Vivir en la ciudad vs. vivir en el campo, ni uno es tan malo, ni el otro tan bueno. Eso se desprende a partir de un estudio realizado por el Instituto de Neurociencias, centro mixto del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y la Universidad Miguel Hernández (UMH) de Elche. Recientemente se publicó en la revista Nature Communications la investigación realizada en ratones que aporta claves fundamentales sobre cómo el entorno modula la cognición.

El equipo crió ratones hembra jóvenes durante tres meses en tres condiciones ambientales bien definidas. El primer grupo de 20 vivió en un entorno enriquecido. Disponían de ruedas para hacer ejercicio y de juguetes. Otro grupo vivió en un entorno estándar, en grupos de cuatro y cinco. El material con el que contaban era básico. Por último, el tercer grupo fue criado en un entorno empobrecido, caracterizado por el aislamiento social y la ausencia total de estímulos.

Conclusiones

Cumplido el plan de análisis, los animales fueron sometidos a pruebas de aprendizaje y memoria. El primer grupo mostró un rendimiento cognitivo claramente superior. En cambio, los ratones criados en condiciones empobrecidas presentaron dificultades de memoria en progresión ascendente del segundo al tercer grupo, segmentos que tenían condiciones similares a las de un espacio rural, a una zona de campo.

Socialmente se concibe que vivir alejados de las grandes metrópolis es algo plenamente positivo por la paz y tranquilidad del entorno, pero -si bien habría que experimentar con seres humanos- no es tan así. Desde la psicología ambiental y la neurociencia, la relación entre el ser humano y su entorno no se mide solo en paz, sino en carga cognitiva y niveles de dopamina (la hormona del placer).

Vivir en entornos ricos en estímulos es bueno y en los que no, malo... ¿se puede ser así de tajante? No, sería ignorar cómo funciona la plasticidad cerebral. La idea de dejar el cemento por el verde suena a paraíso, pero como todo cambio radical, tiene aspectos determinantes. No son necesariamente motivos para no hacerlo, sino realidades para las que conviene estar mentalmente preparado.

En el campo no es que no existan estímulos, hay muchos menos, por eso hay riesgos para la salud mental, especialmente. Dependiendo de la personalidad de cada uno, el trabajo físico (por ejemplo tareas de mantenimiento que en la ciudad no se realizan) puede funcionar como estímulo, pero habrá que analizar si es positivo o negativo. En entorno natural no es tan entretenido. Si usas el espacio para construir algo, tu cerebro puede alcanzar niveles de claridad que en la ciudad son imposibles.

Para que el campo no se convierta en un "desierto mental", la clave es transformar el aislamiento en autonomía cognitiva. En neurociencia, el enriquecimiento ambiental no depende de cuántas cosas pasen, sino de cuántas cosas se puede hacer para que pasen. Una máxima ideal si el plan es irse a vivir al campo.