Lifestyle, por Fernanda Bringas (muy_fer_) Producción general y Sol García Hamilton (solchugh) - Producción periodística

En una escena hace siglos, un grupo de hombres discute en una sala cerrada. No miran el reloj —no existe como lo conocemos— ni un calendario colgado en la pared. Miran otra cosa. Levantan la vista, hacen cuentas, discuten fechas que todavía no están escritas. Lo que intentan resolver parece simple, decidir cuándo se celebra Pascuas. Pero no lo es. Porque esa decisión va a definir algo mucho más grande: cómo se organiza el tiempo.

En los primeros siglos del cristianismo, Pascuas no tenía una fecha única. En las primeras comunidades cristianas —sobre todo en Asia Menor— se seguía la tradición de celebrar la muerte de Cristo el mismo día que la Pascua judía, el 14 de Nisán. No importaba qué día de la semana fuera. A estos grupos se los conoció más tarde como cuartodecimanos.

Otras, en cambio —sobre todo en Roma— sostenían que debía celebrarse en domingo. No por la fecha, sino porque era el día de la resurrección.

Durante décadas, ambas formas convivieron. Hubo cartas, discusiones y hasta intentos de imponer una práctica sobre la otra. Era una forma de definir qué debía pesar más, si la historia original o el sentido simbólico. En un momento, esa convivencia dejó de ser posible.

En el año 325, el emperador Constantino convocó el Concilio de Nicea, una reunión que buscaba unificar criterios dentro de una Iglesia que crecía rápido y, al mismo tiempo, se fragmentaba.

Concilio de Nicea.

Entre los temas teológicos, un tema urgente fue fijar la fecha de Pascuas. La decisión que se tomó no fue elegir una fecha fija, fue diseñar un sistema. Las Pascuas se celebraría el primer domingo después de la primera luna llena posterior al equinoccio de primavera.

Detrás de esta decisión hay varias capas. Primero, el equinoccio, establecido el 21 de marzo, marcaba un punto estable dentro del año solar. Segundo, la luna llena introducía el ciclo lunar, que ya era fundamental en los calendarios antiguos. Y finalmente, el domingo aseguraba el sentido cristiano de la celebración y la separaba definitivamente del calendario judío.

Pero esa decisión hizo que Pascuas se volviera una fecha móvil, y eso no era tan simple de manejar. En los siglos siguientes, calcular exactamente cuándo caía se convirtió en un desafío técnico. No existían herramientas modernas, y los ciclos solares y lunares no encajaban de manera perfecta.

Para resolverlo, se desarrollaron tablas y métodos de cálculo conocidos como computus. Monjes y estudiosos dedicaban años a perfeccionar estas cuentas. Además, de la fecha de Pascuas dependían otras celebraciones móviles, como la Cuaresma o Pentecostés. De esa manera, calcular Pascuas era organizar todo el calendario litúrgico.

Sin embargo, incluso con la fórmula, las diferencias no desaparecieron del todo. Durante siglos, distintas regiones calcularon la fecha de manera levemente distinta. Y cuando en 1582 el papa Gregorio XIII impulsó la reforma del calendario —el paso del calendario juliano al gregoriano—, la situación se volvió todavía más compleja.

El problema venía de antes. El calendario juliano, establecido en tiempos de Julio César, tenía un pequeño error: calculaba el año como ligeramente más largo de lo que realmente es. Esa diferencia, de apenas unos minutos por año, se fue acumulando con el paso de los siglos, desplazando progresivamente las estaciones. Como consecuencia, el equinoccio de primavera ya no coincidía con la fecha que la Iglesia había fijado como referencia.

La reforma gregoriana buscó corregir ese desajuste. Para hacerlo, se eliminaron días del calendario y se ajustó el sistema de años bisiestos, logrando una medición mucho más precisa del tiempo. A partir de entonces, gran parte de Europa —y con el tiempo, el mundo— adoptó este nuevo calendario, que es el que usamos hoy en la vida cotidiana.

Sin embargo, no todas las iglesias cristianas hicieron ese cambio. Mientras la Iglesia Católica y las iglesias protestantes comenzaron a calcular Pascuas según el calendario gregoriano, muchas iglesias de tradición oriental —como la Iglesia Ortodoxa— continuaron basándose en el sistema juliano para determinar esta celebración.

Estas iglesias, originarias de regiones como Grecia, Rusia o Serbia —aunque hoy tienen presencia en todo el mundo— utilizan ese cálculo tradicional para fijar la fecha de Pascuas. Y como entre ambos sistemas existe actualmente una diferencia de trece días, el resultado es que, algunos años, la celebración no coincide.

Esa diferencia deja en evidencia algo más amplio. Hoy, casi todo en nuestro calendario es fijo. Vivimos con fechas exactas, con agendas organizadas y recordatorios automáticos. Sabemos con anticipación cuándo cae cada evento importante. Las Pascuas, en cambio, siguen siendo una excepción.

No tiene una fecha estable. Cada año cambia, obliga a recalcular y depende de algo que no controlamos: el movimiento de la luna. Y eso, en un mundo que busca precisión constante, esa condición la convierte en una rareza.