Lifestyle, por Fernanda Bringas (muy_fer_) Producción general y Sol García Hamilton (solchugh) - Producción periodística

Cumbres Borrascosas vuelve al cine. Y, como cada vez que un clásico literario regresa a la pantalla, la pregunta aparece antes incluso del estreno: ¿hasta dónde se puede tocar un texto que ya es parte del canon? La nueva adaptación cinematográfica de Wuthering Heights, prevista para febrero, reabre ese debate histórico. No solo por la novela de Emily Brontë, publicada en 1847, sino por la lectura contemporánea que propone la directora Emerald Fennell, una cineasta acostumbrada a tensionar los límites entre lo clásico y lo incómodo.

La historia es conocida: pasiones extremas, vínculos marcados por la obsesión, una naturaleza hostil que parece amplificar los sentimientos humanos. Pero cada generación vuelve a Cumbres Borrascosas buscando algo distinto. Esta vez, el foco no está puesto en la fidelidad literal al texto, sino en una reinterpretación que asume, desde el inicio, que el cine y la literatura no hablan el mismo idioma.

El clásico y la adaptación

Desde sus primeras versiones cinematográficas, Cumbres Borrascosas fue una obra difícil de domesticar. El relato fragmentado, los saltos temporales y la complejidad moral de sus personajes no se adaptan fácilmente a la lógica narrativa del cine. Fennell toma ese problema como punto de partida. En entrevistas previas al estreno, la directora explicó que su intención no fue “traducir” la novela escena por escena, sino capturar su clima emocional: la violencia del amor, la intensidad del deseo y la imposibilidad de un final apacible.

En esa línea se inscribe el casting. Margot Robbie interpreta a Catherine Earnshaw, mientras que Jacob Elordi encarna a Heathcliff. Ambos personajes, atravesados por contradicciones y excesos, son presentados aquí con una fisicidad y una cercanía emocional que se aleja del romanticismo edulcorado. El resultado —según adelantaron desde la producción— busca ser más crudo que nostálgico.

La pregunta sobre la fidelidad al original vuelve a aparecer con fuerza en esta adaptación. ¿Qué se le debe a un clásico? Fennell fue clara al respecto: una adaptación no reemplaza al libro ni intenta competir con él. Funciona como una lectura posible, atravesada por la época y por la sensibilidad de quien la filma. En ese sentido, Cumbres Borrascosas se suma a una larga lista de clásicos que el cine volvió a mirar —no para congelarlos en el tiempo, sino para ponerlos en diálogo con el presente.

Ese gesto explica por qué algunas decisiones narrativas y estéticas de la película ya generan conversación antes del estreno. No se trata de provocar por provocar, sino de asumir que los grandes relatos sobreviven justamente porque admiten nuevas interpretaciones.

El cine como experiencia cultural expandida

Más allá de la película en sí, esta nueva "Cumbres Borrascosas" se inscribe en una lógica cada vez más visible en la industria: el cine como experiencia cultural expandida. Ya no se trata solo del estreno en sala, sino de un sistema narrativo que se construye antes, durante y después de la proyección. La historia empieza a contarse mucho antes del primer fotograma y continúa en entrevistas, alfombras rojas, decisiones estéticas y referencias culturales que funcionan como capas de sentido.

En ese marco, la puesta en escena pública de sus protagonistas deja de ser un elemento accesorio para convertirse en parte del relato. La forma en que Margot Robbie y Jacob Elordi se presentan en entrevistas, la cercanía calculada, los silencios compartidos y cierta ambigüedad en el vínculo que proyectan alimentaron lecturas sobre un posible romance fuera de cámara. Más allá de la veracidad de esas interpretaciones, el fenómeno funciona como un engranaje más de la narrativa promocional: una dinámica que circula, se amplifica en redes sociales y mantiene viva la conversación alrededor de la película.

Este fenómeno también habla de un cambio en la relación entre cultura y espectáculo. Las adaptaciones de clásicos literarios ya no se presentan como piezas aisladas, sino como eventos culturales que activan múltiples debates en simultáneo. En este caso, incluso el modo en que el título aparece estilizado —con una grafía que se distancia deliberadamente de la solemnidad del original— refuerza la idea de que no se trata de una adaptación literal, sino de una lectura consciente de su propia distancia con el texto de Emily Brontë.

No es menor, en ese sentido, el momento elegido para el estreno, previsto para febrero, en la antesala de San Valentín. Cumbres Borrascosas vuelve al cine asociada, una vez más, a la idea del amor, pero no desde el registro celebratorio que suele dominar esa fecha. Por el contrario, la historia propone un vínculo atravesado por la obsesión

En paralelo, la película dialoga con una tendencia más amplia del cine reciente: el regreso de los clásicos desde lecturas más oscuras y menos complacientes. Estas nuevas adaptaciones desplazan el foco de la reconstrucción histórica hacia la intensidad emocional, el cuerpo y la experiencia afectiva de los personajes. Cumbres Borrascosas se inscribe en esa línea, privilegiando el clima, la tensión y la fisicidad del vínculo por sobre la fidelidad de época.

La elección de referencias históricas —como una joya ligada al Hollywood clásico o una estética que remite a lo gótico sin caer en la reconstrucción literal— refuerza esa idea de continuidad cultural. El cine mira hacia atrás, pero lo hace desde un lenguaje contemporáneo, consciente de que los símbolos cambian de significado según el contexto. La película se posiciona así en un punto intermedio: no reniega de su origen literario, pero tampoco intenta congelarlo en una lectura museística.

Esta forma de entender el cine propone una experiencia más compleja y transversal. Ver la película es solo una parte del recorrido. El resto sucede en la conversación que se genera alrededor: en cómo se presenta, cómo se comunica y cómo se inscribe en una tradición que sigue viva justamente porque admite ser reinterpretada.

La alfombra roja como prólogo narrativo

Desde hace algunos años, las alfombras rojas dejaron de ser un simple desfile de moda para convertirse en una herramienta narrativa. Junto a su estilista, Andrew Mukamal, la actriz fue una de las figuras que consolidó el concepto de dress tour: una secuencia de apariciones públicas pensadas como extensión simbólica de la película que se presenta.

El antecedente más claro fue Barbie, donde cada look funcionaba como una cita visual al universo del personaje. En “Cumbres Borrascosas", ese método se despliega en clave más dramática, oscura y simbólica —menos literal, más emocional— reforzando el tono de la adaptación cinematográfica.

La gira arrancó con una estética que remite al imaginario gótico y victoriano sin caer en la reconstrucción histórica. En uno de sus primeros eventos promocionales, Robbie apareció con un minivestido negro de Roberto Cavalli de la colección Resort 2026, de líneas depuradas pero con mangas acampanadas que evocan detalles de épocas pasadas. El conjunto se completó con un choker de terciopelo negro decorado con una joya central, un accesorio que remite a la estética victoriana y que reforzó el clima emocional que la actriz buscaba transmitir.

Poco después, en una aparición televisiva, escogió un vestido de encaje negro de Alexander McQueen, cuyos motivos florales en relieve y falda asimétrica generaron una sensación de capas superpuestas, como si el estilo hablara de tensión interna, deseo contenido y narrativa emocional —elementos que también atraviesan el filme.

En otra de sus paradas promocionales, Robbie recurrió a Victoria Beckham para explorar una lectura más contemporánea y depurada. En una primer look, eligió una combinación de pantalón oversize de tiro bajo y blusa con plumas negras, una propuesta de líneas arquitectónicas y silueta relajada que se aleja de la literalidad gótica para trabajar desde la abstracción. El conjunto, sobrio y moderno, introduce una idea de madurez estética: la emoción no se expresa a través del exceso, sino desde la estructura y el contraste de materiales.

Esa misma lógica reapareció con un diseño blanco de la misma firma, un minivestido cubierto de plumas que funcionó como contrapunto dentro del relato visual. El blanco, lejos de romper con el clima de la película, aporta una pausa dentro de la secuencia cromática dominada por negros y rojos. En conjunto, ambos looks de Victoria Beckham amplían la lectura del personaje: muestran que la intensidad de Catherine Earnshaw no se agota en la oscuridad.

También hubo un momento de alto impacto cromático en la gira: Robbie llevó un conjunto rojo intenso de Dilara Fındıkoğlu, confeccionado en cuero con estampado de serpiente. La pieza consistió en un corset y mini falda en rojo con textura que remite a piel de reptil —un símbolo visual que trae asociaciones con peligro, deseo y energía primitiva— y fue acompañada por zapatos a juego.

Este look encaja con la estética de Fındıkoğlu, conocida por mezclar corsetería, motivos góticos y referencias narrativas, y su aparición en la gira tiene sentido dentro del clima de method dressing: es una versión más visceral y directa de los estados afectivos de Catherine Earnshaw, llevada al terreno del lenguaje corporal y del color.

A estos looks se suman detalles —como su melena con ondas suaves y rulos definidos— que contribuyen a dibujar una estética romántica y contenida, alineada con la emocionalidad intensa.

Pero fue la premiere mundial en Los Ángeles la que concentró con mayor claridad el sentido de toda la puesta estética. Para esa noche, Margot Robbie eligió un diseño de Schiaparelli realizado especialmente para la ocasión, una pieza de alta costura que sintetiza el clima emocional de Cumbres Borrascosas. El vestido, construido a partir de un delicado encaje negro en el torso y una falda que se abre en un degradé profundo hacia el rojo oscuro, propone una lectura visual de la pasión y el conflicto que atraviesan la historia.

No hay en él una referencia literal a la época de la novela, sino una traducción contemporánea de su intensidad: la transición cromática, casi imperceptible, sugiere el pasaje de la contención al desborde, de lo íntimo a lo visceral.

La elección de Schiaparelli no resulta menor. La maison, históricamente asociada a una estética conceptual y simbólica, aporta una dimensión artística que excede la moda como espectáculo. En este caso, la silueta no busca imponerse por volumen ni por exceso, sino por significado. La estructura del vestido, precisa y medida, sostiene una narrativa que se completa con los detalles: la textura del encaje, la caída de la falda y la ausencia de ornamentos superfluos refuerzan la idea de un drama contenido, más cercano a lo psicológico que a lo ornamental.

En conjunto, el look funciona como una síntesis visual de la película que se presenta. No anticipa escenas ni personajes de manera explícita, pero sí instala un clima. En la alfombra roja, antes de que el público vea la primera imagen en pantalla, la historia ya está siendo contada. Y en esa operación —donde la moda actúa como prólogo narrativo— el vestido de Schiaparelli se convierte en una de las piezas más elocuentes de toda la gira de presentación.

Y sobre ese vestido gravitó el elemento más narrativo de todos: el collar Taj Mahal de Cartier que perteneció a Elizabeth Taylor. Este diamante legendario, un regalo que Richard Burton le hizo a Taylor por su 40.º cumpleaños en 1972, tiene una historia tan rica como contradictoria.

Sus raíces se remontan al Imperio mogol, con una inscripción traducida como “Love is Everlasting” (el amor es eterno), y representa una de las joyas más icónicas del siglo XX. Su presencia en la alfombra roja fue un puente simbólico directo entre el espíritu de la película y las leyendas de amor extremo de la cultura popular.

La joyería no quedó ahí. Para reforzar aún más la idea de complicidad emocional entre los personajes de la película, Robbie y su co-protagonista Jacob Elordi llevaron anillos gemelos personalizados obra de Cece Jewellery.

Estos signet rings de oro y esmalte, con dos calaveras abrazadas entre rosas y espinas, llevan grabada una de las frases más recordadas de la novela —“Whatever our souls are made of, his and mine are the same” (De lo que están hechas nuestras almas, la suya y la mía son iguales)— junto con las iniciales de sus personajes y las fechas 1847-2026, marcando el nacimiento literario y la llegada cinematográfica de la historia.

En contraste con la narrativa estética más visible que construyó Margot Robbie, Jacob Elordi eligió un camino opuesto. En la alfombra roja y en las apariciones promocionales, su vestuario se mantuvo dentro de una lógica de sastrería clásica y tonos oscuros, con trajes de líneas limpias y una paleta contenida que evitó cualquier gesto de espectacularidad. La elección en un contexto de alta exposición, Elordi optó por una presencia más silenciosa, casi austera, que refuerza el clima emocional de la película sin competir visualmente con ella.

Ese registro sobrio dialoga directamente con el personaje de Heathcliff, una figura marcada por la contención, la rigidez y el conflicto interno. Al igual que Robbie, sin recurrir a referencias literales ni a guiños de época, la estética de él acompaña la idea de un drama que se expresa más por lo que se calla que por lo que se exhibe. En ese equilibrio entre presencia y ausencia, su imagen pública funciona como contrapunto del dress tour de Robbie: dos estrategias distintas, pero complementarias, que refuerzan la noción de que esta adaptación se construye también fuera de la pantalla, a través de decisiones estéticas coherentes con el universo que la película propone.