“El libro debe pensarse desde la construcción de la voz de Hebe (Uhart), no como el armado de un personaje. Puse algunos tics de ella, pero solo para mantener la idea de lenguaje coloquial, que es el propio de una clase de taller, muy diferente a cómo hablaría en una presentación pública o su voz desde un ensayo propio”, le dice a LA GACETA Literaria la periodista y escritora Liliana Villanueva, de quien Emecé acaba de publicar una nueva edición, ampliada, de Las clases de Hebe Uhart.

Villanueva (Buenos Aires, 1973) asistió desde 2003 y durante 14 años a los talleres de Uhart, fallecida en 2018, poco después de ver publicada la primera edición de sus clases. En esos años, la periodista y escritora (“sigo sin considerarme periodista. Escritora, un poquitín más. Pero es una tarea rara esa de leer y escribir como profesión”, dirá durante la siguiente entrevista), acumuló en cuadernos y apuntes las notas que tomaba de aquellos encuentros que tenían lugar en el departamento de Uhart en el barrio porteño de Almagro. “Escribí esos apuntes rápido”, contó en el prólogo a la primera edición. Ahora, en 2026, para la nueva edición, Villanueva agrega que este libro (y tal vez aquel) es “un libro abierto que nunca se acaba”.

Los talleres de Hebe Uhart se volvieron un clásico para quienes querían escribir. Los empezó en 1982, tras casi 30 años de docencia en la Biblioteca Nacional y se expandieron a otros centros de estudios, librerías y congresos de todo el país. Cuando murió, el 11 de octubre de 2018, Uhart dejó una amplia lista de novelas, cuentos y crónicas. De hecho, fue elogiada y considerada como una de las mejores cronistas de las últimas décadas.

-¿Las clases de Hebe Uhart puede ser un libro para escritores o gente que quiera escribir?

-Puede ser un libro para escritores, para gente que se está formando como escritora; puede ser un libro de lectura o de consejos. Eso debería decírtelo un lector, una lectora.

-En un momento del libro referís que te sirve budín de mandarina en un plato tipo años 70. Y agregás que “Hebe no guarda nada”. ¿Era una persona despojada de lo material?

-Hebe era despojada, sí. Desprendida, podría decirse. Regalaba, rifaba, repartía lo que tenía, sobre todo en los últimos años de su vida. No le daba valor a los objetos, ni tampoco a los libros en sí. No era coleccionista. En Las Clases… hay una parte donde ella dice que se desprendió de una vajilla de familia “porque le era ajena”, y se la vendió a unos gitanos. Hebe era de muchas maneras. Esta es su versión de cómo daba taller, aún si Las Clases… están armadas, ya que nunca dio una clase así, tan compacta. Hebe era un mundo. No solo su literatura, que te daba permiso para escribir sobre los temas más sencillos, desde la manera en cómo se sienta un perro en un pueblo hasta un viaje a China o un personaje ruso. En todo momento sentías que era la maestra. Alguien que podía guiarte, manteniendo las distancias. Hay pocas personas así. Creo que cada vez hay menos maestros, maestras. Y encontrar uno, una, es una especie de milagro que se da pocas veces en la vida.

-¿Cómo sentís o pensás que eras en lo personal antes de comenzar los talleres con Hebe y cómo saliste de ellos?

-En lo personal, el taller de Hebe me organizó: de alguna manera, yo estaba un poco perdida en Buenos Aires después de mi llegada de Rusia. Lo cuento en la intro a la primera edición. Entré en el taller escribiendo desde el no-yo periodístico y mi trabajo fue, más que nada, encontrar un yo de escritura. Parece fácil pero no es nada sencillo.

-Por lo que contás en el libro, Hebe hablaba o tenía como referencia a los escritores rusos. ¿Los rusos también influyeron en tus lecturas y escrituras?

-Los rusos influyeron mucho en mis lecturas. Esto tiene que ver con una mirada distinta hacia el mundo y un trabajo más compasivo con los personajes. Se trata de crear personajes vivos, no de esos que son solo máscaras huecas rellenas con las opiniones del autor o autora. Pero Hebe no hablaba de personajes vivos, en el sentido de que tienen vida, pero alguna vez recordó a su maestro que le decía que un buen texto estaba vivo y uno malo estaba muerto. Eso aparece en el capítulo final sobre El taller… Hebe daba a Anton Chejov, pero no lo trabajó como autor dentro de una escuela sino que se leían sus cuentos, los cuadernos de notas. A Míjael Chéjov lo trató en una época, después se cansó y lo dejó. A la (Nina) Berbérova, como cuento en esta edición, la trabajó solo una vez. Si no recuerdo mal éramos pocos en el taller o puede que estuviera sola, o con una compañera. Como no la repitió no fue incorporada a los talleres posteriores. A Hebe no le importaban las escuelas literarias, trabajaba los contenidos según las necesidades del taller. Su elección de los textos era un poco fortuita, azarosa, nunca desde la sistematización literaria.

-¿Cuáles fueron las ventajas de no grabar las clases de Hebe?

-No grabé las clases porque a ella no le gustaba, se sentía incómoda, además de que no fui a su taller como periodista. Una vez una compañera grabó una clase entera y Hebe no podía dejar de mirar la lucecita de ese celular prendido. No le dijo nada, pero estaba claro que se sentía molesta. No se puede grabar una clase de taller porque no es únicamente Hebe la que habla, no me parece bien estar grabando a otras personas cuando hablan de sus propios temas o problemas de escritura. Eso aparece muy poco en el libro, solo cuando Hebe lo registra como un ejemplo a evitar. Me gustaba el vocabulario de Hebe, esa forma setentista que tenía de hablar. Quizás por eso me llamaban tanto la atención sus clases y les presté más atención. Y tomé nota.

-¿Qué fue lo que no te gustó o te hizo cierto ruido de aquellos encuentros?

-En un taller hay celos, hay envidias, como en todos los grupos humanos. Qué dice la maestra, qué no dice. Mucha gente va pensando en que escribió un texto magnífico, ponderable, y se desinfla mal cuando la reacción es nula o tibia. Hebe era muy mediadora y se daba cuenta enseguida como para reparar los daños posibles. Los muy orgullosos o soberbios no se quedaban mucho tiempo. A una autora conocida, de la que no diré el nombre, no la aceptó porque ella quería clase individual. Hebe le dijo: “Yo individual no doy. Me aburro”. La escritora, que me conocía y sabía que yo iba al taller, me retiró la palabra. Este es un ambiente con las vanidades muy a flor de piel.

-¿En qué cosas no coincidiste con Hebe?

-Aunque haya escrito este libro no estoy de acuerdo con todo lo que dice. Ejemplo: el uso de la metáfora. Por eso agregué a Borges, que Hebe directamente no daba: para completar un concepto que no me parecía cerrado. Creo que la metáfora puede ser peligrosa, como una alumna que estuvo en Hiroshima y en su texto comparó el sol de un día cualquiera, cuando ella fue como turista, con la bomba atómica. Es grotesco. ¿No es mejor buscar un adjetivo? Yo creo que hay que trabajar el adjetivo, buscarlo, no ir directamente a la metáfora porque suene poético.

-En uno de los talleres de Hebe escribiste sobre un secuestro que viviste. ¿Qué tan liberador fue escribir aquello?

-Lo del secuestro creo que lo mencioné en tercera persona. De todas maneras, sí, fue liberador. Pero no en el sentido terapéutico. Cuando encontrás las palabras para explicar un hecho traumático de tu vida, y para eso también sirve la escritura, parte del trabajo de la elaboración está hecho. Leí ese texto en el taller, que era bastante largo, y el silencio que se hizo después, entre mis compañeros y también de parte de Hebe, me dio la pauta de cuánto había puesto de mí en ese texto, que de ninguna manera estaba perfecto. Era un primer borrador y Hebe me dijo que lo guardara para más adelante, cuando pudiera reelaborar lo vivido.

PERFIL

Liliana Villanueva nació en Buenos Aires. Vivió en Berlín, Moscú, Montevideo y, durante un tiempo, en África. Es arquitecta por la UBA y doctora en Arquitectura por la Universidad de Darmstadt. Fue corresponsal de prensa en Rusia. Ha publicado Las clases de Hebe Uhart (2015, Premio del Lector de la Fundación El Libro), Sombras rusas (2017, que incluye crónicas ganadoras del Premio Osvaldo Soriano), Lloverá siempre. Las vidas de María Esther Gilio (2018, Premio Casa de las Américas) y El mar nunca se acaba (2022, Premio Mikel Essery, País Vasco). En 2024 recibió el Premio Konex Diploma al Mérito en la disciplina Crónica.

Por Alejandro Duchini - Para LA GACETA