En el corazón verde de San Miguel de Tucumán, donde generaciones aprendieron a andar en bicicleta, a remar en el lago o simplemente a mirar el cielo entre las copas, el parque 9 de Julio volvió a nacer. Pero esta vez, en forma de libro.

La presentación de “Parque 9 de Julio y Lago San Miguel. Una mirada integral al patrimonio natural y cultural de Tucumán”, editado por la Fundación Miguel Lillo, no fue solo un acto académico. Fue, más bien, una invitación a mirar de nuevo ese paisaje que creemos conocer de memoria. A descubrir que bajo la sombra de una tipa o en la quietud aparente del agua, late un laboratorio a cielo abierto.

El ejemplar que puede descargarse a través de la página web de la fundación, tiene como editores a Myriam del Valle Catania, Emilio Lizárraga; mientras que como coordinadoras del trabajo a María de los Ángeles Taboada, Fabiana Cancino y María Soledad Bustos.

Un pulmón verde que también investiga

El parque 9 de Julio nació como respuesta a necesidades sanitarias y sociales. Fue pensado como pulmón verde y como espacio de encuentro. En las páginas de la nueva obra, se puede descubrir que el 34% de su superficie está cubierta por árboles, y que en el sector del lago San Miguel conviven 42 especies arbóreas, con una mezcla compleja de nativas del NOA y exóticas traídas de otros rincones del país y del mundo.

Lapachos rosados en la avenida Soldati, tarcos en Aráoz, tipas en Gobernador del Campo, eucaliptus en Coronel Suárez. Y, sobre el perilago, palmeras, sauces llorones, pindóes y gomeros que se reflejan en el agua como si custodiaran el espejo verde del lago.

Pero el libro va más allá de la postal. A lo largo de 21 capítulos -cada uno acompañado por glosarios que acercan el lenguaje científico a cualquier lector- la obra se sumerge en un universo que muchas veces pasa inadvertido: las epífitas que tapizan las cortezas, los hongos que reciclan la vida en silencio, las macrófitas que enlazan el agua con la tierra, las algas que oxigenan el lago, el zooplancton invisible, los insectos que polinizan, los peces que aún sostienen funciones ecológicas pese al impacto humano, y hasta diminutos nemátodos parásitos que cumplen un rol en el equilibrio acuático.

Las aves (protagonistas del capítulo 20) aportan canto y color, pero también indicadores ambientales. Y detrás de todo, una certeza: la biodiversidad urbana no es menor ni secundaria. Es estratégica.

Ecología urbana: un tema de punta

El director general de Investigación, el doctor David Flores, confesó estar “muy impresionado” por el nivel académico y el trabajo colectivo detrás de la obra. “Durante décadas fue una temática subestimada. Hoy la ecología urbana es un tema de punta a nivel internacional”, señaló. Y la vinculó con el enfoque de One Health (Una Salud) que entiende que la salud humana, animal y ambiental están profundamente conectadas.

MICROCINE. En la Fundación Miguel Lillo, se llevó adelante la presentación de este material que contó con el aporte de 35 investigadores. LA GACETA/ Foto de María Silvia Granara.

El dato no es menor porque en el Parque 9 de Julio se registraron especies nuevas para Tucumán e incluso especies nuevas para la ciencia, con localidad tipo en este espacio urbano. Es decir, aquello que parecía cotidiano resultó ser territorio inexplorado.

La microvida -esa que no vemos cuando corremos o tomamos mate frente al lago- es “importantísima y súper diversa”. Y conocerla es el primer paso para gestionarla.

Para todos

María de los Ángeles Taboada, directora de Biología Integrativa, recordó que el proyecto nació con una pregunta concreta sobre el estado biológico del lago. Las visitas a campo, el diálogo con funcionarios y el análisis sistemático de datos fueron marcando el rumbo hasta consolidar una obra integradora que une el pasado histórico, con el diagnóstico presente y la proyección futura.

El editor Emilio Lzárraga afirmó que el desafío fue que el libro no quedara encerrado “dentro de la manzana de la Fundación Miguel Lillo”. Quisieron que no fuera solo académico, sino de divulgación. Que trascendiera.

Así lo que comenzó como una idea pequeña terminó convocando a 35 autores -el 80% mujeres- en una obra coral que refleja también el protagonismo de investigadoras en el sistema científico. Las fotografías de alta calidad, los textos accesibles y la estructura pedagógica apuntan al deseo profundo de que el parque se convierta en un aula.

Un aula sin paredes

El último capítulo está dedicado a la comunidad educativa y propone explícitamente al Parque 9 de Julio como laboratorio a cielo abierto. La premisa es simple y potente: solo se protege lo que se conoce.

En tiempos de crisis climática, de expansión urbana y de especies invasoras que alteran equilibrios -como el siempreverde, el garabato o la mora- la gestión del arbolado y de los espacios verdes ya no es un detalle ornamental. Es política pública, es salud, es futuro.

El libro puede descargarse de manera gratuita desde la página de la Fundación. Es, en palabras de sus editores, una forma de devolver a la ciudadanía el conocimiento producido.

Pero hay algo más profundo en juego. Quien termine de leer sus páginas difícilmente vuelva a caminar por el lago con la misma mirada. Tal vez se detenga a observar una bromelia prendida a un tronco, a preguntarse qué ocurre bajo la superficie del agua, a escuchar distinto el canto de un ave.

Tal vez comprenda que el Parque 9 de Julio no es solo el escenario de recuerdos y buenos momentos. Es un sistema vivo, complejo y frágil. Un orgullo tucumano que late, verde y múltiple, en el centro de la ciudad.

Y ahora, también, un laboratorio abierto para todos.