Cuando la urgencia pasa empieza lo más difícil. El caso del alumno que llevó un arma a una escuela expone cómo se interviene frente a hechos que desbordan lo cotidiano y qué lugar ocupa hoy la institución en tal escenario.

En Tucumán existe una hoja de ruta para casos similares a este o menos extremos, pero igual de urgentes. La guía provincial para el Abordaje de Situaciones Escolares Complejas (ASEC) es un documento que organiza criterios de intervención ante acontecimientos que irrumpen en la vida escolar.

No se trata de un protocolo rígido, sino de una herramienta flexible que reconoce que cada institución tiene su propio contexto. La presencia de armas aparece como una de las situaciones contempladas. “Son hechos de gran impacto institucional, porque implican la presencia de algo que no debería estar en la escuela”, explicó Marcela Juárez Sánchez, del Gabinete Pedagógico Interdisciplinario (GPI).

La guía define estas situaciones como “eventos disruptivos” que irrumpen en la vida escolar, generan sufrimiento significativo y superan la capacidad de respuesta habitual de la institución. No se trata de hechos aislados: están atravesados por múltiples factores sociales, familiares y subjetivos, y exigen un abordaje integral, no una sanción automática.

Cambio de paradigma

El ASEC propone un cambio de paradigma. La llamada “pedagogía del cuidado” ubica al vínculo en el centro de la intervención. Educar es también cuidar; y esto implica escuchar antes de actuar, sostener trayectorias escolares y evitar respuestas punitivas como primera reacción.

La guía diferencia tipos de armas -no es lo mismo un arma de fuego que un objeto punzante o un elemento de uso cotidiano-; pero advierte que en todos los casos hay riesgo. “Puede haber peligro tanto para quien porta el objeto como para quienes lo rodean”, señaló Juárez Sánchez.

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En ese escenario, la reacción inmediata resulta clave, al igual que el modo. “La escuela tiene que mostrar que el cuidado es para todos, incluso para el alumno que porta el arma”, planteó. La intervención no puede escalar el conflicto; requiere calma, contención y un referente institucional capaz de ordenar la situación.

OBJETIVO. La idea de la guía es transformar la crisis en aprendizaje.

Silvina Diez del Valle, coordinadora del circuito 3 del GPI, sumó un punto central: la guía no está pensada sólo para especialistas. “Todos los actores escolares tienen acceso y pueden intervenir en lo inmediato. No se puede esperar a que lleguen los equipos cuando la situación está ocurriendo”, explicó. La escena exige decisiones en tiempo real.

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Esto implica que docentes y directivos no actúan en soledad, pero tampoco pueden paralizarse. La guía establece criterios claros: escuchar sin juzgar, actuar con rapidez, registrar lo ocurrido y activar las redes institucionales. La escuela no investiga ni sanciona por sí sola: acompaña, contiene y deriva.

Cuando se trata de un arma de fuego, el procedimiento es más específico: se debe dar intervención a las fuerzas de seguridad -encargadas de retirar el arma-, y actuar con la presencia de la familia. Pero el protocolo no termina ahí.

El después

El episodio no se agota cuando el arma sale de la escuela. Por el contrario, ahí comienza otra etapa, más compleja y a veces menos visible. “Estas situaciones no pueden quedar como un hecho aislado”, advirtió Juárez Sánchez. La guía introduce un concepto que rompe con la lógica de “pasar página”: el del potencial educativo.

La idea es transformar la crisis en aprendizaje. Abrir espacios de diálogo, revisar acuerdos de convivencia, involucrar a los estudiantes. No para señalar culpables, sino para entender qué pasó y qué necesita cambiar.

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“No se trata de buscar responsables, sino de asumir que hay una corresponsabilidad”, explicó Diez del Valle. La escuela, la familia, los sistemas de salud y la comunidad forman parte de la misma trama. Si un adolescente accede a un arma, hay controles que fallaron antes de que cruce la puerta del aula.

Ese enfoque en red es uno de los pilares del documento. La intervención requiere articulación con otros ámbitos -Salud, Justicia, Niñez- porque la escuela, por sí sola, no alcanza. Detecta, contiene y orienta; pero necesita de otros actores para sostener los procesos en el tiempo.

El diagnóstico incluye la invisibilidad como otro de los focos. “Muchas veces vemos infancias y adolescencias que transitan sin ser escuchadas”, advirtió la coordinadora. La pospandemia dejó huellas profundas en la salud mental, y la escuela se convirtió en uno de los primeros lugares donde esos malestares aparecen.

En ese sentido, el desafío es doble. Por un lado, responder a la urgencia sin agravarla. Por otro, construir condiciones para que esas situaciones no se repitan. Eso implica revisar prácticas, fortalecer vínculos y generar espacios donde los estudiantes puedan ser escuchados.

También hay un llamado de atención hacia el modo en que estos hechos se narran. “El tratamiento mediático puede reforzar estigmas, asociando a los adolescentes con la violencia o la delincuencia”, advirtieron. La preocupación es que la etiqueta termine opacando la complejidad de los procesos que atraviesan.

En el fondo, la guía deja planteada una idea que atraviesa todo el enfoque y es que la escuela ya no solo enseña contenidos. Y en ese escenario, cada situación -incluso las más disruptivas- puede convertirse en una oportunidad para intervenir, comprender y cuidar.