Un mono bebé abrazando un peluche debería ser una escena conmovedora, imposible de discutir. Sin embargo, el caso de Punch, un pequeño macaco cuyos videos se volvieron virales en las redes sociales, generó algo más que emoción. Despertó burlas, irritación y comentarios agresivos. Aparecieron comentarios sarcásticos, críticas al interés que generó el animal e incluso mensajes cargados de desprecio.

El fenómeno dejó en evidencia una dinámica cada vez más frecuente en internet y las redes sociales: incluso contenidos aparentemente inocentes pueden convertirse en escenarios de confrontación.

¿Por qué ocurre esto? ¿Por qué una historia que parece destinada a enternecer termina despertando rechazo?

Las redes sociales suelen amplificar este tipo de reacciones. Allí, la emoción inmediata muchas veces reemplaza a la reflexión, y el comentario impulsivo se convierte en la forma dominante de interacción.

El licenciado en Psicología Adrián Smulovitz sostiene que ese fenómeno no implica que internet haya creado nuevas emociones, sino que facilita su expresión: “las redes dan nuevas maneras de manifestar un odio ya existente”, explicó. La agresividad, la rivalidad o la hostilidad forman parte desde siempre de la vida psíquica, pero encuentran en las plataformas un espacio para mostrarse públicamente.

Agregó que las redes “reducen mediaciones y facilitan la descarga emocional”, lo que genera interacciones más rápidas, visibles y, muchas veces, más crueles. En ese contexto, la agresión puede volverse contagiosa: “Un sujeto que pasa mucho tiempo en un ambiente donde circulan insultos, humillaciones o faltas de respeto no puede quedar intacto. Ver agresión normaliza la agresión y la vuelve imitable”, señaló.

Cuando el anonimato quita los frenos

Otro factor que interviene en el tono de las discusiones digitales es la sensación de anonimato. Según Smulovitz, cuando las personas sienten que no están realmente expuestas, aparecen menos inhibiciones: “cuando alguien siente que no pone verdaderamente el cuerpo o que no está comprometido con las consecuencias de lo que dice, se suelta más fácilmente lo peor”.

Sin embargo, el fenómeno no se limita a las cuentas anónimas. Incluso con nombre y apellido, muchas veces los usuarios participan de discusiones sostenidas por identidades grupales o “tribus” digitales.

En ese contexto, señaló el psicólogo, se pierde la dimensión singular del otro y también la responsabilidad individual por la palabra.

La mirada sociológica

Para María Macarena Morán Thomas, Licenciada en Sociología, el fenómeno actual va más allá de simples desacuerdos. Hablar de “cultura del odio” implica reconocer que ya no se trata solo de conflictos puntuales: “El término apunta a que no estamos frente a desacuerdos aislados, sino ante formas relativamente estabilizadas de producir alteridad”, explicó.

Las plataformas digitales no funcionan como simples espejos de lo que ocurre en la sociedad. “Tienen una lógica propia de circulación que privilegia la intensificación afectiva”, señaló Morán. En ese entorno, emociones como la indignación, el sarcasmo o el enojo generan mayor interacción y terminan estructurando gran parte de la conversación pública.

Cuando el desacuerdo se convierte en enemigo

Las discusiones políticas son uno de los espacios donde este clima se vuelve más visible. Smulovitz observa que muchas diferencias ideológicas hoy se viven de manera profundamente emocional: “El otro deja de aparecer como alguien equivocado y pasa a ser alguien peligroso o moralmente despreciable”, explicó. En ese punto, la discusión deja de ser argumentativa y se vuelve identitaria.

La filósofa Hannah Arendt ya advertía que la violencia suele emerger cuando las sociedades atraviesan tensiones profundas. En las redes, esa violencia muchas veces se expresa a través del lenguaje.

Aunque el fenómeno se origine en internet, sus efectos no quedan confinados al mundo virtual.

Según la socióloga, lo digital produce nuevas disposiciones en la forma en que las personas perciben y reaccionan frente a los demás. Desde esta perspectiva, el fenómeno puede pensarse con el concepto de habitus del sociólogo Pierre Bourdieu: las interacciones digitales, explica, configuran formas de percepción y reacción que terminan influyendo en la vida cotidiana.

Esto redefine los umbrales de tolerancia frente al conflicto y modifica las expectativas de interacción entre las personas.

Entonces, ¿por qué estamos tan enojados?

Para los especialistas, la agresividad digital no puede explicarse únicamente por el funcionamiento de las plataformas. También refleja un clima social marcado por la frustración, la polarización y la dificultad para tramitar las diferencias.

“Detrás de muchas escenas de odio en redes no hay solo maldad o mala educación”, señaló Smulovitz, muchas veces también aparecen emociones como fragilidad, frustración o enojo frente a contextos de incertidumbre. Comprender esas condiciones, advierte, no significa justificar la violencia, pero sí permite entender por qué el odio se vuelve tan fácil de expresar.

Punch no reveló algo sobre los monos, sino sobre nosotros

En un clima social marcado por lo que François Dubet llama "pasiones tristes" (frustración, indignación y resentimiento), hasta un video viral se convierte en un campo de batalla. Al final del día, el pequeño mono terminó funcionando como un espejo de cómo nos sentimos como sociedad: fragilizados, apurados por reaccionar y con una dificultad creciente para tramitar la diferencia sin convertirla en odio. Tal vez por eso Punch terminó siendo algo más que un fenómeno viral.