El recorrido de Iván de Pineda hacia la fama no empezó en una pasarela ni respondió a un sueño vocacional. Más bien, todo lo contrario: el conductor dejó en claro que el modelaje fue un desvío inesperado en su vida, una decisión que nunca buscó pero que terminó marcando su destino.

Antes de convertirse en una figura reconocida de la moda y la televisión, su camino era otro. Trabajó en una cocina siendo muy joven, pasó por un empleo de data entry y hasta inició el CBC con la idea de estudiar Derecho o inclinarse por las relaciones internacionales. Nada hacía prever un futuro frente a cámaras.

El giro llegó casi por casualidad. En una charla distendida con Agustín Aristarán, recordó que el modelaje apareció como una broma que, sin proponérselo, se convirtió en trabajo.

“Yo nunca quise ser modelo. Nadie quiere ser modelo”, lanzó, con una sinceridad que rompe con el imaginario glamoroso de la profesión.

Lejos de romantizar esa etapa, De Pineda fue claro: no se trata de una elección habitual ni de una vocación común. Según explicó, es un camino al que llega un porcentaje mínimo de personas, muchas veces sin haberlo planeado.

Sin embargo, ese recorrido inesperado también tuvo su lado positivo. El modelaje le permitió viajar, conocer culturas diversas y vincularse con personas de distintos países, religiones e ideologías. Una experiencia que, aunque no buscada, terminó ampliando su mirada del mundo.

Con el tiempo, esa etapa quedó atrás. Iván de Pineda redefinió su rumbo y encontró su lugar en los medios desde otro rol, más cercano a su identidad y a sus intereses reales.

Su historia no es la de alguien que persiguió un sueño, sino la de alguien que supo correrse a tiempo de un camino que no sentía propio —incluso cuando ese camino ya le ofrecía éxito.