El uso de protector solar suele tener su pico de aplicación en verano, pero en invierno… ¿qué pasa? ¿Incide la posición geográfica de la provincia? Incluso si el cielo está gris o hace un frío que congela lo mejor es no prescindir de su uso. En realidad, la piel no distingue de estaciones. 

El daño lo causan los rayos ultravioleta (UV): los UVB, son más fuertes en verano y causan las quemaduras rojas, los UVA están presentes todo el año con la misma intensidad (atraviesan nubes y vidrios, son los responsables del envejecimiento prematuro y las manchas).

Sabemos que el sol de "El Jardín de la República" no perdona, ni siquiera cuando estamos a la sombra. Tucumán tiene particularidades climáticas que hacen que el protector solar sea un aliado estratégico, no solo un cosmético. 

El invierno tucumano suele ser seco y con cielos muy despejados. A diferencia de Buenos Aires o el sur, donde hay muchas nubes, el índice UV se mantiene moderado-alto incluso en julio. Cuando baja el viento norte y sube la temperatura, la piel se deshidrata muchísimo. El protector actúa como un escudo para que la humedad de la piel no se evapore. Incluso en los días "frescos", Tucumán mantiene cierta humedad ambiente, por esa razón hay que evitar protectores muy pesados o grasosos que se usan en climas polares lo que evitará que la cara se sienta "pegajosa".

Zonas y factores

Hay que prestar atención también a las zonas que deben protegerse. Las orejas y el cuello son partes del cuerpo que suelen quedar expuestas mientras el resto está bajo capas de vestimenta que abrigan mucho. 

En cuanto a los factores de protección un SPF 30 es adecuado para días de oficina o trámites rápidos. Para tener en cuenta: SPF son las siglas de Sun Protection Factor, Factor de Protección del Sol. Esta etiqueta indica tiempo y porcentaje de filtrado: si la piel tarda 10 minutos en ponerse roja bajo el sol de Tucumán sin nada, teóricamente el SPF 30 protegería 30 veces más tiempo antes de generarse una quemadura. 

Vale remarcar que el cálculo está realizado en condiciones de laboratorio. En la vida real, transpiramos, nos tocamos la cara o el roce de la bufanda saca el producto, por eso hay que reaplicar cada dos o tres horas sin importar el número de protección.