde los 7. “Escribir para mi es un escape. Lo que no puedo decir, lo que me angustia, lo que me queda como un nudo en la garganta, lo escribo”, confiesa.
Esto es así para todos los jóvenes. “Me cuesta hablar. Esto me ayuda. Hay muchos chicos que escriben y les da vergüenza, acá pueden venir y sentirse cómodos”, dice Martina Chaile, de 17. En esa línea, Juan Pablo Díaz, de 18, expresa: “No es fácil decir lo que uno siente pero es necesario”. El joven invita a todos los interesados a asistir y darse la oportunidad de expresarse con la escritura.
En muchos textos aparecen la historia, las injusticias, las preguntas. Luis Medina, de 16, lo conecta con la historia: “Me gusta escribir sobre temas sociales. También es darles voz a los que la perdieron por querer expresarse”. Otros van hacia lo íntimo. No hay una sola forma y motivos. “Vine para socializar, para tener un grupo. Fue la mejor decisión”, cuenta Facundo Salim, también de 16.
Un espacio que creció
El taller de escritura no aparece aislado. Forma parte de un entramado más amplio. La Escuelita de Famaillá es hoy un Espacio para la Memoria y Promoción de los Derechos Humanos. “Un espacio para la memoria es un lugar donde pasó algo vinculado al terrorismo de Estado, que fue señalizado, recuperado y donde hoy se desarrollan actividades que promueven los derechos humanos”, explica Galo Briatura, coordinador general.
En el predio no solo se recuerda: también se habita. Además de los recorridos históricos guiados, funciona el Centro Educativo en Derechos Humanos Ana María Sosa, una biblioteca abierta a la comunidad y una agenda de talleres, capacitaciones e investigaciones. “Estos espacios no son solo para contar lo que pasó, sino para generar encuentros y construir comunidad”, señala Briatura.
En ese cruce —entre memoria y presente— surge el taller de escritura. Primero como una iniciativa de jóvenes que ya participaban en otras actividades; después, como un espacio que fue creciendo.
Con el acompañamiento del escritor Roberto Reynoso y la guía de la docente y coordinadora Gabriela Agüero, el grupo se consolidó y hoy reúne a adolescentes con distintos recorridos. “Les proponemos lecturas de autores tucumanos y de la época de la dictadura como disparadores. A veces escriben desde lo personal; otras, desde la historia del lugar”, cuenta ella.
“El objetivo es que haya un lugar donde los jóvenes puedan expresarse, producir y vincularse. Trabajamos la memoria, pero también la creatividad”, suma Bruno Bonilla, coordinador educativo. En ese camino, los chicos ya participaron en festivales de lectura. Ahora, avanzan hacia algo nuevo: un libro propio.
Un libro que empieza a tomar forma
La idea del libro apareció en el proceso. Nadie la esperaba del todo. El poemario reunirá escritos del grupo y, para varios, será la primera vez que algo propio circule. “Nunca pensé que lo que escribía podía llegar a ser un libro. Creí que mis textos iban a quedar guardados en el celular o en hojas sueltas”, dice Salim. “Es un orgullo”, suma Díaz.
“No lo puedo creer, es un sueño. Hace mucho que escribo y tener mis textos publicados es un montón”, agrega Bárbara Acosta, de 18 años. Hacia el final de uno de los encuentros, mientras las ideas circulan, surge otra propuesta. Sofía Vircarrizo, de 22 años, dibuja en silencio, atenta. Alguien lo dice en voz alta: podría hacer la portada del libro.
“Esperamos que esté entre julio y agosto, estamos muy emocionados”, cuenta Gabriela. También están coordinando actividades con la Facultad de Filosofía y Letras para que estudiantes den clases a jóvenes de la zona.
Para Armando Ávila, psicólogo social y especialista en derechos humanos, lo que sucede en la Escuelita tiene un valor que va más allá del taller: “El terrorismo de Estado dejó marcas muy profundas en la comunidad. Generó miedo, aislamiento. Que hoy haya jóvenes encontrándose, escribiendo, construyendo vínculos, habla de un trabajo que sigue”. Y agrega: “La memoria no es solo recordar. También es lo que se hace con eso”.
La ronda avanza. Alguien lee. Se escuchan comentarios, risas, silencios atentos. No son muchos. Pero lo que pasa ahí —cada jueves, a esa hora— tiene un peso que no se mide en cantidad. En el mismo predio donde hace décadas el miedo organizaba todo, hoy la esperanza se organiza en una ronda de chicos que escriben. Afuera cae la tarde. Adentro, las palabras, en comunidad, encuentran su lugar.