Las crisis inciden en los números en todos los ámbitos sociales. Tradicionalmente, se pensaba que los 21 o 22 años marcaban el deseo de independencia, ahora ese rango pasó al grupo de 25 a 35 años. Según informes recientes de la Fundación Tejido Urbano basados en la Encuesta Permanente de Hogares (el INDEC es el que utiliza el método), aproximadamente el 38,3% de esas personas viven con sus padres o abuelos.

Muchos recién logran mudarse cerca de los 30 años, y la gran mayoría no lo hace solo, sino en pareja o compartiendo gastos. Así, vivir solo es la excepción en la actualidad: solo el 8% de los jóvenes  vive en hogares unipersonales a nivel nacional. En la Ciudad de Buenos Aires (CABA), este número sube al 20% debido a la mayor oferta de monoambientes y sueldos promedio algo más altos, pero sigue siendo una minoría.

Cambio de paradigma

La percepción de compartir una vivienda que se veía como un fracaso personal es concebida como una estrategia de ahorro. Otras estadísticas indican que el 90 % de personas sub-35 que viven fuera de la casa donde nacieron lo hacen acompañados por su pareja o amigos. 

La clase media joven logra de esa manera "ganarle" a la inflación y a los precios de los alquileres para cumplir una meta de realización en su vida. Cuando esta situación no responde a una elección personal, sino a una necesidad económica, puede tener consecuencias en el bienestar psicológico. 

Y ahí la estrategia empieza a mostrar sus puntos negativos. Uno de los motivos por los que se vuelve contraproducente es si con el compañero o compañera el vínculo no es familiar o de pareja, más basado en la amistad o incluso arriesgarse con alguien desconocido que también desea independizarse. 

Los expertos apuntan que se puede sufrir "estrés de la convivencia" al compartir espacio con desconocidos al sentir ansiedad por la falta de control sobre el entorno y la invasión de la privacidad. La idea de independizarse suele venir acompañada de una imagen de libertad total y café en silencio por la mañana, pero la realidad actual obliga a rediseñar ese concepto. 

Por otra parte, psicólogos y sociólogos señalan que vivir con otros puede combatir la "epidemia de soledad" urbana. Tener a alguien con quien cruzar una palabra al llegar a casa ayuda a la regulación emocional, siempre y cuando la convivencia sea sana. También el malestar puede aparecer cuando el escenario de compartir se prolonga más de lo esperado y en un contexto económico como el de Argentina, puede pasar. La paciencia también será clave para percibir el proceso como un escalón intermedio en el camino hacia la meta de lograr vivir solo.

Para tener en cuenta

Compartir vivienda, entonces, potencialmente podría convertirse en un factor de estrés. Por eso al momento de dar el paso hay que hacerlo conscientemente, no a la ligera. Por eso, no hay que buscar solo a alguien que pague la renta, que una buena billetera no encandile los hábitos de limpieza y horarios similares a los propios. 

Desde el primer día, no hay que esperar ni un minuto para establecer acuerdos por escrito: visitas, ruido, limpieza de zonas comunes y uso de los artefactos. Entre las reglas vale remarcar que si bien se reducirá el gasto de alquiler, si no hay control en el uso de los servicios, el beneficio tan buscado desaparecerá. En una situación de este tipo la habitación debe ser considerada como un santuario, ese debe ser el espacio más acomodado del lugar para sentirse en casa.