El origen no fue médico, sino comercial y con fines publicitarios. El postulado “El desayuno es la comida más importante del día” en la actualidad tiene aval científico, pero para llegar a ello pasaron muchas situaciones singulares. Un juicio que empezó en el año 1906 y terminó en 1920 fue el que destrabó todo y puso en funcionamiento una industria que se mantiene sin crisis desde que nació. La frase es una de las campañas de marketing más exitosas del siglo XX.
Si un hermano menor no llevaba a juicio al mayor, su familia no hubiera amasado una fortuna que crece hasta hoy. Tampoco el mundo entero se hubiera acostumbrado a lo que muchos sienten como un placer: meter la mano en una bolsa de cereales azucarados y comerlos directamente.
De película
En estas latitudes las Zucaritas, el cereal más popular del mundo tiene ese nombre comercial, y fue la familia estadounidense Kellogg, con precisión dos hermanos, quienes por una obsesión moral que dejó de serlo tras el enjuiciamiento, se convirtió en un imperio global por pura ambición comercial y la pelea familiar de película.
Si el hermano mayor John Harvey Kellog se hubiera salido con la suya, probablemente los cereales habrían quedado confinados a clínicas de salud para gente rica con problemas digestivos. El conflicto de John Harvey fue con Will Keith que trabajó durante años como el asistente de su hermano médico.
El mayor fue el cerebro creador, pero no tanto el vendedor. John Harvey era un médico adventista con ideas muy particulares sobre la salud y la abstinencia. Con James Caleb Jackson crearon los primeros cereales procesados, pero con una curiosa orientación: sana y moral.
Kellogg dirigía el famoso Sanatorio de Battle Creek, en Michigan, donde nacieron. Su filosofía se basaba en la "Vida Biológica", con la meta de evitar el pecado, específicamente lo que él llamaba "excitación de las pasiones".
Mientras John Harvey veía el cereal como una medicina espiritual, Will vio el potencial de consumo masivo. Él sabía que nadie iba a elegir comer por placer cartón crujiente, el aspecto y textura de ese entonces. Al añadir azúcar, lo transformó, según la visión de su hermano, en un "castigo moral", pero en un postre aceptable para el desayuno.
El conflicto
El juicio entre los hermanos Kellog hizo una especie de cambio en la alacena del planeta. La pelea fue tan amarga que llegaron a la Corte Suprema. Cuando Will ganó el derecho a usar el apellido Kellogg para su empresa de cereales dulces, John Harvey tuvo prohibido comercializar los suyos bajo ese nombre.
El más chico invirtió fortunas en publicidad en una época donde casi nadie lo hacía. Gastó millones para convencer a las madres de que esos cereales eran la opción más rápida y moderna para sus hijos. Sin el juicio, John Harvey probablemente hubiera mantenido la fórmula original, insípida y destinada solo a pacientes. El cereal nunca habría saltado de la clínica al supermercado.
Con una lectura mucho más incisiva, Will Keith Kellogg no solo vendió cereales, vendió el concepto de conveniencia. El comercio del desayuno como alimento casi no existía: no era un hábito levantarse, comer algo, y si se lo hacía, cualquier cosa que estaba en la cocina era buena. En plena Revolución Industrial, con la gente corriendo a las fábricas y oficinas, el cereal "listo para comer" fue la solución perfecta.
Probablemente, si el Dr. Kellogg entrara hoy a un supermercado y viera los cereales azucarados multicolores, le daría un infarto al ver tanta "inmoralidad" junta. Si viera una caja de Zucaritas, pensaría que es un "arma de destrucción moral masiva".
Para él, el azúcar era un estimulante que llevaba a la degeneración. En síntesis, un hermano quería que el mundo comiera cereales para ser puro y tranquilo, sin picos de pasión, mientras que el otro hizo todo, hasta pelearse con su propia sangre, para ser rico.