La mañana en el complejo Ojo de Agua nació con el mismo tono que el presente de Atlético: un gris plomizo, denso, una representación simbólica del desánimo que atraviesa el equipo en este Apertura. No fue una lluvia torrencial, de esas que “limpian toda la basura de las calles” como las que deseaba Travies Bickle (Robert De Niro) en la Nueva York de Taxi Driver; fue, en cambio, una llovizna persistente, una humedad molesta que se pega a la piel como esa racha de visitante que ya encadena 418 días de sequía. En el predio, el silencio sólo se rompió por el sordo impacto de los tapones sobre el barro y las órdenes de un Julio César Falcioni que, oculto bajo su capucha, pareció personificar la resistencia ante la tormenta.

El contexto se explica en cada mirada perdida que deambulaba por el José Salmoiraghi. Una única victoria en 10 fechas del Apertura no admite sonrisas, mucho menos para los protagonistas que aún mastican el polvo de la derrota contra Barracas Central y deben, por imperativo del calendario, reponerse con inmediatez para recibir el viernes a Gimnasia.

Pero hay una certeza que sobrevive al mal tiempo: la única manera de atravesar una crisis es hundiéndose en el trabajo, y el plantel lo entendió desde temprano. A las 7.45 llegó el “Emperador” y, minutos más tarde, sus dirigidos iniciaron la jornada bajo techo, refugiados en el gimnasio. Fue un prólogo de hierro, pesas y disciplina para templar el ánimo antes de enfrentar la intemperie.

Disciplina

Tras 45 minutos de encierro, la acción se trasladó al barro. “Capaz que no salen, van a arruinar el césped”, advirtió un empleado del predio mientras veía caer el agua con fuerza. Se equivocó.

El cuerpo técnico sabe que en el fútbol de hoy las horas de trabajo son un lujo que no se puede malgastar, y el plantel saltó al campo desafiando una lluvia que a esa hora ya azotaba con menor saña el complejo.

Mientras los jugadores se dividían en grupos para focalizar tareas, el movimiento en los portones de Ojo de Agua hablaba por sí sólo. Cada empleado que pasaba dejaba caer un comentario casi como una plegaria: “Esperemos que los muchachos puedan revertir esto. Si les va bien a ellos, nos va a ir bien a nosotros”.

En el fondo, el ruido de los camiones y autos que traían los víveres para el almuerzo se mezclaba con el jadeo de los arqueros. Luis Ingolotti, Tomás Durso y Patricio Albornoz trabajaron sin tregua en el arco más cercano a la entrada. Y fueron los primeros en subir la intensidad y los últimos en rendirse.

En el nudo de la práctica, Falcioni fragmentó el esfuerzo. Una parte del grupo se entregó al rigor físico y la otra al fútbol reducido a lo ancho de la cancha, buscando soluciones en espacios mínimos.

En medio del escenario gris, apareció el contraste: los juveniles. Cargados de una esperanza que el profesionalismo a veces desgasta, los chicos de las inferiores cruzaron el predio entre risas y empujones, ajenos al peso del presente, preparando su propio viaje a Mendoza para enfrentar a la “Lepra” este fin de semana. Fue un recordatorio de que, bajo la tormenta, la vida del club sigue latiendo.

La jornada se estiró hasta rozar las tres horas de esfuerzo continuo. Los últimos en abandonar el campo, casi como un símbolo de quienes deben sostener el arco en las malas, fueron los arqueros, que se quedaron desactivando centros y remates de la mano de Carlos Barrionuevo hasta que el cuerpo técnico dio por finalizada la sesión.

Al final, no hubo banquete ni sobremesa. Los jugadores retiraron sus viandas de comidas y abandonaron el predio de a uno, perdiéndose en la neblina del mediodía. Se fueron como llegaron: mojados, serios y en silencio, con la magra satisfacción del deber cumplido en una jornada en la que el clima no dio tregua.

Ahora, en 25 de Mayo y Chile, sólo queda esperar que deje de llover. Que el viernes, desde las 21, el ambiente en el Monumental se descomprima y dé lugar a un rayo de luz que atraviese Barrio Norte. El “Decano” ya se cansó de mojarse, de retirarse de los estadios bajo nubarrones negros y con la mirada baja. El viernes, más que un pronóstico, es una súplica: que el sol, por fin, vuelva a salir.