En una jornada marcada por el dolor y la crudeza, el juicio contra José Eduardo "Jota" Figueroa por el femicidio de Mercedes Kvedaras tuvo su punto de mayor impacto con la declaración de María Jiménez de los Ríos, madre de la víctima. 

Lo que comenzó la mañana del 4 de agosto de 2023 con un mensaje de audio cargado de presagios oscuros, terminó por destapar ante el tribunal una realidad de violencia sistemática oculta tras una fachada de perfección social en Salta. Entre relatos de celos obsesivos, desprecio verbal y un control asfixiante, Jiménez de los Ríos reconstruyó las horas desesperadas de la búsqueda en el barrio El Tipal y los detalles de un calvario que, según su testimonio, fue el preludio de un desenlace inevitable ante el deseo de autonomía de su hija.

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La mañana del crimen

El viernes 4 de agosto comenzó para María Jiménez de los Ríos en su lugar de trabajo, sin sospechar que un mensaje de voz a las 9 de la mañana cambiaría su vida para siempre. El remitente era su yerno, José Eduardo Figueroa. Con una voz que ella describió como “angustiada”, el audio sentenciaba: “Perdón María, no aguanté más. Mer y yo nos estábamos haciendo mucho daño. Ya no podía ser padre. A los chicos no les va a faltar nada”.

Interpretando que Figueroa planeaba quitarse la vida, María le respondió con desesperación: “Quedate tranquilo, no tomes decisiones equivocadas… pensá en tus hijos”. Inmediatamente llamó a su hijo mayor, Francisco, a quien le advirtió que algo malo estaba por suceder. Él le pidió que no fuera sola al barrio El Tipal. Tras recoger a su nuera, Agustina, en el hospital, ambas se dirigieron a la casa de la pareja.

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Una casa con señales inquietantes

Al llegar, la ausencia del auto de Mercedes y la presencia de la camioneta de Figueroa, con las llaves puestas, dispararon las alarmas. “Ahí me empecé a sentir extraña, una sensación rara”, relató María. Dentro de la vivienda, la empleada doméstica, Alicia, estaba angustiada y mencionó que alguien “petizo” había estado allí recientemente (quien luego se supo era Andrés C., un amigo de la pareja).

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La incertidumbre creció cuando María intentó comunicarse con su hija repetidamente sin éxito, pensando inicialmente que Mercedes podría estar en el gimnasio. Tras revisar la computadora de su hija, descubrieron que tenía un turno para jugar al tenis a las 11:00 en las canchas del mismo barrio, pero al llegar allí no había rastro de ellos.

El hallazgo 

La clave para localizar el vehículo provino de Buenos Aires. Su hijo menor, Manuel, quien tenía las claves del celular de Mercedes, logró geolocalizar el dispositivo cerca de las canchas de tenis. Al dirigirse a la zona indicada, divisaron el auto estacionado dentro de un terreno de la familia Figueroa, delimitado por un alambre.

La escena fue de un impacto brutal. La madre de Mercedes relató cómo se desplomó al ver a su nuera acercarse al auto y gritar: “¡Hay dos cuerpos, hay dos cuerpos!”. En medio del shock y sin poder caminar, María le gritaba a Agustina, quien intentaba abrir las puertas del vehículo: “¡Agustina, tomale el pulso! ¿Está viva? ¡Tomale el pulso!”.

Desde su posición, María alcanzó a ver el cuerpo de Figueroa reclinado en el asiento del acompañante, con el torso desnudo. “A decir verdad, yo pensé que él estaba sin vida. Yo pensé que los dos estaban sin vida”, confesó ante el tribunal.

Mientras la zona comenzaba a ser cercada por la policía y llegaba la ambulancia, María divisó a un familiar de Figueroa caminando solo por la calle. Al verlo, la madre de la víctima rompió en un grito desgarrador que resonó en todo el predio: “¡La mató, la mató, la mató!”. Según su testimonio, el hombre hizo un gesto con las manos, no se acercó y se retiró del lugar poco después.

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En la sala de audiencias, el relato de María de los Ríos describió a José Eduardo Figueroa como un hombre con una personalidad dual. Por un lado, era un integrante más de su familia, a quien ella había “adoptado como un hijo” debido a "la mala relación de él con sus propios padres".

Su testimonio fue una disección cruda de lo que definió como una “violencia agresiva muy grande”, oculta tras la fachada de una familia ideal. Lo que para el entorno social de Salta parecía un hogar armonioso era, en realidad, según la madre de la víctima, un escenario de sometimiento, celos obsesivos y descalificación constante que Mercedes Kvedaras terminó por naturalizar.

La “máscara” de la posesión

María describió a Figueroa como un hombre que no permitía que su hija tuviera libertad. “Era una persona posesiva, extremadamente celosa, extremadamente controladora”, afirmó ante el tribunal, recordando que ese patrón ya se había manifestado en relaciones anteriores.

El testimonio ante el tribunal expuso que "Jota" ya presentaba un patrón de conducta posesivo y controlador años antes de su relación con Mercedes. Según relató la madre de la víctima, Figueroa mantuvo un noviazgo previo con G. C., a quien sometía a una "estricta falta de libertad", prohibiéndole incluso elegir su vestimenta o salir con amigas debido a sus "celos obsesivos". Esta situación de hostigamiento fue de tal magnitud que la familia de la joven se vio obligada a intervenir y "enviarla a Buenos Aires a estudiar" para protegerla y lograr la ruptura definitiva. Pese a que Jiménez de los Ríos advirtió a su hija sobre estos antecedentes y le suplicó que no se involucrara con él, Mercedes inició el vínculo, el cual Figueroa habría utilizado inicialmente como una "herramienta para provocar celos" en su exnovia.

Una vez de novio con Mercedes, el imputado "ejercía un control permanente: no toleraba que ella caminara delante de él, que se arreglara o que “se exhibiera”. Incluso, cuando ella iba al gimnasio o al cerro, él la seguía para vigilarla".

El lenguaje del desprecio

Uno de los aspectos más impactantes del testimonio fue la descripción del maltrato verbal. María relató que, a pesar de que Mercedes era una mujer “extraordinaria”, Figueroa la denigraba con insultos constantes.

“Siempre era puta, trola, pajera, pata de pirata, nariz de gancho, dientes de conejo”, enumeró. Ante esto, Mercedes respondía: “Mamá, no lo hace de malo… él es así por su historia”, justificando la violencia desde la compasión.

La asfixia económica y el quiebre

El control también era económico. “Yo no soy tu cajero automático”, le repetía, generando en Mercedes una fuerte dependencia. Sin embargo, la mujer comenzó a revertir esa situación al retomar sus estudios de traductorado de inglés.

Esa autonomía, sostuvo su madre, fue intolerable para Figueroa y el detonante final del crimen: “Ya no la podía controlar, no la iba a retener, y eso despertó en él toda esa ira”.

El presente de la familia

Hacia el final de su declaración, María relató cómo la familia intenta reconstruirse. Junto a su hijo Francisco, se hizo cargo de sus nietos, a quienes definió como “un tesoro”.

“Decidimos que lo más importante era vivir y reorganizar nuestra vida por ellos”, expresó.

A pesar del dolor, cerró con una frase que marcó la audiencia: “No siento odio. Sé que mi hija ahora es libre. Estoy en paz”.