En el gran catálogo de Netflix, donde las series de diez temporadas suelen dominar la conversación, una pieza de apenas 35 minutos logró lo impensable: silenciar a la audiencia y colarse en la prestigiosa lista de los Premios Oscar. Se trata de "Todas las habitaciones vacías", un relato crudo que no necesita de grandes efectos para golpear la realidad del espectador.
Un santuario de objetos que gritan en silencio
La premisa es tan simple como devastadora. El reportero Steve Hartman y el fotógrafo Lou Bopp recorren diversas ciudades de Estados Unidos con una misión que parece una herida abierta: documentar los dormitorios de niños y adolescentes que perdieron la vida en tiroteos escolares.
Lo que hace a este documental algo "no apto para sensibles" es su enfoque:
Espacios congelados: las familias han mantenido las habitaciones intactas.
La cotidianidad interrumpida: vemos camas hechas, cuadernos abiertos con tareas a medio terminar y posters de bandas que ya no tienen quién los escuche.
El vacío tangible: cada plano demuestra que lo que falta no es solo una persona, sino un futuro entero.
El origen de una obsesión necesaria
Para Steve Hartman, este proyecto no es un encargo más. El periodista lleva una carga histórica sobre sus hombros: en 1997, fue el primer reportero en cubrir un tiroteo escolar en la historia de EE. UU.
Tras décadas viendo cómo estos sucesos se repiten como un eco trágico, Hartman decidió que las cifras de las noticias ya no eran suficientes. Había que mostrar el rastro físico del duelo.
"No es solo un documental sobre la pérdida; es un testimonio visual de una crisis que parece no tener fin."
Casos que te dejarán sin palabras
Entre las historias que retrata el filme, destaca la de Dominic, un joven de 14 años cuya vida fue arrebatada en la secundaria Saugus, en Santa Clarita. Ver su habitación es entender, en un solo vistazo, el tamaño del vacío que deja la violencia armada.