Tucunuco “nació” tres veces. La primera, como posta del siglo XIX en el norte sanjuanino, en ese territorio áspero del departamento Jáchal, a 115 kilómetros de la capital, donde el viento pule la piedra y la distancia parece agrandar el silencio. Más cerca en el tiempo, fue una colonia agrícola iniciada por la familia Cantoni. Con el paso de los años, otra historia, efímera y cargada de ribetes que rozan lo fellinesco, habría de tomar forma. Hoy, rodea a lo que alguna vez fue un pueblo un ambiente de misterio y melancolía, que lo convierten en un destino de turismo histórico y fotográfico.

Poco a poco en el lugar fueron apareciendo señales de vida. A finales del siglo XIX se trazaron las vías del Ferrocarril Argentino del Norte. Con el tiempo, la estación se integró al trazado de trocha angosta que unía Estación Coll con Jáchal del Ramal A7 del Ferrocarril Belgrano, inaugurada el 7 de junio de 1931.

La estación Tucunuco (el término parece estar asociado a una voz indígena de los capayanes, en la que “tucu” se refiere a un coleóptero común en la zona y “muko” significa removido o aplastado), tenía edificio de piedra, tanque de agua para locomotoras a vapor y telégrafo. Para llegar, los trenes debían bordear el cerro Villicum por Talacasto, venciendo una geografía difícil.

Plantaciones de olivos

La segunda vez que Tucunuco nació tuvo su origen en la década de 1950. Según la historiadora Leonor Paredes, fue cuando el político, médico, diplomático e industrial Federico Cantoni impulsó allí una empresa olivarera, que cultivó unas 80 variedades de olivo. En el lugar se hizo una plaza central, una iglesia (levantada en piedra en 1955, bajo idea de Graciela, la esposa de Cantoni), un molino harinero y una escuela. Contaba con correo y telégrafo. Esto convirtió ese paraje en una pequeña avanzada de orden humano en medio del desierto. Hasta principios de 1970 había 50 familias viviendo, pero ya en medio de una crisis de la olivicultura. Por esto y por la falta de agua, emigraron.

Años después, surgen dos vertientes para una misma historia.

LA ESTACIÓN. Una belleza arquitectónica levantada en piedra. asdfasdf asdfasdfasdfasdf

Una indica que, en 1975, el gobernador Eloy Camus imaginó que ese paisaje todavía podía dar otra oportunidad. Imaginó que se podría poblar el interior de San Juan, llamar familias jóvenes, mezclar trabajo, comunidad y arraigo. La convocatoria salió al país entero y encontró eco en quienes querían cambiar de vida, romper con la rutina urbana y probar una forma distinta de habitar la tierra. Los interesados tuvieron que hacer numerosas gestiones, mientras el país se debatía en una crisis política terrible que llevaría, pocos meses después, al derrocamiento del gobierno constitucional y a la instalación de una dictadura militar.

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No obstante las dificultades, llegaron 16 familias, muchas con hijos, cargadas más de fe que de certezas. No arribaron a un vergel, estaba claro: les esperaba un sitio duro, despojado. Venían de climas húmedos y fueron a parar a una región de apenas 50 milímetros de lluvia al año. Se encontraron con alacranes, escorpiones, vinchucas, arañas, víboras, pumas, canales precarios, falta de agua potable, ranchos abandonados, una escuela que debieron usar primero como refugio y luego abandonar para dar paso a las clases. Después levantaron carpas. Más tarde, paredes de adobe y techos de paja. Y mientras tanto, trabajaron.

ENTRADA. Llegada de los colonos que buscaron hacer una cooperativa.

El sueño tenía una forma concreta: cooperativa, producción, casas antisísmicas, huerta, acequias, olivares recuperados, alfalfa, niños creciendo en comunidad. “No queríamos cambiar el mundo, pero sí nuestras vidas”, resumió Jorge Navarro en una entrevista en La Nación. Esa frase condensa el espíritu de Tucunuco mejor que cualquier consigna: no había allí un manifiesto grandilocuente, sino una voluntad sencilla y firme de empezar de nuevo. Beatriz Scelzo lo dijo con la misma claridad: “Éramos soñadores”.

El “Japonés”

Para la segunda historia aparece una figura extraña, casi novelesca: el “Japonés”. Así llamaban a Juan Tsukame, de acento chileno, que habría sido quien lanzó la convocatoria radial que encendió la chispa inicial. “Convocaba a colonizar San Juan”, recordó Scelzo. Él hablaba de una colonia que se autoabastecería, de una vida comunitaria, de una salida posible. Tenía carisma y una capacidad singular para empujar a otros a creer. Muchas familias oyeron el llamado por radio y comenzaron a desarmar su vida anterior. Renunciaron a trabajos, rescindieron alquileres, vendieron bienes. Pero antes de que la empresa echara raíces, descubrieron irregularidades: Tsukame se aprovechaba del grupo, tomaba alimentos, arrastraba a su propia familia al centro del proyecto. Lo expulsaron.

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Las familias llegaron a finales de diciembre de 1975, después de cruzar medio país en el tren Zonda. Los esperaba la inmensidad seca, la ruta 40, las sierras casi yermas, los ranchos, el espinal de molles, la ausencia. “No hay nada allá”, les habían advertido. Pero ellos vieron otra cosa. Donde había tierra cuarteada imaginaron cultivo; donde había ruina, comunidad; donde había desierto, porvenir. Limpiaron acequias, hicieron huertas, sumaron alguna vaca lechera, desmontaron, levantaron muros, cargaron piedras, organizaron tareas. Aprendieron a traer agua, a dormir en carpas, a convivir con la intemperie. “Fuimos felices, era todo por todos, nuestro sueño se hizo realidad”, diría Scelzo. Y esa felicidad no necesitaba adornos: fue la alegría concreta de quienes, por un instante, sintieron que la vida podía ordenarse de otro modo.

El Estado provincial, en esos primeros meses, acompañó. Hay una anécdota, casi leyenda, en la que se cuenta cómo llegó Camus a Tucunuco con su gabinete, a poco de haber visto trabajar a colonos mientras pasaba por la zona en helicóptero. Entonces se proyectaron viviendas en herraduras concéntricas, con plaza central, espacios verdes y sendas peatonales. Así llegaron obreros, materiales, ayuda alimentaria. Los colonos querían que la propiedad fuera común, de la cooperativa, no una suma de parcelas individuales. También ahí había una definición de fondo: querían fundar un pueblo, no apenas repartirse tierras.

El golpe

Pero la historia argentina entró con violencia en ese rincón del desierto. El golpe del 24 de marzo de 1976 quebró todo. De un día para otro se interrumpieron los envíos, desapareció la asistencia, se retiraron obreros y materiales. El grupo electrógeno prometido nunca llegó. El combustible dejó de aparecer. La comida se redujo a yerba, azúcar y harina. Pese a que tenían una fluida relación con Gendarmería Nacional, la sospecha cayó sobre ellos por el sólo hecho de organizarse en cooperativa. Lo que para los colonos era trabajo en común, para los militares empezó a ser una señal de amenaza. Pasaron de ser llamados “porteños”, a ser llamados “subversivos”. Los vigilaron. Los fueron cercando. Los acusaron de armar un campo de adiestramiento militar y no una colonia agrícola.

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Resistieron y vivieron como podían. Comieron mal. “Nos alimentábamos con cebollas y tomates… Tomábamos mate cocido sin azúcar”, contó Osvaldo Zanni, y agregó: “Llegamos a alimentarnos de alfalfa”. La médica del grupo, Norma Procelario de Losada, tenía un trabajo remunerado en el puesto sanitario de Niquivil (distante 20 kilómetros) y destinaba el sueldo que ganaba a comprar leche y fruta para los más de 40 chicos que vivían en Tucunuco. Los habitantes llegaron a vender jume, un arbusto del desierto, para conseguir algún dinero. Repararon canales que el agua y la arena destruían una y otra vez. Sostuvieron de ese modo un sitio cuya hostilidad era creciente.

El 21 de septiembre de 1976 llegó el quiebre definitivo. Durante la siesta, patrulleros y un camión irrumpieron en Tucunuco. Hubo gritos, disparos al aire, requisas, amenazas, golpes, robos y detenciones. Se llevaron a varios hombres. Los separaron de sus familias, los acusaron. Quienes quedaron hicieron denuncias que no encontraron respuesta. Los detenidos fueron liberados días después, pero el pueblo ya había sido herido en su centro moral. No fue sólo el miedo: fue la evidencia de que en aquel lugar ya no había margen para construir nada.

Las mujeres fueron las primeras en decir basta. Después comenzó la diáspora. Algunas familias se fueron a Jáchal, otras regresaron a sus provincias. Sólo unos pocos intentaron resistir un poco más. Hasta que también debieron irse.

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Lo que quedó fue el esqueleto de una esperanza. La calle de las palmeras marcada por troncos secos. La iglesia sin techo. Las casas sin pisos ni cerramientos. La estación, un edificio magnífico levantado en piedra, arrasada por el vandalismo. Las vías ya no trajeron ni llevaron nada. La naturaleza terminó de hacer lo suyo: agrietó la tierra, secó los árboles, convirtiendo al lugar en una referencia pos apocalíptica.

Hoy, un cartel sobre la ruta 40 señala unas ruinas. Las que son un atractivo para turistas y curiosos. Las que son objeto de fotos y videos increíbles, muchos de los cuales se pueden ver en redes sociales, o en artículos periodísticos.

Hoy, Tucunuco no es sólo un pueblo fantasma. Es también la memoria de una tentativa. Su historia no parece estar en lo que fue su caída, sino en esa obstinación con la que un puñado de familias intentó levantar, en el borde del desierto, una idea. Una que no pudo durar, pero que todavía resiste en la memoria de quienes la vivieron y en las ruinas que el viento no termina de borrar.

EL CARTEL. Sobre la ruta 40 hay una referencia de Tucunuco.

El hombre misterioso

Hay quienes sostienen que el origen de la experiencia de Tucunuco no puede entenderse sin la aparición de Juan Tsukame, un personaje tan decisivo como escurridizo y misterioso. Su nombre comenzó a circular en 1975, cuando una carta suya fue leída al aire por Julio Lagos en Radio Continental. Habría nacido en Chile, de padres japoneses. Cuando lanzó el mensaje que proponía radicarse en San Juan para poner en marcha un asentamiento productivo basado en la organización conjunta del trabajo, vivía en Mar de Ajó, tenía esposa y siete hijos. Manejaba un discurso persuasivo, capaz de entusiasmar con rapidez. Cuando las familias comenzaron a desprenderse de bienes, cerrar etapas laborales y empezar a viajar a San Juan, Tsukame ocupó un rol central como articulador. Sin embargo, su figura empezó a resquebrajarse cuando se detectaron manejos irregulares con provisiones compradas entre todos y la incorporación de su entorno familiar a esa estructura compartida de una manera que generó malestar y desconfianza. La reacción fue rápida: decidieron apartarlo antes del traslado definitivo. Después de esto, de Tsukame poco se supo. Algunas referencias lo ubicaron en Villa Carlos Paz, rodeado de una fama ambigua, asociada a iniciativas grandilocuentes, promesas difíciles de sostener y una vida marcada por la inestabilidad.

Una zona con varios dueños

Mucho antes del experimento comunitario de 1975, Tucunuco ya tenía vida. Hay muchos documentos que así lo prueban.

Originalmente las tierras fueron dadas a través de una Merced Real por el fundador de Jáchal, Juan de Echegaray, a la familia Espejo. Luego, Juan Antonio Espejo las vendió a José Javier Jofré en 1797, que dividió la estancia en dos. En 1845 pasó a manos de Eugenio Doncel, y en 1902, su dueño ya era Pedro Doncel.

UNA CRUZ. Aún está en pie sobre una gruta, entre árboles secos.

Federico Cantoni compró la propiedad unos años después y las destinó a explotaciones agrícolas; en ese tiempo surgió un poblado, con escuela e iglesia. Pero el proyecto, luego de años de buenos resultados, terminó siendo abandonado.

Los colonos de Tucunuco de los años 70 compraron 67.000 hectáreas de esa propiedad a través de un crédito del Consejo Agrario Nacional. La gestión de compra la hizo la provincia y como el grupo todavía no tenía forma jurídica, provisoriamente esos terrenos fueron inscriptos a nombre del gobierno de San Juan. Con la caída del gobierno constitucional en 1976, no se reconocieron los derechos de los colonos y las tierras quedaron a nombre de la provincia. El Consejo Agrario Nacional fue disuelto y la provincia no tuvo que cancelar el crédito, con lo que las tierras quedaron para ella en forma gratuita.