Sol pleno, calles agitadas y una búsqueda que se extendió durante varias cuadras en el populoso barrio San Martín. Allí, entre consultas a vecinos, indicaciones improvisadas y la ayuda solidaria de comerciantes de la zona, el equipo de LA GACETA logró dar con Daniel Alaniz, el ganador del auto 0 km de los Números de Oro.

No fue fácil encontrarlo. En un barrio grande y con varias referencias similares, la búsqueda se volvió casi detectivesca. Pero finalmente, tras hablar con familiares y vecinos, la pista llevó hasta una vivienda donde primero apareció Iván Bustos, sobrino del afortunado. “Es de pocas palabras, pero va a estar muy contento. Le vienen pasando cosas malas y esto es una alegría”, anticipó, sin saber que minutos después sería testigo de un momento inolvidable.

La historia de Daniel está profundamente ligada a su familia. En una casa donde conviven varios integrantes -“somos como siete”, contó Iván-, los Números de Oro no son solo un juego; son una tradición. Juan Carlos, padre de Daniel, es quien compra las tarjetas y las reparte entre sus hijos y nietos. Cada uno completa la suya, con la ilusión intacta de que algún día la suerte golpee la puerta. Y ese día llegó. 

CONMOVEDOR. Daniel no pudo salir de su asombro al recibir la noticia. FOTO ANALÍA JARAMILLO / LA GACETA

Mientras el equipo aguardaba en la puerta, la tensión crecía. Daniel no sabía nada. Había empezado su jornada hacía pocas horas y se encontraba trabajando en la panadería familiar, a pocos metros de su casa. La estrategia fue simple. Y era hacerlo salir sin levantar sospechas.

Cuando finalmente apareció, la sorpresa fue total.

-¿Vos sos Daniel?, le preguntamos.
-Sí, respondió, con calma.
-¿Alguna vez pensaste que podías ganarte el auto?
-Nunca.

La revelación fue directa. El hombre había ganado el Volkswagen Polo Track 0 km. Su reacción fue tan genuina como inesperada. Hubo silencio, una sonrisa contenida y pocas palabras. “Una alegría”, alcanzó a decir, todavía en shock.

Daniel tiene 48 años, tres hijos y no contaba con un trabajo fijo. El premio, más que un lujo, se convirtió inmediatamente en una herramienta. “Lo voy a trabajar”, afirmó. Ni siquiera sabe manejar, pero eso no fue un obstáculo. “Hay que aprender”, agregó, ya proyectando un futuro distinto.

EN FAMILIA. Daniel, sonriente junto a su familia. FOTO ANALÍA JARAMILLO / LA GACETA

Un premio con historia familiar

El momento más emotivo llegó cuando decidieron llamar a Juan Carlos, el padre. Él había estado en el edificio de LA GACETA días antes, llevando tarjetas como lo hace habitualmente, sin imaginar que el premio estaba más cerca que nunca. Al escuchar la noticia por teléfono, su reacción fue pura emoción. Incredulidad, nervios y una frase que lo resumió todo. “Me vas a hacer dar un infarto”. 

Con el correr de los minutos, Daniel empezó a dimensionar lo ocurrido. La emoción lo desbordó al recordar a su madre, fallecida hace algunos años. “Siempre le pedí a Dios y a ella que me dé una mano. Sé que desde el cielo me ayudó”, dijo, visiblemente conmovido.

El auto todavía no está en sus manos, pero ya representa mucho más que un premio; es una oportunidad. Para trabajar, para ayudar a su familia, para cambiar el rumbo. En una casa donde nadie sabe manejar, el aprendizaje será el primer paso. Después vendrán los viajes, las salidas con sus hijos y, quizás, una nueva etapa laboral.